El asesinato/suicidio del fiscal Alberto Nisman,
desnuda como ningún caso antes la continuidad de un sistema de poder. Gran
parte de la dirigencia política, gremial, judicial y empresaria relacionada con
los niveles de conducción del Estado, desde hace más de dos décadas se mantiene
intacta. Son los mismos nombres, eventualmente con distintos cargos, pero
siempre con poder de decisión, presión y/o representación.
En estas condiciones, en Argentina o cualquier otro
país, una corrupción incontrolada de los poderes estatales es una natural
consecuencia. Al punto que los viejos regímenes provinciales feudales y
nepotistas de otrora, en lugar de ser superados por la continuidad democrática,
se replicaron en el nivel de conducción de la Nación. El fenómeno se inició en
1989 con la asunción del presidente Menem. En este punto es necesario hacer un
alto. Se intenta plantear un manifiesto antiperonista? Por el contrario. Han
sucedido demasiados cosas en estas últimas dos décadas, como para seguir
escudándonos, sea para el elogio o para la crítica, bajo el nombre de Juan Perón.
No le podemos adjudicar a Perón privatizar
irresponsablemente YPF para hacerse de fondos, para que años más tarde, los
mismos legisladores aprueben su estatización parcial irresponsable, también para
hacerse de fondos. No se lo puede culpar porque esta matriz se haya replicado en
aspectos estructurales de un país: rol del Banco Central; sistema jubilatorio;
coparticipación federal Nación-provincias, políticas de servicios de
inteligencia, y lo más grave, una planificada licuación de toda acción de
control de actos de Gobierno, por parte del Poder Legislativo, la Justicia Federal,
y Organismos Administrativos. Por ello no sorprende que hoy, más que investigar
el deceso de Nisman, el debate gubernamental se centre en la transformación del
Nisman bueno en Nisman malo, o como diría el ex juez Zaffaroni, el engaño que sufrió “el pobre
muchacho”.
Esta degradación política no merece involucrar la
memoria de importantes figuras políticas del pasado, manipulándolas tras falsos
debates ideológicos. No hay diferencia entre coimeros y/o asesinos neoliberales
o progresistas. El esquema de poder vigente necesita además, de la manifiesta ineptitud
de quienes la ciudadanía votó para que actúen como oposición. La mentada
“escribanía legislativa del oficialismo”, necesita el imprescindible apoyo de los
llamados aliados (rol para el que nadie los votó); tránsfugas (pasan de un
partido a otro burlando al votante), y conversos (de feroces críticos pasan a
fanáticos militantes, prebendas mediante). Por su parte, quienes mantienen el
rol de opositores, solo atinan a justificar su inacción por su condición de minoría.
Jamás leyeron las biografías de Alfredo Palacios y Lisandro de la Torre.
El rótulo de “peronista” no puede suplirse alegremente
por los más modernizados “menemista” o “kirchnerista”, porque supondría negar a
Perón. Lo que corresponde es definirse como justicialista, sin avergonzarse. A
partir de entonces, analizar si el Partido Justicialista existe como tal, o
solo es una cerrada maquinaria de poder. Al punto de brindar cobertura, por
ejemplo, a un abrazo fraterno entre Boudou, Bonafini y Milani. El radicalismo, más
formalista, mantiene sus estructuras partidarias prolijamente conformadas, pero
carece de dirigentes con vocación de poder. Hay radicales K; radicales PRO;
radicales Massa, radicales Unen, sin duda habrá radicales Scioli, y finalmente,
radicales Moreau, comercializadores de la memoria de Raúl Alfonsín. Ante esta
carencia de elementales principios éticos y de representación, sostener que será
el votante quien decidirá su futuro, es falaz. Los radicales santiagueños votaron
para que Zamora los represente como gobernador. Pero en el cuarto oscuro de la
política les robaron la elección. Hoy Zamora es kirchnerista y nepotista.
El caso Nisman debe replantear las estrategias
electorales para el 2015, por parte de quienes juegan a “yo quiero ser
presidente”. Hoy solo ofrecen híbridas campañas marketineras, carentes de
contenido y compromisos concretos. En lo inmediato se deberán conformar ofertas
electorales sólidas y coherentes, que permita al nuevo gobierno afrontar las enormes
dificultades políticas, sociales y económicas, sin afectar a las clases más
vulnerables y medias, como sucediera en el 2002. Es verdad que una vez más nos
encontraremos con los mismos actores de siempre. Pero a esta altura de los
acontecimientos, pretender “lo nuevo” ya es imposible.
No hay comentarios:
Publicar un comentario