miércoles, 11 de febrero de 2015

USAR "KIRCHNERISMO" COMO FACHADA (Nota II)

Señalábamos en la última reflexión la continuidad estructural de conducción que caracteriza al sistema político argentino desde hace más de dos décadas, con la participación de los mismos actores. Ello como consecuencia de la desaparición del par dialéctico justicialismo-radicalismo, que actuara como soporte clarificador ante la sociedad, de diversas políticas de gobierno. En su reemplazo se utilizan las dicotomías neoliberalismo-progresismo o izquierda-derecha, más acordes con debates intelectuales. Lo que se mantiene inmutable y con envidiable complacencia es la corrupción.

El pasado diciembre registró tres hechos con fuerte contenido simbólico. El ex presidente Menem, condenado a siete años de prisión en la causa Contrabando de Armas, y denostado por el oficialismo por su responsabilidad en la década supuestamente “neoliberal”, concurrió excepcionalmente al Senado para posibilitar que el Gobierno supuestamente “progresista”, obtuviera quórum para aprobar el proyecto extemporáneo de elección de representantes en el Parlamento del Mercosur. La ley contiene un toque criollo: otorga a los elegidos fueros ante la Justicia. Ya no sorprende que en la Argentina, los procesados y condenados puedan ejercer cargos políticos y aprobar leyes, sin que nadie solicite desafueros.

Ante un descabezamiento de la cúpula del Servicio de Inteligencia, se hace público que la Bicameral legislativa de Control de los Servicios de Inteligencia de la Nación jamás cumplió con su función de control, tanto de objetivos como presupuestarios. La inacción se sustentó en el clásico verticalismo de la mayoría oficialista, y en el silencio cómplice de la minoría supuestamente opositora.

En la provincia de Buenos Aires, sin voces discordantes ni denuncias mediáticas, el Senado permitió la pérdida del estado parlamentario del proyecto de ley que obligaba a la publicidad de la declaración jurada de bienes de los más altos cargos políticos. Entre los que se niegan, se destaca el candidato presidencial del Gobierno, Daniel Scioli.

La ausencia de partidos políticos consolidados y la vigencia de un sistema electoral armado para limitar y/o distorsionar la capacidad del ciudadano de elegir, hace presumir que inevitablemente el entramado de poder vigente se mantendrá a partir de diciembre de 2015. Dentro de este contexto, la prioridad ciudadana debiera ser la de limitar daños futuros a los sectores más desprotegidos y clases medias, evitando repetir el “gran acuerdo nacional” de enero del 2002, en salvataje de políticos multipartidarios y empresarios.

Para ello deberemos evitar caer nuevamente en la trampa de centrar la campaña electoral exclusivamente en el Presidente que se va, como sucediera con Menem primero, y De la Rúa después. Son hábiles y maliciosas estrategias distractivas, que eluden compromisos concretos y factibles a futuro por parte de los candidatos, con el objetivo de “cambiar para que nada cambie”. En la actualidad, hasta Carlos “Chacho” Alvarez, uno de los grandes responsables de la crisis del 2001, es funcionario del gobierno en el exterior. La realidad es más pragmática. Políticos, empresarios, gremialistas y jueces, beneficiarios del sistema Planta Permanente en altos cargos públicos, (ironía de Jorge Asís), están con las piernas flexionadas para saltar al próximo “mejor gobierno de la historia”.


La ciudadanía deberá demandar a los candidatos con posibilidades de triunfo propuestas ciertas, relevantes y transformadoras, desde lo institucional, político, social y económico. Que tengan además el respaldo de un cronograma de implementación inmediata a partir de diciembre de 2015.  Esta obligación incluye, obviamente, al candidato del Frente para la Victoria Daniel Scioli. En próximas reflexiones plantearemos algunas de las problemáticas irresueltas y graves, en las que ningún candidato deseará asumir compromisos explícitos.

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