El
análisis del resultado de las pasadas elecciones legislativas en el ámbito
nacional, antes que para destacar la eventual derrota del oficialismo o el
surgimiento de potenciales candidatos presidenciales para el año 2015, sirve
para dejar conclusiones mucho más valederas a futuro para el ciudadano: la
atomización política y partidaria alcanzó un límite insostenible.
Tanto
agrupaciones como candidatos supuestamente triunfadores, no alcanzaron por sí
un número de votos que los convierta hoy en una seria alternativa nacional. La
primera minoría por su parte, el gobernante Frente Para la Victoria, afronta el
peor escenario cuando el líder peronista de turno tiene fecha de vencimiento:
duras luchas por la sucesión por fuera del partido, usufructuando la falta de
una oposición no peronista consolidada.
El
criticado bipartidismo otrora monopolizado por el Partido Justicialista y la
Unión Cívica Radical, que por la desvirtuación de sus aparatos partidarios en
perjuicio de los afiliados derivó en la despectivamente llamada
“partidocracia”, estalló en un sinnúmero de agrupaciones de efímeras
existencias y variadas y creativas denominaciones, aglutinadas bajo el paraguas
de Frentes, Confederaciones o Alianzas. La vieja “partidocracia” se transformó
en “quinchocracia”, en donde asado mediante, las pequeñas cúpulas dirigenciales
de sus mínimos partidos se ubican a la cabeza de las listas para renovar como
minoría una y otra vez sus cargos legislativos. O bien, sin ningún rubor se
trasladan a la agrupación que los tiente con una mejor oferta. El último
ejemplo fue el diputado electo Adrián Pérez, que de la Coalición Cívica se
insertó en el Frente Renovador. A tal punto llega la distorsión conceptual y de
principios, que Massa exhibió esta adquisición como un logro. Pareciera ser que
en la Argentina, la incoherencia política y oportunismo personal se llama
“transversalidad”.
En
este contexto mal pueden existir programas de gobierno serios; equipos
profesionalizados y mancomunados en sus objetivos; organismos de control
prestigiosos y justicia federal que sancione la corrupción del Estado, asociada
a empresarios privados. No es casual que el mismo partido y con las mismas
personas privatice y/o estatice livianamente y con ruinosos efectos para la
sociedad argentina. Tampoco es casual que supuestas oposiciones acepten y voten
pasivamente modificaciones estructurales al sistema jubilatorio; la política
petrolera; expropiaciones con resarcimientos indefinidos a futuro, sin ninguna
salvaguarda, bajo el irresponsable justificativo que dichas acciones están
dentro de “sus principios partidarios”.
No
hay política sin partidos, y no hay partidos sin política. Una definición
generalmente aceptada define a Partido como a una asociación de individuos
unidos para debatir y compartir intereses, principios, proyectos y objetivos
comunes. Qué diferencia esta definición a un Partido de una ONG o una
Asociación cultural? En nada, porque se omitió decir “Partido político”, cuyo
objetivo principal, entonces sí, es alcanzar la responsabilidad de gobernar con
el consenso mayoritario de los ciudadanos.
La
ausencia de Partidos provoca como efecto más visible la ausencia de plataformas
electorales, entendidas como el compromiso explícito de implementar acciones
concretas de gobierno. Las campañas se reducen a obviedades y generalidades, con acompañamiento musical e
imágenes de felicidad si el candidato es oficialista, o de tristeza si es
opositor. Así como el oportunismo se lo disfraza con la palabra
“transversalidad”, la carencia de compromisos explícitos se la disfraza con la
palabra “pragmatismo”, provocando que quienes alborozados festejen haber
expropiado las acciones de la petrolera española Repsol, meses más tarde deban
aplaudir la asociación de YPF con la petrolera norteamericana Chevron. Y dicho
sea de paso, si tienen apoyo económico del gobierno, los festejantes pueden ser
marxistas, nacionales y populares o neoliberales.
En
el año 1743, escribía Jean-Jacques Rousseau en su libro “El Contrato Social o
principios del derecho político”: “El pueblo inglés se cree
que es libre: está gravemente equivocado. Solo es libre mientras dura la
elección de los miembros del parlamento; en cuanto esos miembros son elegidos,
el pueblo esta esclavizado; vuelve a convertirse en nada. En el breve momento
de su libertad, el pueblo inglés hace tal uso de su libertad que se merece
perderla”.
Tenemos
dos años para no dejarnos confundir por Frentes, Coaliciones y Alianzas, que se
asemejan a verdaderas agencias de colocaciones de políticos. Promovamos la
reconstitución de Partidos con principios claros y consecuentes en el tiempo,
para entonces sí, debatir con entusiasmo y esperanza.
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