Recurrentemente cada dos años en épocas preelectorales, se producen realineamientos, oportunismos y cinismos de conocidos políticos, convirtiendo a la invocada “grieta” en una suma “fisuras”, pese a lo cual, intentan enmascarar sus nuevas adhesiones y asociaciones manteniendo el discurso de la “grieta”. Posiblemente ignoren que el concepto “amigo y enemigo” desarrollado por el filósofo y politólogo alemán Carl Schmidt a comienzo del siglo XX, se aplicaba a priorizar el poder ejecutivo de un Estado por sobre el estado deliberativo de una democracia, y no para mercadeos preelectorales.
Lo discursivo se sustenta en peroratas propagandísticas (pretenden fijar posturas a través de eslógans); relatos (intentan justificar posicionamientos invocando personajes o hechos pasados), y falacias (formulan razonamientos aparentemente persuasivos pero falsos). Por ello, analizar la coyuntura preelectoral desde ahora hasta el cierre de listas, exige una perspectiva menos filosófica y más doméstica: en la puja por cargos ejecutivos y legislativos, muchos de quienes ayer votaron “contra Cristina”, pueden votar hoy a su favor y “contra Macri”, y viceversa. Continuando con las referencias históricas, esta realidad se vincula más con el Maquiavelo del siglo XVI, que con la “grieta” de Schmidt del siglo XX. Respecto a la costumbre de contratar mercenarios en las luchas entre Estados, Maquiavelo propuso al Príncipe una milicia propia y estable, porque “el príncipe cuyo gobierno descanse en soldados mercenarios, no estará nunca seguro y tranquilo, porque son ambiciosos, desleales, valientes entre los amigos, pero cobardes cuando se encuentran entre los enemigos”. Esta advertencia sería de plena aplicación para nuestros modernos políticos mutantes, en una etapa de amontonamientos utilitarios.
Es necesario también eludir preconceptos “enlatados” y generalmente desactualizados que pretenden posicionarnos sin mayor reflexión, tales como derecha-izquierda; neoliberal-populista; peronismo-radicalismo. Un ejemplo adecuado para desnudar lo artificial de estas generalizaciones, es recordar la añeja categorización de conservador usada en gran parte del siglo XX, muchas veces asociada a oligarca, porque existe una directa correlatividad entre la palabra y su significado: conservar; favorecer intereses constituidos; evitar cambios. Si trasladáramos este concepto a la actualidad, podríamos preguntarnos: en sus provincias, los Rodríguez Saá, los Zamora, los Insfrán y los Kirchner, son conservadores? Si lo fueran, tendría sentido establecer si son de derecha o izquierda, peronista o radical? En tal caso, sus manejos de gobierno y coptación de instituciones, se modificarían en algo?
En esta línea de análisis, Hitler era de derecha y Stalin de izquierda, o simplemente dictadores con metodologías de concentración de poder similares? Pasando al terreno de los discursos falaces, los que acompañaron a Menem como neoliberales dejaron de serlo hoy? Que los distinguen de los presuntos neoliberales de Macri? Desaparecidos el justicialismo y el radicalismo como partidos excluyentes, esta inconsistencias se explican desde la ideología o desde el oportunismo? Hace décadas se identificaba al justicialismo con lo social, y al radicalismo con lo republicano e institucional. Ante el permanente trasvasamiento de dirigentes entre expresiones partidarias de coyuntura, cuáles son las nuevas improntas partidarias reconocibles? Esta realidad nos remite a los mercenarios que temía Maquiavelo, asociada a una variante argentina del pensamiento de Carl Schmidt, denominada “amigo-enemigo-amigo-enemigo-amigo-enemigo….”
En cuanto al uso de eslógans, quizás el más reconocido como unificador de masas sea “Todos unidos triunfaremos”. Esta estrofa de la marcha peronista fue cantada por primera vez en el año 1948, a dos años de haber asumido Perón la presidencia- Pero la estrofa posterior “Perón, Perón, que grande sos”, dejaba en claro que dicha unidad se referenciaba en un líder excluyente. La sociedad de entonces no era idílica; existían seguidores y detractores; fanáticos entre unos y otros. Tras el derrocamiento y exilio de Perón, surgieron posturas sindicales de un peronismo sin Perón, y años más tarde, otro gobierno militar intentó elecciones presidenciales sin Perón. Hábil estratega, Perón condicionó todas las alternativas políticas. En su primer regreso al país se abrazó con Balbín, pero ambos estaban desgastados. En su retorno definitivo, muchos oportunistas de entonces pensaron que el líder podía ser usado. Se produjo la masacre de Ezeiza, enfrentando a quienes decían admirarlo y defenderlo. El “todos unidos” había perdido identidad y eficacia.
Hoy, para disimular mercadeos preelectorales y mantener la mística, el “todos unidos” exige ser complementado con el terrenal “en contra de”.
Buenos Aires, 04 de diciembre 2018
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