La aprobación a paquete cerrado de
96 leyes en la última sesión de diputados, debería motivar reflexiones más
profundas que la mera catalogación de la sesión como escandalosa. En principio,
quedó transparentada la necesidad de una profunda readecuación del marco
político-institucional de nuestro país, que alcanza por igual a los poderes
ejecutivo, judicial y legislativo. Mal se puede exigir eficacia y honestidad a
las nuevas autoridades gubernamentales, si las estructuras estatales que deben
sustentarlas exhiben corrupción, complicidad y oportunismo.
Personajes marginales como Fariña
nos ilustraron que en la corrupción estatal-privada, los montos involucrados
alcanzan tal magnitud, que el dinero debe ser “pesado” antes que contado.
Pudimos comprobar que con las leyes sucede lo mismo. Quizás con un mejor
barniz: el apoyo de la “izquierda”.
Si bien el concepto de corrupción
tiene matices que no modifican el daño irreversible que provoca en una sociedad,
se coincide en definir que “el acto de
corrupción es un término general que cubre el mal uso de la autoridad para la
utilidad personal, que no necesita ser monetaria”. Utilizar la autoridad
para que legisladores con dietas superiores a los $ 70.000 mensuales e
innumerables prebendas adicionales, aprueben un paquete de leyes no debatidas;
no conocidas; no entendidas, y menos aún informadas a la sociedad, es un acto
de corrupción. El doctor Luis Moreno Ocampo recordaba la fórmula de Robert
Kiergaard, experto en control de la corrupción: C=M+D-T (corrupción es igual a
monopolio más discrecionalidad menos transparencia).
Estamos muy acostumbrados a asimilar
la corrupción del Estado únicamente con los delitos económicos, emergentes de
la complicidad funcionarios públicos-empresarios privados. Pero la impunidad
exige un soporte que la sostenga, con implicados en donde las prebendas predominan
por sobre el dinero “físico”. Este soporte lo conforman organismos de control
estatales inocuos o directamente cómplices; marcos legislativos que por acción
u omisión sean laxos con el delito, o bien faciliten negociados; finalmente, un
poder judicial que antes que sancionar, demore, diluya, absuelva.
El “quórum” de la triste sesión
legislativa fue posible por el masivo aporte de la “izquierda”. La falta de
identidades partidarias coherentes hace que nos preguntemos qué es izquierda. Inicialmente
observamos que no se nuclea en una agrupación, sino en mini expresiones con
rótulos grandilocuentes, pero irrelevantes en representatividad (Unión Popular;
Libres del Sur, etc.). Tienen un solo objetivo: permitir que sus representantes
casi hereditarios encabecen listas que, en elecciones, se cuelguen de otras
agrupaciones competitivas, para seguir usufructuando el cargo de legisladores.
Tomemos dos ejemplos: Claudio
Lozano y Victoria Donda. Participan de cuanto programa periodístico o de
actualidad existe. Ambos, a grito pelado y con cara de enojados, justificaron su
presencia en la sesión en la defensa de los trabajadores de Hotel Bauen. Pero algunas
vez explicaron en sus múltiples apariciones públicas los antecedentes,
fundamentos y consecuencias del proyecto de expropiación? Lo manifestaron en
sus páginas web? Batallaron en el 2015
en pos de su tratamiento y aprobación?
Los actos de corrupción política siempre
están envueltos en objetivos virtuosos: defensa de intereses populares; cuidar
fuentes de trabajo; reconocer derechos, etc. Este recurso tiene en nuestro país
un ejemplo recurrente que no diferencia entre épocas o ideologías: la estatización
de deudas privadas. Pasó en el 82 y en el 2002; con las reestatizaciones de Aerolíneas
Argentinas y Repsol-YPF; con deudores privados de entidades financieras
estatales. Entre las leyes aprobadas por kilo, hay un “paquetito” sin abrir: la
creación de Yacimientos Carboníferos Fiscales, para operar Río Turbio. Ningún
diputado conoce el estudio de factibilidad. Pero la ciudadanía se hará cargo de
los negociados y quebrantos del grupo privado Taselli, concesionario de dicha
explotación hasta su cierre.
La sesión legislativa concluyó
con un pedido de la diputada Di Tullio, que sorprendió por haber sido su
práctica descartada desde hace 10 años: cantar la marcha peronista. Es oportuno
recordar lo expresado recientemente por José Pampuro, que por generación y conducta, puede exhibir
legitimidad como peronista: “La verdad es
que si se despierta el General, nos mata a todos”.
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