El título no está referido a
conocidos casos de gremialistas que utilizan su condición para conformar
empresas propias relacionadas con la actividad que representan, como servicios logísticos,
aseguradoras, salud, sino apunta a su rol específico de defender los intereses laborales
y salariales de sus afiliados. Hablaremos solo del gremialismo relacionado con
la actividad privada, pues el estatal posee matices propios que se analizarán a
futuro. La tercera pata del trípode del mercado laboral, la conforman los
Estados nacional y provinciales, con su responsabilidad superior de defensa del
interés general.
Porqué planteamos “gremialista
igual a empresario”, y no a la inversa? Es cada vez más habitual que en las
pujas de distribución del ingreso entre el capital (empresarios), y salarios
(trabajadores), el rol de portavoz de reclamos empresariales para obtener concesiones
y/o beneficios por parte del Estado, lo asuman casi en exclusividad los
gremialistas. Lo grave es el elemento de coacción utilizado: despidos o
amenazas de despido de trabajadores.
Recordemos dos ejemplos
recientes. En febrero de 2016 Pablo Moyano, del gremio camioneros, encabezó una
protesta ante el Banco Central aduciendo que la no distribución de los
resúmenes bancarios en papel, significaba la pérdida de 4.000 puestos de
trabajo en la distribuidora OCA. Patricio Farcuh, presidente del grupo
controlante de la empresa, se mantuvo en silencio. Posteriormente se conoció que
OCA tenía una millonaria deuda por aportes patronales y con la AFIP. El gremio
lo sabía? En la misma época se produjo un conflicto en Cerro Dragón, principal
yacimiento de petróleo del país, ante la baja del precio internacional del
crudo. Las caras visibles del reclamo de soluciones ante el gobierno nacional,
representado por el ministro Aranguren, fueron el sindicalista Jorge Ávila y el
gobernador de Chubut. Públicamente no participaron los concesionarios privados
(grupo Bulgheroni, Tecpetrol de Techint y la china Cnooc). Sus aportes en el
acuerdo se redujeron a “no echar gente”?
Este rol gremial de “vocero
oficioso” de intereses patronales no explícitos, que pretenden subsidios y/o
aportes del Estado con bajo o nulo riesgo empresarial, explica en gran parte la
creciente desocupación, precariedad laboral, trabajo en negro y baja
competitividad. El sistema político argentino de las últimas décadas, bajo
etiquetas de progresismo, populismo, neoliberalismo, pero con los mismos políticos,
dirigentes y empresarios, mantuvo una práctica recurrente: hasta la siguiente
crisis económica, siempre el que paga es el Estado. Paga subsidios que
mantienen pobres a los pobres, paga subsidios y prebendas promocionales a
ricos, paga sobrecostos en obras públicas, acepta descapitalizaciones en las
concesiones de servicios, crea o mantiene onerosos e inútiles organismos de
control que no controlan o apañan. La contrapartida es la baja calidad de los
servicios estatales de educación, salud y seguridad pública, y presión impositiva
creciente. Para transformar esta realidad que lleva décadas (ver calendario de
crisis económicas-sociales), deberemos evitar embarcarnos una vez más en falsos
e intrascendentes debates ideológicos. Con corrupción y negociados, la
ideología es una pantalla. Lograrlo, dependerá tanto del oficialismo como de la
oposición.
Alcanzar transformaciones
saludables y estables en las relaciones laborales entre Estado, capital y
trabajo, es posible con los instrumentos existentes. En primer término, aunque
sabemos que la Constitución nacional se aplica según convenga, está en el
párrafo del artículo 14 bis, que incluye entre los derechos del trabajador su
“participación en las ganancias de las empresas, con control de la producción y
colaboración en la dirección”. Recordarlo, al menos debería servir para cumplir
con dos acciones posibles en lo inmediato: 1) transparentar las estructuras de
costos sectoriales, que indiquen incidencias salariales, beneficios
empresariales, aportes directos o
indirectos del Estado si los hubiere, y cargas impositivas. Esta información es
la que desde hace años, con expresión enigmática, los funcionarios llaman
“determinar la cadena de valor”, y otros denominan “el costo argentino”; 2) utilizar
como únicos indicadores de referencia los hoy confiables del Indec, por
representar el interés general. Ningún país puede desarrollar políticas
coherentes con índices oficiales ocultados o falseados.
Invocar actos de justicia ante la
sociedad, debe sustentarse en datos ciertos y concretos, no en grandilocuencias
verbales o coacciones.
Buenos Aires, 15 de febrero 2017
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