Finalmente Máximo, hijo de la Presidente, habló en
público. Lo hizo en un estadio de fútbol ante aproximadamente unos 40.000 asistentes, según refieren las
crónicas. Más allá del clásico debate en cuanto a número de asistentes a un
acto masivo, la convocatoria tuvo una trascendencia que no cualquier político
puede lograr, especialmente los acostumbrados a los confortables sets de
televisión para promocionarse.
La escenografía habitual de este tipo de actos
presentó algunos aspectos distintivos. Una amplia mayoría generacional joven, y ausencia de patotas gremiales y
barras bravas del fútbol “cuidadoras del
orden”. Indefectiblemente el orador tenía a sus espaldas a beneficiarios de
cargos públicos bien rentados, con algunos funcionarios “veteranos” en la búsqueda
de apoyo político para sus aspiraciones. Los concurrentes daban la impresión de
no haber sido arreados por intendentes o gremialistas, con servicio de
transporte, básico de bolsillo para actos, y choripán incluídos. La angustia de
la necesidad de subsistencia que sufren quienes deben “hacer número” en las
concentraciones, era suplida por el auténtico y siempre positivo entusiasmo
juvenil, sanamente utópico en algunos aspectos.
Sin embargo, más allá de sofisticadas elucubraciones
respecto al verdadero objetivo del encuentro,
el discurso se sustentó en lo más triste y rancio de la actualidad
política argentina, apoyando ancestrales formas de nepotismo colonial. El
reclamo, dada su condición filial, orilló el ridículo: si tan mala es mi mamá,
porqué no dejan que se presente nuevamente al cargo de Presidente, y le ganan?,
clamó Máximo. Como suele suceder en estas circunstancias, los obsecuentes de
siempre, ya sin el beneficio de la juventud, salieron en apoyo del desafío
barrial. Cabría preguntarse entonces, si un período de 12 años de gobierno
ininterrumpidos, son insuficientes en un pretendido sistema democrático. Cuando
decimos ininterrumpidos, es porque así será. Las permanentes denuncias de
desestabilización son meros recursos distractivos. No hay que ser eximio
analista para saber que el PJ (el pejotismo como decía Néstor Kirchner), jamás
actuará para voltear un gobierno propio. Un ejemplo es el ex vicepresidente
Carlos Alvarez, uno de los principales responsables de la crisis del gobierno
de la Alianza en el 2001. Desde hace más de tres años ocupa cargos con generosos
salarios en representación del gobierno en el exterior. Una campaña
periodística, por su parte, puede esmerilar imagen, pero jamás voltear.
Sin embargo, sería injusto presentar el reclamo filial
como extemporáneo, criticándolo desde el oportunismo fácil, y no en el marco de
una pretendida sociedad moderna que estamos lejos de alcanzar. Se fundamenta Máximo en su propia provincia, que tiene
reelección indefinida; en gobernadores que transformaron a sus provincias en
verdaderos cotos familiares y de negocios, coptando toda institución de
control. En el “ex radical” Zamora, que instaló de apuro a su esposa como
gobernadora en Santiago del Estero, al declararse inconstitucional su pretensión
de presentarse una vez más al cargo. Todo esto en medios de sociedades
empobrecidas dependientes de la prebenda de un cargo público o subsidios estatales
humillantes que mantienen a sucesivas generaciones de ciudadanos en condiciones
de extrema pobreza, y con una degradación permanente de la escuela pública que
hace rato perdió su condición de “nivelador social”. Sin ir más lejos,
recientemente el gobierno de Scioli decidió anular los aplazos en las escuelas
primarias, y designar docentes sin título. El éxito se consigue cumpliendo con
los días de clase prometidos con una aceptable calidad de enseñanza, no
ocultando estándares de nivel educativo.
Mucho más preocupante para la sociedad, es que el acto
y el reclamo de Máximo desnuda la enorme mediocridad de la clase política para
formular propuestas concretas de gobierno, o diseñar un futuro de país, como
pomposamente les gusta decir a los políticos en programas de televisión. Ya no
a mediano plazo, sino a octubre de 2015, para una vez en funciones actuar de
inmediato. Esto incluye al propio oficialismo, cuando Scioli dice que será la
“continuidad con cambio” (reconozcamos que Scioli es un maestro en hablar sin
definir nada), hasta la supuesta oposición, embarcada en el minué de elegir
compañero para la fiesta de 15 (perdón, para la elección del 2015), sin definir
previamente una plataforma con políticas básicas que establezcan puntos
concretos para debatir acuerdos o divergencias.
Máximo podría haber dicho con justa razón: aparte de
las decisiones de mi mamá, alguien tiene otras propuestas a futuro?
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