Recientemente se asistió a una puja entre
sectores del oficialismo y la oposición respecto a la legitimidad del dr.
Leandro Despouy para continuar presidiendo la Auditoría General
de la Nación. Finalmente
se resolvió su continuidad ante el abroquelamiento en su defensa de sectores
supuestamente opositores, lo que fue considerado por determinados analistas
políticos un éxito de la oposición. Una vez más, lo escenográfico oculta lo
esencial.
La primera duda que genera el suceso, es
porqué la firme actitud opositora en defensa de Despouy no se repite en la
defensa de los informes de auditoría del organismo que señalan graves falencias
cuando no corruptelas en distintas áreas del sector público nacional, los que
reiteradamente buscan ser neutralizados por los Auditores Generales de la AGN , quienes necesariamente
deben aprobarlos para su oficialización, y por la Comisión Parlamentaria
Mixta Revisora de Cuentas, que debe controlar las actividades de la Auditoría General.
Se justifica esta situación señalando que tanto en el Colegio de Auditores como
en la Comisión Parlamentaria
la mayoría de sus integrantes pertenecen al oficialismo, lo que da lugar a una
segunda reflexión. Los organismos de control del sector público creados para
evitar desmanejos y corrupciones, pomposamente presentados a la sociedad como
de rango constitucional, descentralizados e independientes del poder político
de turno, son licuados mediante el armado de estructuras jerárquicas de
conducción en donde la mayoría de sus miembros son aportados por el
oficialismo. Cabe preguntarnos entonces si esas mayorías justifican la
impunidad. Por otra parte, las minorías existen en un gobierno democrático para
actuar precisamente como control de legalidad de la circunstancial mayoría
gobernante legitimada por los votos, evitando que se confunda el derecho de
establecer políticas de gobierno con la arbitrariedad que concluye
irremediablemente en negociados y prebendas. Para ello cuentan con fueros
parlamentarios, estructura administrativa de apoyo y amplia capacidad
comunicacional. A la sociedad argentina no le interesa si el presidente de la AGN es el dr. Despouy u otro
prestigioso profesional propuesto por la primera minoría legislativa. Lo que
interesa es que los organismos de control del Estado cumplan con su cometido.
Cuando profesionales son designados en cargos de relevancia para proteger el
patrimonio público, no interesa si son oficialistas u opositores. Su
responsabilidad los iguala: combatir la corrupción o protegerla.
Una gran deuda pública que la política en
general tiene con la sociedad es la absoluta ineficacia de los distintos
organismos de contralor de los aspectos patrimoniales, económicos, financieros
y operativos del sector público nacional, que solo han servido para engrosar burocráticamente
y con altos sueldos la planta de empleados con personas cercanas a distintos
sectores políticos ingresadas sin concurso. La Auditoría General
de la Nación
es fundamental para cualquier Estado moderno; pero con el actual esquema de
decisiones no sirve. Otro ejemplo mucho más grave es el de la Fiscalía Nacional
de Investigaciones Administrativas, que tiene como función investigar a los
agentes integrantes de la administración nacional centralizada y
descentralizada, empresas en las que el Estado tenga participación, y toda
institución o asociación que tenga como fuente principal de recursos el aporte
estatal. Ante su manifiesta inacción, se ignora inclusive el nombre de su
máximo responsable, el dr. Guillermo Noailles; la página web de la Fiscalía , por otra parte,
no registra investigaciones en curso.
Las responsabilidades públicas no pueden
escudarse ante el delito bajo el encuadre militar de la “obediencia debida”,
por lo que si quienes asumen responsabilidades de evitar negociados a costa del
patrimonio público son oficialistas u opositores es irrelevante. Por eso la
sociedad debe conocer el nombre de quienes asumen esa responsabilidad. El
Colegio de Auditores Generales de la
AGN lo componen Leandro Despouy (presidente); los doctores
Vicente Brusca; Francisco Fernández; Alejandro Nieva y Horacio Pernasetti; los
contadores Vilma Castillo y Oscar Lamberto.
No importa a que partido pertenecen, o
quienes son oficialistas u opositores. Su obligación es proteger a la
ciudadanía del empobrecimiento que genera la corrupción en el Estado, con activa colaboración de empresarios privados. De no ser así, la democracia pasa a ser
una utopía, y quienes deben controlar a ser cómplices.
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