Los robos de información sensible
o hackeos informáticos, cada vez más frecuentes a nivel mundial, desnudan políticas
de instituciones u ocultamientos de fortunas de personajes reconocidos. En este contexto, el caso Panamá Papers refiere
a la creación de empresas “off shore” (fuera del país de origen), en los
llamados paraísos fiscales. De no ser lícito y declarado, el dinero a ocultar tiene
tres orígenes: evasión fiscal, lavado de dinero y corrupción. Dada la mecánica
del armado jurídico-financiero de estas empresas, sorprende la repercusión de
los Paraná Papers en nuestro país, donde es el propio Estado y su entramado
político, quien brinda inmensas facilidades para la cobertura de operaciones corruptas
estatales-privadas, superando holgadamente a los especialistas en el exterior. Hagamos
un “brief” (resumen) aclaratorio. El término en inglés es para entrar en clima.
1.- Facilidades crediticias.
Los créditos externos en nuestro
país no despiertan excesivo entusiasmo, porque derivan en una obligación desagradable,
llamada deuda externa. Al momento de tener que pagarla, los políticos descubren
que será a costa “del hambre de todos los argentinos”. En cambio la deuda
interna, aunque sea a costa de jubilados, entre otros, no es criticada y tiene beneficios
adicionales. No se tramita en el exterior, y llegado el momento de justificar negociados,
se puede apelar a la noble intención de “crear puestos de trabajo”. Fue líder
en esta política de créditos públicos irrecuperables, otorgados a grupos
empresarios y amigos del poder, el Banco Nacional de Desarrollo, liquidado en
1993, y Bancos oficiales (Nación y provinciales, en especial de Buenos Aires).
2.- Seguridad política para empresas
y amigos
En casos de crisis económicas
graves, en lugar de someterlos a la pretensión de cobro por parte “del
capitalismo internacional”, a los grandes inversores amigos se les estatiza
parcialmente sus deudas privadas. Sucedió con Domingo Cavallo (1982), y con la pesificación
asimétrica de Duhalde (2002). Las urgencias de caja del gobierno, se resuelven
con la incautación masiva de depósitos de pequeños y medianos ahorristas.
Recuérdese el plan Bonex (Menem), y el plan Boden (Duhalde-Kirchner). Los discursos
políticos altisonantes, o supuestos debates ideológicos disfrazados de neoliberalismo
o populismo, no debieran impresionar. Las garantías para estatizar deudas, al
igual que las dirigencias, se mantienen.
3.- Sostenimiento de
sociedades estatales-privadas con recursos públicos.
El Estado, con la necesaria
complicidad gremial, sostiene con sus recursos a empresas contratistas o concesionarias
de amigos, asociando funcionarios por vía directa o de testaferros. Los
retornos no se pagan solo con dinero en sobre cerrado. Se utilizan participaciones
accionarias (compra de acciones de YPF por el grupo Esquenasi, sin poner dinero);
operaciones cruzadas (alquiler de habitaciones vacías de hoteles por constructoras
de obra pública, como la de Lázaro Báez); compra de medios con pauta de
publicidad oficial (grupos Szpolski-Garfunkel o Cristóbal López); o arrebato
liso y llano de empresas (caso Ciccone). Del circuito de la “plata dulce”
estatal, participaron incluso organizaciones sociales y de derechos humanos, transformadas
en grandes empresas constructoras. Sin aportes del Estado, las organizaciones
se disuelven y las empresas privadas se declaran en convocatoria, dejando un tendal de trabajadores en la calle.
4.- Coberturas institucionales
y judiciales
Para este esquema de corrupción no
se necesitan empresas “off shore”, porque se cuenta con la protección de organismos públicos cuyo nombre de fachada es
“de control”. Manipulan legajos de sociedades; informes de operaciones
financieras sospechosas; auditorías de concesiones. La AFIP, por su parte, refinancia
deudas impositivas de grupos empresarios, no por imposibilidad de pago, sino
para que crezcan a costa de los impuestos. Finalmente, los naturales enriquecimientos
desmesurados e ilícitos de funcionarios y empresarios asociados, café de por
medio, se “legalizan” con los jueces de turno. Como jurisprudencia, se
recuerdan los sobreseimientos del matrimonio Kirchner en el 2009, por el juez
Oyarbide; el de Daniel Scioli en el 2015, por el juez Rearte, y el del camarista
Eduardo Freiler en el 2016, por el juez Luis Rodríguez. El proceso es prolijo:
los fiscales no apelan.
Cabe preguntarse entonces: con
estas facilidades, tiene sentido que funcionarios públicos y empresarios
asociados, viajen a Panamá, Islas Vírgenes, Seychelles, Nevada o Suiza, para
ocultar dinero de la corrupción estatal?
Buenos Aires, 20 de abril 2016
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