miércoles, 4 de febrero de 2015

USAR "KIRCHNERISMO" COMO FACHADA (parte I)

El asesinato/suicidio del fiscal Alberto Nisman, desnuda como ningún caso antes la continuidad de un sistema de poder. Gran parte de la dirigencia política, gremial, judicial y empresaria relacionada con los niveles de conducción del Estado, desde hace más de dos décadas se mantiene intacta. Son los mismos nombres, eventualmente con distintos cargos, pero siempre con poder de decisión, presión y/o representación.

En estas condiciones, en Argentina o cualquier otro país, una corrupción incontrolada de los poderes estatales es una natural consecuencia. Al punto que los viejos regímenes provinciales feudales y nepotistas de otrora, en lugar de ser superados por la continuidad democrática, se replicaron en el nivel de conducción de la Nación. El fenómeno se inició en 1989 con la asunción del presidente Menem. En este punto es necesario hacer un alto. Se intenta plantear un manifiesto antiperonista? Por el contrario. Han sucedido demasiados cosas en estas últimas dos décadas, como para seguir escudándonos, sea para el elogio o para la crítica, bajo el nombre de Juan Perón.

No le podemos adjudicar a Perón privatizar irresponsablemente YPF para hacerse de fondos, para que años más tarde, los mismos legisladores aprueben su estatización parcial irresponsable, también para hacerse de fondos. No se lo puede culpar porque esta matriz se haya replicado en aspectos estructurales de un país: rol del Banco Central; sistema jubilatorio; coparticipación federal Nación-provincias, políticas de servicios de inteligencia, y lo más grave, una planificada licuación de toda acción de control de actos de Gobierno, por parte del Poder Legislativo, la Justicia Federal, y Organismos Administrativos. Por ello no sorprende que hoy, más que investigar el deceso de Nisman, el debate gubernamental se centre en la transformación del Nisman bueno en Nisman malo, o como diría el ex juez  Zaffaroni, el engaño que sufrió “el pobre muchacho”.

Esta degradación política no merece involucrar la memoria de importantes figuras políticas del pasado, manipulándolas tras falsos debates ideológicos. No hay diferencia entre coimeros y/o asesinos neoliberales o progresistas. El esquema de poder vigente necesita además, de la manifiesta ineptitud de quienes la ciudadanía votó para que actúen como oposición. La mentada “escribanía legislativa del oficialismo”, necesita el imprescindible apoyo de los llamados aliados (rol para el que nadie los votó); tránsfugas (pasan de un partido a otro burlando al votante), y conversos (de feroces críticos pasan a fanáticos militantes, prebendas mediante). Por su parte, quienes mantienen el rol de opositores, solo atinan a justificar su inacción por su condición de minoría. Jamás leyeron las biografías de Alfredo Palacios y Lisandro de la Torre.

El rótulo de “peronista” no puede suplirse alegremente por los más modernizados “menemista” o “kirchnerista”, porque supondría negar a Perón. Lo que corresponde es definirse como justicialista, sin avergonzarse. A partir de entonces, analizar si el Partido Justicialista existe como tal, o solo es una cerrada maquinaria de poder. Al punto de brindar cobertura, por ejemplo, a un abrazo fraterno entre Boudou, Bonafini y Milani. El radicalismo, más formalista, mantiene sus estructuras partidarias prolijamente conformadas, pero carece de dirigentes con vocación de poder. Hay radicales K; radicales PRO; radicales Massa, radicales Unen, sin duda habrá radicales Scioli, y finalmente, radicales Moreau, comercializadores de la memoria de Raúl Alfonsín. Ante esta carencia de elementales principios éticos y de representación, sostener que será el votante quien decidirá su futuro, es falaz. Los radicales santiagueños votaron para que Zamora los represente como gobernador. Pero en el cuarto oscuro de la política les robaron la elección. Hoy Zamora es kirchnerista y nepotista.

El caso Nisman debe replantear las estrategias electorales para el 2015, por parte de quienes juegan a “yo quiero ser presidente”. Hoy solo ofrecen híbridas campañas marketineras, carentes de contenido y compromisos concretos. En lo inmediato se deberán conformar ofertas electorales sólidas y coherentes, que permita al nuevo gobierno afrontar las enormes dificultades políticas, sociales y económicas, sin afectar a las clases más vulnerables y medias, como sucediera en el 2002. Es verdad que una vez más nos encontraremos con los mismos actores de siempre. Pero a esta altura de los acontecimientos, pretender “lo nuevo” ya es imposible.



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