Hugo y Pablo Moyano, en su
desesperada arenga para movilizarse en defensa de los trabajadores, lograron
una inédita simbiosis entre diversos sectores políticos, gremiales y sociales. Hasta
hace meses era inimaginable poder cobijar bajo un mismo paraguas de imagen y
discurso, a sindicalistas como los Moyano, Santa María, Baradel, Micheli y
Palazzo, a izquierdas duras y violentas, autoproclamados líderes sociales como Grabois;
viejos políticos negadores del pasado como Filmus y Solá, y kirchneristas
varios. No sorprende en cambio Alberto Fernández, quien con pegamento en mano,
es experto en intentar acuerdos de coyuntura con fidelidades oscilantes. Esta
asociación variopinta la logró Moyano con un mensaje conciso y entendible: hay que combatir a Macri. El análisis de
estas ajadas fotos sepia no debiera banalizarse bajo ironías o eventuales
preocupaciones judiciales de la familia Moyano, sino interpretarlas recurriendo
a pensadores políticos trascendentes y universales.
Hace más de 2.400 años Aristóteles,
a diferencia de Platón, planteaba que las ideas o conceptos no deben separarse
del realismo de los objetos. Sobre esta base filosófica entendió que el fin de
la política debía ser el lograr el bien común. A fines del siglo XV, en un
mundo que ingresaba a la modernidad en un contexto de permanente luchas entre
reinos, incluido el Papado, el florentino Maquiavelo, considerado creador de la
ciencia política, entendió la puja por el poder en función de la naturaleza
humana (no es lo que deseo, sino lo que es). Décadas más tarde a inicio del
siglo XX, ante el creciente fenómeno de masas, el filósofo jurídico alemán Carl
Schmitt sostuvo que para manejarlas y lograr el poder, se debía plantear la
vida política como una lucha sin cuartel entre enemigos irreconciliables. Aristóteles representaba la armonía del bien
común, criterio aplicado en lo discursivo. Maquiavelo y Schmidtt revelaron los
pliegues más oscuros de la naturaleza humana en las luchas por el poder, por lo
que predominan en lo fáctico. Ambos no diferenciaron entre monarquías o repúblicas;
entre derechas o izquierdas. A Schmidtt siempre se lo consideró un pensador de
derecha, pero sus principios fueron igualmente aplicados por el marxismo.
Lo expresado ayuda a comprender
las disímiles convergencias logradas por el “Concilio familiar Moyano”, aunque
no hayan leído a Maquiavelo o a Schmidtt. Actuaron conforme a su naturaleza,
identificando claramente a un enemigo único para ejercer presión. El enemigo
nunca debe ser abstracto (Cambiemos), sino concreto y visible: Mauricio Macri.
Al compartirlo, se naturalizó la asociación entre sindicalistas de derecha con
grupos de izquierda y troskistas. Acaso Hitler y Stalin no firmaron un pacto de
no agresión, mientras les era conveniente?
Mencionados algunos antecedentes
conceptuales históricos, es momento de detenernos en los componentes
vernáculos. Cuál es la alternativa al “enemigo Macri”? Viejos políticos y
gremialistas que atravesaron impertérritos cavallismos, menemismos,
kirchnerismos, sin jamás reconocer culpas? Nuevamente encontramos una respuesta
sólida en pensadores trascendentes; en este caso Karl Marx. Al referirse a las
repeticiones históricas que planteaba Hegel, señaló: “La historia se repite dos veces; primero como tragedia y después como
farsa”. Lo que nos recuerda que con los años, la marcha peronista parece
haberse convertido en un símbolo de exilio político: se la canta solo cuando se
está en el llano. Por ello, a más de cuarenta años de fallecido, Juan Domingo Perón
no merece ser usado por los patéticos oportunismos modernos. Vale al respecto la
opinión de un auténtico referente del peronismo histórico. Dijo Julio Bárbaro: “El drama de los argentinos es que le ponemos
el nombre de peronismo al oportunismo y al apoliticismo, pero podríamos
llamarlo de cualquier otra manera. El peronismo no es un partido. Es una
asociación al poder”.
Las grietas aún hoy son tragedia,
pero el tiempo y personajes desgastados las están convirtiendo en farsa. Evolucionar
es una oportunidad para quienes tienen raíces socialistas, radicales,
justicialistas, y para las mayorías sin identidades partidarias. Pero
evolucionar significa mirar hacia adelante, no repetir el pasado.
Buenos Aires, 21 de febrero 2018
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