La campaña electoral brinda un
excelente punto de partida para afrontar el próximo debate que, pícaramente,
los beneficiarios de los desajustes llaman amenazadoramente “el ajuste”. Más
aún, cuando la historia muestra que al momento de las inevitables decisiones destinadas
a superar urgencias económicas, los autoproclamados defensores del bien común harán
recaer el costo de los ajustes en anónimos ciudadanos. Como evitar que este
recurrente engaño se repita? Clarificando conceptos, antecedentes y estrategias.
En primer lugar, los ajustes no se deberán discutir y anunciar en base a datos
“macro”, sino identificar inequidades sectoriales a nivel “micro”. El desarrollo
informático e interacción de bases de datos posibilitan esta mayor precisión. Lo
que no varía en el tiempo es el origen de las crisis político-económicas:
recursos del Estado insuficientes para afrontar sus gastos, con políticas
distributivas inequitativas que usualmente concluyen en alta corrupción. Los recursos
públicos se obtienen a través del patrimonio ajeno en forma coercitiva
(impuestos, tasas, contribuciones), y del patrimonio propio (utilidad de empresas
estatales, venta de bienes). Los “ajustes” tienen un problema de origen: todos
pretenden estar a salvo, y que sea absorbido “por el otro”. Un conocido ejemplo
es la frase “que lo absorban los que más tienen”, autoexcluyéndose la clase
política de ese privilegiado grupo.
El manejo de la crisis 2001-2002
es el ejemplo más cercano de ajuste “vicioso”, y es adecuado para establecer
las diferencias entre estrategias “macro” y “micro”. En marzo del 2001 el
entonces Ministro de Economía López Murphy anunció un severo ajuste fiscal, que
incluía entre sus anuncios “macro” el despido de 40.000 empleados públicos. López
Murphy duró 15 días en su cargo. Hubiera sido más lógico anunciar medidas de
personal basadas en la extinción de prebendas, inequidades e ilegalidades,
dejando en claro que en ningún caso se afectarían a empleados que sean sostén
de hogar o tengan trabajo único, siempre y cuando cumplan con los derechos y
obligaciones que competen a la función pública.
El Poder Legislativo es el organismo
más adecuado para aplicar este enfoque. Está integrado por todas las expresiones
políticas, con la responsabilidad de establecer el andamiaje legal del Estado y
ejercer control sobre los actos del Poder Ejecutivo. Cabe preguntarse: su costo
sobre el presupuesto público es razonable?. Tiene el personal necesario, o un
exceso injustificado basado en nepotismos y amiguismos? Se cumplen asistencias,
cargas horarias, y la obligación de no
percibir más de un sueldo estatal con excepción de la docencia? Es necesario el
número de asesores? No se pueden bajar sensiblemente los intrascendentes viajes
al exterior y otros gastos?
La siguiente valla a sortear se
llama “derechos adquiridos”. En agosto del 2001, los legisladores sancionaron
la ley 25.466 llamada de intangibilidad de los depósitos, que redundantemente expresaba
que las condiciones de los depósitos captados por las entidades financieras no
podían ser alteradas por el Estado nacional. Cuatro meses más tarde se
restringió su disponibilidad (corralito), y en enero del 2002 se incautaron
definitivamente (corralón), incluidos los de medianos y pequeños ahorristas. Esto
sienta jurisprudencia para que los “derechos adquiridos” inequitativos, como el
no pago de ganancias por el poder judicial, jubilaciones de privilegios y similares,
se anulen, o al menos se suspendan.
Surge luego la valla mas cínica,
llamada “cuidar fuentes de trabajo”. Tras esta noble fachada que utiliza a trabajadores
inocentes, se facilitan negociados privados que con complicidad política y
gremial, son realizados con dinero público irrecuperable. Casos como Río Turbio,
OCA, Sancor, medios gráficos de Spolzki, López, Garfunkel, entre muchos otros,
son muestra de este costo fiscal. En el 2002 la noble intención se utilizó para estatizar
parcialmente las deudas en dólares de grandes grupos empresarios, tales como YPF,
Loma Negra, Telecom, OCA, Coto, Socma, entre otros. Los pequeños y medianos
ahorros se incautan (política macro), y parte de las grandes deudas se
estatizan (política micro).
Tema aparte es la incidencia enorme
que los delitos y la corrupción tienen en los costos fiscales, cargas
impositivas y posibilidades productivas. Su análisis cuantitativo daría por
tierra que el “roba pero hace”, es un mal menor.
Buenos Aires, 04 de octubre 2017
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