Cuando se habla de déficit fiscal
que obliga a un “ajuste”, hay un indicador económico que los presupuestos no
cuantifican: el costo del delito y la corrupción. No es una ironía. Evaluarlo,
en primer término debería promover el dictado de leyes eficaces para
combatirlos. Pero ello no sucede. La ley de Extinción de Dominio por ejemplo,
que permitiría una rápida recuperación de bienes sustraídos al Estado, está
paralizada en el Senado desde hace más de un año. Felizmente los jueces
recordaron que existe el decomiso, y su aplicación posibilitó la entrega a
Prefectura de una lujosa lancha de Ricardo Jaime, y a la Policía Federal una
aeronave de Lázaro Báez.
Pero como la problemática de la
corrupción mantiene aún sólida trama de impunidad,
merece una reflexión más profunda para no banalizar los diversos casos bajo la
escenografía del entretenimiento mediático. Los casos más resonantes se
conocían desde hace años, sea por un periodismo de investigación serio, o en
voz baja por sus atemorizadas víctimas del delito. Madres indefensas que sabían
quienes vendían drogas a sus hijos; comerciantes que entregaban la cuota
mensual de “protección” a la policía; jueces que jamás comprueban enriquecimientos
ilícitos; empresarios que debían contratar con sobrecostos los obreros y
servicios a los que obligan los distintos “Pata Medina”. Sin embargo, para
entenderlos con precisión a nivel comunicacional, surge un problema: su
asimilación intelectual es más compleja y limitada que la sensorial. Por ello, asumir el impacto económico-social de la corrupción lo
posibilitó el instrumento comunicacional sensorial más contundente a nivel masivo: la
imagen. Se pudo ver al grupo del contratista Báez contando millones de dólares;
al ex Secretario de Obras Públicas López ocultando en un convento millones de
dólares; a la hija de una ex presidente teniendo en su caja de seguridad
millones de dólares.
Pero las imágenes exhiben hechos
pasados, que de por sí no explican las metodologías del saqueo. Si las
analizamos, concluiremos que no tiene grandes diferencias entre países y
épocas, entre los “Al Capone” y los “Pata Medina”. Cuando la corrupción, (que
etimológicamente significa arrebatar, sustraer), se refiere a delitos comunes puntuales,
como asesinatos, robos, secuestros, defraudaciones, se denominan “actos corruptos localizados”. Pero
cuando se extiende a lo institucional conformando tramas de impunidad basadas
en cleptocracias (ladrones ubicados en estratos del poder), concluyen en “corrupción generalizada sistémica”. Dada
la jerarquía de los responsables, hasta la terminología delictiva se hace más
sofisticada: exacción, cohecho, peculado, prevaricato. Pero al necesitar estas
cúpulas políticas, sindicales, empresarias y judiciales apoyo logístico de base
para ejercer aprietes, amenazas e infundir miedo, se conforman las fuertes
interacciones entre el delito común y el sofisticado. Estas redes, que incluyen
fuerzas de seguridad, crean verdaderas pymes delictivas, en las que el
delincuente común que se inicia como “patotero” o funcionario “coimero”, se transforman
en empresarios que ofrecen una amplia gama de servicios de uso obligatorio y
alto costo. Muchas veces actúan a través de cooperativas, entidades sin fines
de lucro, asociaciones gremiales, que son cáscaras creadas para dar cobertura
al dinero público mal habido.
Al Capone se recuerda como un reconocido
delincuente americano de la década del 30, en donde el poder delictivo se
dirimía a balazos (método que aún se mantiene entre bandas de narcos). Capone
se inició como extorsionador, y una vez consolidado su poder, armó una
estructura administrativa empresarial muy eficiente, con sólida cobertura
política, policial y judicial. Esa época de hampones tuvo para la economía un
alto costo fiscal y productivo por décadas, hasta que alcanzó un punto de
hartazgo ciudadano y político. Como es sabido, Capone no fue asesinado por sus
enemigos, delatado, o condenado a once años de prisión por sus crímenes, sino
por la evasión impositiva que se detectó por una laboriosa investigación del
Estado.
Ochenta años más tarde, nos
preguntarnos si es imaginable que nuestros grandes evasores impositivos que
incrementaron el déficit fiscal sean condenados a prisión, acompañados de los
funcionarios cómplices que los apañaron. Habremos aprendido y llegado al punto
de hartazgo respecto a la corrupción?
Buenos Aires, 11 de octubre 2017
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