Desactivado el golpe militar para derrocar gobiernos
constitucionales, los grupos civiles interesados en tal objetivo perdieron la
cobertura uniformada. Como sustituto
apareció el sofisticado neologismo destituyente, o dicho más correctamente,
“neogolpismo”. Consiste en el accionar de grupos pretendidamente demócratas,
aunados para conspirar y actuar dentro de marcos supuestamente
constitucionales, contra gobiernos democráticamente constituidos. El
neogolpismo, impedido de invocar la otrora noble intención de “recuperar la democracia”,
apela a nuevas terminologías, tales como vacío de poder o tendencias
autoritarias, que para tener efecto exigen un caldo de cultivo ineludible:
crisis económica y agitación social.
Esta modalidad tuvo varios ejemplos desde el 2000 a la
fecha en nuestro continente, como en Argentina, Honduras y Paraguay. Ante el no
muy lejano reemplazo del gobierno de la Alianza en el 2001, no debemos dejar
pasar por alto las denuncias formuladas por la presidente Cristina Kirchner
contra grupos tanto internos como externos.
Más aún, cuando los principales dirigentes políticos, gremiales y
empresarios actuales, tuvieron activa participación en la acción destituyente
contra el gobierno encabezado por De la Rúa, incluida la propia Presidente,
entonces senadora nacional, que desde su banca exigió la inmediata renuncia del
en ese entonces mandatario.
No es el objetivo reivindicar al gobierno de De la
Rúa, lo que se asemejaría a un irrelevante ejercicio de opinión, sino mucho más
preocupante, destacar peligrosas similitudes y diferencias en los campos
políticos y económicos, entre la actualidad y la crisis del 2001. Preocupa
particularmente, que tanto oficialistas como circunstanciales opositores
intentan disimularlas o negarlas ante la opinión pública. Obviaremos amenazas
externas, sean orientales u occidentales, y estériles debates sobre el fallo
del senil juez Griessa; la mala Repsol o la buena Chevron; el malo Paul Singer o
el bueno George Soros; la utilización de dólares o yuanes, etc. La razón es
simple: cualquier ataque buitre externo necesita de la acción carroñera previa
de buitres criollos. En nuestro caso, el nivel de corrupción y enriquecimientos
patrimoniales de altos funcionarios públicos y empresarios asociados, indican la
abundancia de la especie en nuestro país.
A diferencia del gobierno de la Alianza, la presidenta
cuenta con el manejo de todos los resortes de información calificada en los
campos de inteligencia, economía y política, tras once años ininterrumpidos de
gestión kirchnerista. Posee el apoyo público de los gobernadores, mayoría en
las dos Cámaras, un poder gremial debilitado por divisiones pero siempre listo
para acuerdos en su propio interés, y un poder judicial cuanto menos,
neutralizado. Con ninguno de estos beneficios contaba De la Rúa. Peor aún; su
gobierno albergaba la cúpula del Frente
Grande, cuyos principales dirigentes se incorporaron a paquete cerrado al actual
gobierno, entre ellos uno de los responsables de la debacle del 2001, el ex
vicepresidente Carlos Alvarez.
Cuál es entonces la situación explosiva hoy? En lo
político, un hecho reiterativo, que paradójicamente permitiera el ingreso de la
Alianza al gobierno. Salvajes internas de raíz justicialista para mantener
espacios de poder. Pero la acción destituyente del 2001, fracasó en el recurso
de reemplazar anticipadamente gobiernos no justicialistas bajo el eslogan “no
saben gobernar”, y se encontró con la sorpresiva y justificada reacción masiva
de la sociedad, unificada bajo el recordado reclamo “que se vayan todos”. Ello
generó un temor inédito en la clase política que aún perdura, y actúa como
antídoto ante cualquier nuevo intento de neogolpismo. Salvo honrosas
excepciones, los políticos del 2001se quedaron todos, pero al amparo de
híbridos y oportunistas Frentes, Concertaciones, Uniones o similares,
“enriquecidas” con pequeñas agrupaciones
sectoriales irrelevantes y casi patriarcales, solo útiles al efecto de que sus progenitores políticos accedan a
una banca legislativa o a un cargo público. En este esquema vigente, ser
oficialista u opositor es solo una situación temporal acotada, por lo que la
representación de los votantes es inexistente. Ello explica la desaparición de
las plataformas electorales con compromisos concretos, y los partidos
justicialista, radical y socialista identificados como tales en una elección.
Respecto al 2001, se observan dos indicadores en lo
político: 1) la certeza que la dirigencia no volverá a intentar un neogolpismo
destituyente, en defensa de su propia supervivencia. 2) un escenario político-partidario
volátil y oportunista disfrazado de pragmático, mucho más peligroso que el que
existía en el 2001.
En la próxima reflexión incursionaremos en indicadores
de la economía, estableciendo diferencias y similitudes con la crisis del 2001.
De no revertirlos, nos acercamos peligrosamente a la nefasta frase para las clases medias y más vulnerables, en boca
de políticos que viven de los recursos del Estado: “Necesitamos del esfuerzo de
todos los argentinos”.
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