Los
graves conflictos sociales que estallaron en distintos puntos del país
merecieron variadas interpretaciones políticas, que como ya es habitual,
oscilaron entre la obviedad y el ocultamiento de los problemas de fondo.
Intentaremos establecer una matriz de los hechos, en base a los términos más
utilizados para esbozar excusas antes que diagnósticos convincentes. Ellos son:
acciones destituyentes; saqueos y reclamos salariales.
Acciones destituyentes.- El oficialismo una vez más relacionó las acciones
violentas con acciones destituyentes. Se entiende como tales pretender
debilitar a un gobierno elegido democráticamente a través de movilizaciones
civiles que desafían su legitimidad. Pueden iniciarse de forma pacífica,
legítima y masiva (cacerolazos), pero aprovechadas luego por los verdaderos
sectores destituyentes para el golpe final, a través de acciones violentas. Si
consideramos que la cúpula dirigencial justicialista cumplió un rol
preponderante en eyectar con solo dos años en ejercicio del poder al gobierno a
la Alianza en el 2001, que tenía minoría en el Senado, Diputados y
Gobernaciones, debemos partir de la base que estas acciones existen. Avala la
presunción que toda la dirigencia del Frente Grande, incluído su máximo
representante y responsable del vacío de poder de la Alianza, Carlos “Chacho”
Alvarez, fue adecuadamente recompensada e integra casi sin excepción el actual
gobierno. Ello explica también porque las masivas protestas de ese entonces no
avalaron que la Alianza fuera única responsable de una crisis terminal incubada
desde varios años atrás, dando lugar a la frase más temida por la clase
política aún hoy: “Que se vayan todos”. Surgen dos reflexiones: por un lado, que
nunca más se interrumpan los períodos democráticos de gobierno, utilizando las
crisis para proyectos sectoriales de poder. Por el otro, respetar hoy este
principio permitirá una experiencia enriquecedora a futuro: por primera vez en
su historia, el justicialismo deberá afrontar las consecuencias de su ejercicio
ininterrumpido del poder durante diez años.
Saqueos.- Se entiende como saqueo o pillaje al apoderamiento
ilegítimo e indiscriminado de bienes ajenos. Ante tan clara definición, asombra
que desde siempre, y ahora en un gobierno autoproclamado progresista, nacional
y popular, se llame saqueadores únicamente a pobres y/o delincuentes robando electrodomésticos,
y no a funcionarios públicos y empresarios privados escandalosamente
enriquecidos, asociados para vaciar presupuestos públicos a costa de la calidad
de servicios y aún de vidas de ciudadanos. Desde luego, con protección
judicial. Está claro entonces que urge reconstituir la obligación moral e
institucional de todo Estado, de proteger a sus ciudadanos de todo tipo de
saqueadores, pobres o ricos a costa del propio Estado. Empezando por estos
últimos, aunque duela más.
Salarios.- El salario o sueldo es la suma de dinero y eventuales
pagos en especie que recibe en forma periódica un trabajador de su empleador,
como contraprestación del trabajo realizado. El salario debe ser equitativo
ante trabajos similares, y posibilitar en todos los casos una vida mínimamente
digna. Aplicado este concepto a los salarios del Estado, que motivaran entre
otros conflictos el policial, sorprende que ningún sector político haya
mencionado la enorme y creciente distorsión salarial y destrucción del
principio de equidad de los salarios públicos durante los últimos veinte años,
ya sean de la administración central u organismos descentralizados, falazmente
denominados desde lo financiero “autárquicos”. La situación alcanzó tal
descalabro, que funcionarios o representantes públicos designados, por ejemplo,
en Aerolíneas, YPF, Anses, organismos de control, poder legislativo, entre
muchos otros, pueden fijarse alegremente sus salarios sin seguir ningún tipo de
política estructural, al punto que en general no son dados a conocimiento
público, e inclusive se incrementan con fondos en negro.
Internacionalmente,
el nivel de equidad salarial de un país se mide no en valores absolutos, sino
de relación piramidal, o sea, el ingreso máximo es tantas veces el ingreso
oficial mínimo. Un país desarrollado puede tener una relación 1/15 o 1/20. Un
país pobre alcanza valores 1/50, y aún mucho más. En nuestro país, mientras no
establezcamos claramente esta relación en base a sueldo presidencial y salario
mínimo, por ejemplo, y que todos los salarios públicos estén dentro de la
pirámide, los problemas salariales de policías, docentes, médicos, entre otros,
serán insolubles. La crisis policial fue un excelente ejemplo: ante el reclamo,
los gobernadores en tropel dieron irresponsablemente aumentos entre el 50 % y
100 %, que horas antes no podían dar. Son salarios justos? No se sabe, porque
no hay pirámide salarial, asociada a función y formación. Hoy, cualquier
funcionario designado a dedo en una empresa estatal, en donde no aporta
capital, no absorbe pérdidas por su accionar, y generalmente carece de
conocimientos para la tarea encomendada, juega a ser CEO de la empresa, y se
fija salarios desproporcionados. Estos temas de fondo para pretender gobernar, tampoco
los plantean las supuestas oposiciones.
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