Antes que
sumergirnos en el fárrago de opiniones referidas a los escándalos económicos de
la Fundación Sueños Compartidos que encabeza Hebe de Bonafini, y el intento de
compra y posterior estatización de Ciccone Calcográfica, es importante analizar
las similitudes de ambos casos, a fin de comprender la matriz de la corrupción
originada en la asociación del Estado con sectores privados y/o figuras públicas
emblemáticas.
El caso Sueños
Compartidos centra la culpabilidad de la estafa en un asesor ajeno a la política, Sergio Schocklender, para
encubrir las directas responsabilidades de quien conduce la Fundación, y funcionarios
públicos de alto nivel que debían
controlar el manejo y destino del dinero. En el caso Ciccone sobresale la
figura de Boudou, hoy vicepresidente, por haber tenido una participación supuestamente
clave en el negociado para lograr la propiedad forzada de Ciccone, para luego lograr
refinanciación de pasivos y obtener contratos con el Estado, que transformaran
a la empresa quebrada en un negocio brillante.
Las similitudes
comienzan en las expresiones públicas de los imputados. Tanto Boudou como
Schocklender adoptaron un estilo amenazante, patoteril y degradante hacia la Justicia , sin exhibir
pruebas de sus afirmaciones, porque el objetivo encubierto es el habitual en
las cadenas de corrupción: “Si caigo yo, importantes funcionarios y empresarios
caerán conmigo”. El objetivo no es aportar a la verdad, sino lograr la
impunidad cómplice.
Schocklender
incluso pasó del mensaje mediático al escrito. En su libro “Sueños postergados”
(año 2011), en donde mezcla a Néstor Kirchner, el abogado Barcesat, Fidel
Castro, Raúl Castell, las FARC, entre otros ingredientes de la ensalada,
expresa textual: “La caja del gobierno
podría dividirse en tres áreas básicas. La primera sustentada por la necesidad
real de fondos para sostener a funcionarios cuyos verdaderos sueldos no se
blanquean. La segunda es corrupción lisa y llana, caja para que se enriquezcan
los De Vido, los Jaime, los Lòpez, los Bontempo y toda esa clase de personajes.
La tercera es la destinada al mantenimiento de las enormes estructuras de las
organizaciones sociales que Néstor Kirchner ordenó financiar para poder
construir una base social propia”.
Llegado su momento,
Boudou tampoco se quedó atrás. En una recordada exposición televisiva, denunció
pactos, convivencia y lobbys de todo tipo, con la participación del agente
secreto Magnetto incluída, provocando el apartamiento del juez y fiscal
originales de la causa, Rafecas y Rívolo, y la renuncia del Procurador Righi.
Las similitudes
incursionan también en el ámbito judicial. Para tranquilidad de los
innumerables involucrados en el caso de la Fundación, en mayo de 2011 la causa recayó
en el juzgado de Oyarbide, quien fluctuó entre la inacción y licuación y/o
desaparición de pruebas. Concluído el encubrimiento,
recién entonces la Cámara Federal integrada por Farah, Ballestero y Freiler,
muy enojada y con duros términos hacia el accionar de Oyarbide, anuló todo lo
actuado y lo apartó de la causa. Los despojos del expediente duermen hoy en el
juzgado federal de Martínez de Giorgi.
No tuvo esa suerte
el expediente Ciccone hasta el momento. Designados el juez Lijo y el fiscal Di
Lello en lugar de Rafecas y Rívolo, los camaristas Ballestero, Farah y Freiler
intentaron repetir la estrategia seguida con Oyarbide, y hace escasos meses reprendieron
severamente a Lijo y a Di Lello, conminándolos a acelerar y cerrar la etapa de
instrucción. Para sorpresa de muchos, Lijo actuó en consecuencia y comenzó con
las indagatorias. Su citación a declarar obligó a Boudou retomar sus ataques
patéticos y acusaciones variadas, que van desde el juez, a empresarios que no
identifica, y obviamente, a la prensa monopólica y destituyente. Nuevamente,
sin aportar pruebas.
Un párrafo final
para el chupete acaramelado de todo debate político/ideológico supuestamente
esclarecedor: el rol de los medios de comunicación. Su subsistencia depende de
ingresos económicos, sean privados o públicos. Las líneas editoriales e intencionalidades
políticas existen tanto en unos como en otros. El desafío que afronta cada
periodista es el de no caer en el fanatismo; la obsecuencia o el ridículo, sea
oficialista u opositor. Solo un ejemplo: previo a la pelea de Maravilla Martínez
en el Madison Square Garden el pasado sábado, el periodista Víctor Hugo
Morales durante la transmisión por la
Televisión Pública, asimiló rebuscadamente la sacrificada carrera boxística de
Martínez fuera del país desde hace diez años, con el eslógan “Década ganada”
del actual gobierno. Más allá de adhesiones políticas, es necesario tirar la
profesionalidad periodística por importantes contratos con el Estado?
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