Una tragicomedia es una obra dramática que
combina elementos trágicos y cómicos, matizados con toques de sarcasmo y
parodia.
14 de enero, en un poderoso país sudamericano.
Un fiscal, al que el gobierno le creó una unidad especial para investigar un
atentado terrorista contra una institución de la colectividad judía hace veinte
años, anuncia que presentará una denuncia contra altas autoridades del país,
por intentar desviar la investigación contra funcionarios iraníes acusados de su
planificación e instigación. Incluye a personajes marginales especialistas en
aprietes callejeros, devenidos en sutiles diplomáticos, y a un representante en
el país de la comunidad iraní, que oficiaría de nexo con el exterior.
Prestamente, el Canciller lee nerviosamente un comunicado oficial, negando la
acusación.
Se dan a conocer escuchas telefónicas entre un
emblemático piquetero y el nexo criollo-iraní. El juez a cargo de la causa declara
de inmediato que no ordenó las escuchas. Un día más tarde se desdice,
manifestando que las ordenó para los teléfonos del supuesto nexo local iraní. Legisladores
opositores invitan al fiscal denunciante a concurrir ante una Comisión
parlamentaria para ampliar la información. Este acepta. Una diputada del
oficialismo expresa que asistirá al Congreso el acordado día lunes, pero “con
los tapones de punta”. No para escuchar sino para preguntar. El día anterior a
la reunión, 18 de enero, el fiscal aparece muerto en su departamento.
Ese mismo día un histriónico Secretario de
Seguridad ingresa al departamento. Las cámaras lo captan siempre dinámico y
hablando permanentemente por celular. Justifica su presencia en que debía
verificar los protocolos del personal de vigilancia oficial, y resguardar el
escenario del hecho. Lunes a la mañana. Un colaborador informático del fiscal
se presenta ante la fiscal a cargo de la instrucción, para declarar que le
entregó el día sábado un arma de fuego al fallecido. El 19 de enero, a través
de una red social la Presidente aventura una hipótesis: el fiscal se suicidó?
De inmediato altos funcionarios claman al unísono: el fiscal se suicidó.
El hiperkinético Secretario de Seguridad continúa
con sus declaraciones a la prensa, incrementando la confusión. Ingresó al
departamento un minuto antes o un minuto después que la fiscal? Se informa que
las dos únicas puertas de acceso al departamento estaban cerradas por dentro.
Aparece un enigmático cerrajero que abre la puerta de servicio “en dos minutos
y con un alambre”. No tenía pasador por dentro. Días más tarde se descubre que
había un tercer acceso: un pleno de equipos de aire acondicionado que conectaba
la unidad del fiscal con la vecina, que estaba vacía y alquilada por un chino.
Cunde el desasosiego; justo un chino, ahora que firmamos un convenio con el
gigante asiático?
22 de enero. Siempre por red social, la
Presidente manifiesta tener la convicción que el fiscal fue asesinado. Sin
demora, altos funcionarios claman al unísono: al fiscal lo asesinaron. En la
investigación, se constata que los custodios custodiaban poco. La fiscal los
interroga: cumplieron los protocolos? Qué protocolos?, responden sorprendidos.
De inmediato sus superiores los ponen en comisión y los denuncian ante la
justicia. Los superiores aún mantienen sus cargos. El sistema de seguridad del
lujoso complejo tenía muchas cámaras que no funcionaban. Los vigiladores privados
anotaban ingresos y salidas en un cuadernito. Valijines y mochilas no se
revisaban.
La hipótesis del asesinato exige sospechosos y
motivos. Empiezan a surgir extraños cambios
de personalidad. El fiscal bueno, se transformó en malo. Un agente secreto
criollo más famoso que James Bond durante décadas bueno, se transformó en malo.
El colaborador informático de confianza del fiscal, de bueno pasó a malo. La ex
esposa del fiscal muerto, que en su condición de jueza federal conoce el
accionar de la justicia, solicitó ser querellante y aportar peritos de parte. El
piquetero implicado clama protección. Una legisladora le pide públicamente al
Comandante en Jefe del Ejército que no la mate.
Ante tal caos, develó el misterio el inefable Secretario
General de la Presidencia, que recuerda a los tradicionales payadores criollos,
capaces de improvisar sobre cualquier tema un recitado en rima acompañados de
una guitarra. Concluyó que al pobre fiscal lo obligaron a presentar una
denuncia, que para colmo, por su pobre elaboración jamás pudo ser redactada por
un abogado. Llegado el momento de sostenerla, abrumado por la humillación que
debería soportar, se suicidó.
Cae el telón ante la ovación de los
espectadores. De improviso sube al escenario el director de la obra, y pregunta
angustiado: hay un psiquiatra en la sala?
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