Una anécdota define la personalidad de Scioli. Recién
asumido como gobernador de Buenos Aires, concurrió a un programa televisivo
ante un panel de periodistas. Interrogado sobre la quiebra de la tradicional
empresa familiar de artículos del hogar “Casa Scioli”, respondió imperturbable
que se debió a la política neoliberal de los 90. Sabido que ingresó a la
política de la mano de Menem, logró lo imposible: el silencio de todos los
panelistas. Uno de ellos lo rescató de la situación pasando a otro tema.
El tránsito ininterrumpido de Scioli por todos los
gobiernos, y su capacidad de eludir definiciones políticas conflictivas es
ampliamente conocida. Pero la referencia a Scioli como enigma no se refiere a su
personalidad, sino a su condición de precandidato.
Así como sus actitudes parsimoniosas son motivo de
crítica y aún de sorna, se debe reconocer que las manejó en pos de su carrera pública
con enorme habilidad. Su pregonada “capacidad de diálogo” tampoco debería ser
puesta en duda. Pero el diálogo político se ejerce en ámbitos específicos y restringidos.
Lo que debe evaluar una sociedad son sus fines de interés general, principio
aplicable a todos los precandidatos a futuro presidente. Plataformas de
gobierno claras y concisas, por ejemplo, sería un excelente ejemplo de diálogos
virtuosos.
Scioli será el candidato del gobierno. La
expectativa que el proyecto justicialista-kirchnerista
se prolongue más allá del 10 de diciembre, exige el respaldo de la mayor
cantidad de votos. Scioli es el único candidato del Frente Para la Victoria con
posibilidades de sumar al piso del Frente votos independientes distraídos. Por
ello es ingeniosa la estrategia de utilizar su presencia con silencios de libre
interpretación, en eventos organizados o con presencia de “enemigos destituyentes”
del gobierno. O que lo critiquen Hebe de
Bonafini o Luis D´Elía.
Sin embargo, su irrestricta lealtad y apoyo manifestados
al matrimonio Kirchner a lo largo de doce años del gobierno, con presencia en
la primera línea de todos los actos presidenciales y del Partido Justicialista,
no logra la total confianza de la presidente Cristina Kirchner. En esta
instancia decisiva, su ambigûedad ofrece demasiados interrogantes para el
oficialismo. Razones no faltan. Despierta sospechas, por ejemplo, que medios de
comunicación, analistas políticos y grupos empresariales, duramente críticos
con la presidente Kirchner, sean a su vez extremadamente benévolos con Scioli,
que no tuvo una gestión positiva en la provincia de Buenos Aires. Posee el 48 %
del endeudamiento del total de las provincias con la Nación; no se ejecutaron
obras de infraestructura trascendentes (hídricas; viales); disminuyó
notoriamente la calidad educativa y se incumplió recurrentemente los días
lectivos anuales previstos; la inseguridad en el conurbano alcanzó niveles
dramáticos.
La historia muestra que en el justicialismo, quien
abandona el poder no lo recupera. Pero tiene capacidad de daño. Aún Perón, en
su retorno en 1973, estuvo fuertemente condicionado por quienes pretendían
usufructuar su liderazgo. Es oportuno recordar tres antecedentes. Cámpora, por
la absurda inhabilitación de Lanusse a Perón para ser candidato, lo representó
y asumió la presidencia en 1973. Se mantuvo en el cargo solo 49 días, para dar
lugar al líder tras un nuevo llamado a elecciones (ejemplo de fidelidad a Perón).
El vicepresidente justicialista Carlos Alvarez, integrante de la Alianza que
asumió en 1999, renunció a los 279 días de mandato, provocando una gran crisis
política que culminó con la renuncia de De la Rúa 14 meses más tarde (ejemplo
de instrumentación de inestabilidad política). Finalmente Néstor Kirchner, que
accedió a la presidencia con el firme sostén del caudillo Eduardo Duhalde, pese
a lo cual obtuvo un escuálido 22,24 % de los votos en primera vuelta, una vez
consolidado su poder, se desembarazó prestamente de su promotor. (ejemplo del clásico
unicato justicialista de conducción).
Cuál de las tres actitudes mencionadas adoptará Scioli
en caso de alcanzar la presidencia? Sería oportuno profundizar hipótesis.
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