La reflexión política del próximo
miércoles 24, con motivo de producirse el sábado 20 el cierre del plazo para inscribir los candidatos de las
distintas agrupaciones, ya tiene título: “El cierre del libro de pases”. Título
que pretende una vez más destacar la total similitud que existe en nuestro país
entre la política y el fútbol, corruptelas incluídas. Decir que las
negociaciones y vaivenes para la conformación de las listas provocaron estupor
sería una falsa grandilocuencia. El espectáculo brindado por acomodaticios
políticos vigentes desde hace más de 25 años, ya no debería sorprender a nadie.
El escepticismo sin embargo, lejos de generar abatimiento en la ciudadanía,
debería exigir su espíritu crítico e indagador. Para ello hay que modificar
sustancialmente parámetros de análisis político.
Lo transitado desde la crisis
2001-2002 hasta las actuales conformaciones electorales, desnuda mal que nos
pese, la desaparición del peronismo y del radicalismo como contenedores de
políticas diferenciadoras, con estructuras nacionales para intermediar con la
sociedad sus consensos e implementaciones. Ante esta realidad, no se entiende
que avezados politólogos y periodistas especializados, casi sin excepción,
continúen analizando los hechos políticos bajo el paraguas de ser peronista o
ser radical.
Tal identificación puede ser
aceptada para sobrevivientes generacionales de otras épocas, o para ciudadanos
comunes desde el llano, pero no a nivel de cúpulas de poder, que son las que
conducen. Hasta fines del siglo XX, si bien no eran verdades absolutas, tenía
cierta validez señalar que el peronismo se sustentaba en políticas sociales, y
el radicalismo en la salvaguarda de las instituciones. O aún establecer
diferencias desde lo degradante; “los justicialistas roban”, y “los radicales
no saben gobernar”.
Asumir esta pérdida de dos identificaciones
históricas hoy abstractas será saludable, porque evitará que políticos
genuflexos escondan sus mediocridades tras figuras señeras o fundacionales, y
más grave aún, que comercialicen cargos ofreciéndose como “pata peronista” o
“pata radical”. Un ejemplo entre muchos, es el de Leopoldo Moreau. Toda su
carrera fue a la sombra de Raúl Alfonsín, y para justificar su pase rentado al
kirchnerismo, utilizó el eslogan “si Alfonsín viviera sería kirchnerista”.
Desde esta perspectiva, el desafío que nos aguarda para los próximos meses es
tan exigente como atractivo, pues en política las definiciones y/o propuestas
que no se obtengan de los candidatos con firmeza antes de las elecciones, no se
obtendrán después. Solo tendremos hechos consumados.
Las desaforadas gestiones para
conformar alianzas y listas de candidatos (recordar que ya no se realizan en
unidades básicas o comités, sino en quinchos o salones privados), nos remite
inevitablemente al brillante ensayo político “El príncipe”, de Nicolás
Maquiavelo. Basado en que la naturaleza del hombre no varía con el transcurrir
del tiempo, fue escrito en 1513 en un contexto moral donde comenzaba a
imponerse el individualismo. Italia estaba dividida en ciudades-Estado de
tendencia expansionista, caracterizadas por su dominio territorial: Génova;
Milán; Venezia; Pisa; Toscana; Florencia; Roma papal; Siena y Nápoles. (no
confundir con Formosa, San Luis o Santa Cruz, entre otras). Contra lo que se
difunde sin rigor crítico, Maquiavelo no enseñó a imberbes príncipes actuar con
maldad para alcanzar y/o mantener el poder, sino en un entorno de conducciones
corruptas, que vivían entre alianzas, guerras y traiciones, aconsejó como protegerse
de la maldad de sus enemigos. Su recordada frase “el fin justifica los medios” resulta
molesta, porque confronta a los políticos con su realidad. Veamos algunas opiniones de Maquiavelo respecto
del panorama electoral argentino 2015.
“El príncipe cuyo gobierno descanse en soldados mercenarios no estará
nunca seguro ni tranquilo, porque están desunidos, porque son ambiciosos,
desleales, valientes entre los amigos, pero cobardes cuando se encuentran ante
los enemigos”. Se referiría a los intendentes barones del conurbano quizás?
“Un príncipe hábil debe hallar una manera por la cual sus ciudadanos
siempre y en toda ocasión tengan necesidad del Estado y de él. Y así les serán
siempre fieles”. Ya existía el
populismo en la época de los príncipes renacentistas?
Finalmente, para el momento del
voto, Maquiavelo nos deja una reflexión: “Hay
tres clases de cerebros: el primero discierne por sí mismo; el segundo entiende
lo que otros disciernen, y el tercero no discierne ni entiende lo que otros
disciernen. El primero es excelente, el segundo bueno y el tercero inútil”.
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