En su obra El Príncipe, escrita
en 1513 y dedicada al florentino Lorenzo de Médicis, aconsejaba Maquiavelo
respecto a la elección de los ministros: “Hay
tres clases de cerebros: el primero discierne por sí; el segundo entiende los
que otros disciernen, y el tercero no discierne ni entiende lo que otros
disciernen. El primero es excelente, el segundo bueno y el tercero inútil”.
En una democracia, esta sensata
descripción de capacidades para elegir colaboradores en principados, debiera
ser de aplicación para los ciudadanos que asumen la responsabilidad de elegir a
sus gobernantes. Por ello debemos reflexionar sobre lo manifestado por la
presidente Kirchner en un reciente acto en La Matanza, a días de abandonar el
Ejecutivo: “un país no es una empresa”. Su aparente obviedad hace suponer que
el mensaje encierra enigmas que intentaremos descifrar, para alcanzar al menos el
nivel de “entender lo que otros disciernen”, planteado por Maquiavelo.
País es una delimitación geográfica del concepto político Estado- Nación,
que define una forma de organización institucional, para regular la vida
comunitaria de sus habitantes. Empresa,
por su parte, es una organización dedicada a actividades que persiguen fines
económicos, dedicadas a satisfacer demandas existentes o a crearse, y tener
utilidades para subsistir. Con sus diferencias de origen, País y Empresa deben
interrelacionarse.
En el marco de un País, el Estado
debiera atender y regular el interés general. La Empresa por su parte, debiera concurrir
a dicho interés general desde su actividad particular. El fracaso del Estado a
nivel País, como el de las Empresas en escalas sectoriales, conducen al atraso,
pobreza y desocupación. Como los resultados en uno y otro caso dependen inicialmente
de los niveles de conducción, la afirmación presidencial pareciera estar
dirigida al perfil de los funcionarios públicos. Al efecto existen legislaciones
que los definen, emitidas bajo responsabilidad única del Estado. Actuar con
eficacia y resultados virtuosos, implica poseer funcionarios (Estado) y
gerentes (Estado y Empresas), con conocimientos específicos en su área de
responsabilidad, capacidad intelectual y de gestión, y honestidad.
Como es verdad que los afectados
por el fracaso del Estado son ciudadanos, y no ganancias empresarias o un limitado
número de trabajadores en caso de las Empresas, las exigencias de selección de funcionarios
públicos debieran ser más exigentes aún que la de las Empresas. Acá surge la
primera contradicción entre la grandilocuencia y la realidad. No pueden
reclamar por los perfiles de los funcionarios estatales, quienes desconocen
carreras administrativas y méritos específicos, y utilizan al Estado como cotos
laborales y de negocios para grupos familiares y de amigos, vicio conocido como
nepotismo. Todo ello, bajo la vergonzosa complicidad de los dirigentes
gremiales estatales, en el desprecio de las carreras administrativas de quienes
aducen defender.
La deshonestidad interna en una Empresa,
una vez detectada será castigada. Pero si se utiliza para obtener beneficios o prebendas
que maximicen sus beneficios a través de dádivas o sobornos a funcionarios
públicos, se la protege y premia. Por ello, la deshonestidad política es mucho más grave para un País que la
empresaria, porque consiste en trasladar fondos públicos a empresas privadas enriquecidas
injustificadamente, a costo del capital social.
Por lo tanto, el debate funcionario
público-privado es falaz y capcioso. Que sería más beneficioso para el País?.
Incorporar al gobierno argentinos con capacidad y antecedentes en exigentes
ámbitos gerenciales, dispuestos a afrontar el desafío de incursionar en el
Estado, o apelar a burócratas baratamente politizados sin capacidad de gestión,
conformados por esposos, hijos, cuñadas, nueras, choferes, jardineros y amigos,
para manejar organismos y empresas estatales vitales para el desarrollo y
crecimiento? Funcionarios además, que al momento de justificar sus crecimientos
patrimoniales ilícitos, dicen que tuvieron ganancias….con sus empresas.
Una País exige un serio control
de incompatibilidades, mala praxis o actos de corrupción en el manejo del
Estado. Esta tarea también es exclusivamente estatal. Está a cargo de organismos
de control, poder legislativo y poder judicial. Cabe preguntarse: se decidirán
a cumplir con sus obligaciones?
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