En plena epidemia poselectoral de “transparencia y lucha contra la
corrupción”, el contexto comunicacional oscila entre la información y la
desinformación. Son voceros del debate conocidos políticos, mientras los
sectores empresariales, gremiales y judiciales, partícipes necesarios en las
tramas de corrupción e impunidad, intentan permanecer en un segundo plano. Cambiar
el rumbo implica asumir ciertas hipótesis: 1) la corrupción no es imputable a
“todos los argentinos”, sino responsabilidad de los funcionarios que los
representan. 2) en la puja entre dirigentes y jueces deshonestos y honestos, estos
últimos en cuanto a resultados, fracasaron. 3) destruir la cohesión y persistencia
de la trama de impunidad, no podrá ser de exclusiva responsabilidad del
gobierno. Necesitará de un importante apoyo opositor traducido en leyes y acciones, y no solo de
opiniones. Los corruptos, no son distintos según sean oficialistas u
opositores.
Maquiavelo, en su obra El
Príncipe, expresaba respecto a la relación de los gobernantes con el pueblo: “Todos pueden ver, pero pocos tocar…Muy
pocos saben lo que realmente eres”. El ciudadano común solo puede “ver”,
por lo que la imagen es fundamental. Ello explica el impacto que provocó en la
opinión pública, el video mostrando el conteo de millones de dólares divididos
en fajos, por personas relacionadas con el contratista de obras públicas Lázaro
Báez. Pero no es suficiente. En esta dualidad imagen (información) – trasfondo
de intereses, las técnicas comunicacionales no difieren según se quiera informar,
enseñar, o bien distorsionar, ocultar, engañar. Nuestro desafío como ciudadanos
para formar opinión, será el de analizar, comparar, descubrir contradicciones, y
evitar que una vez más el barullo de la confusión permita que la trama de
impunidad continúe. Como ejemplo, analizaremos las opiniones de dos políticos situados
en las antípodas partidarias: Aníbal
Fernández y Elisa Carrió. Ambos cumplen con el requisito de capacidad
intelectual y vasta experiencia política.
Aníbal Fernández, al ver en el programa televisivo de Fantino el
video mostrando al hijo de Báez y otros contando fajos de dólares, expresó:
“Contar dinero no es delito”. Su comentario motivó críticas, pero Fernández,
que no habla en vano y es abogado, marcó una línea de acción para impugnar la
validez del video. Nada disparatada, considerando que este recurso para diluir
pruebas, fue reiteradamente utilizado por la justicia federal. En la causa
Skanska, los camaristas Freiler y Farah declararon nula una grabación en la que
un ejecutivo de la empresa extranjera confesó pago de coimas. En la compra de vagones
usados a España y Portugal, Oyarbide anuló como prueba los correos electrónicos
en los que el intermediario de Ricardo Jaime, Manuel Vázquez, negociaba el pago
de comisiones con sobrecostos. Recientemente, el juez federal Luis Rodríguez
anuló la causa de los allanamientos a cuevas financieras, ordenadas y luego
suspendidas por Oyarbide, aduciendo que las escuchas telefónicas que detectaron
las irregularidades, no cumplieron con los procedimientos judiciales. La causa
Lázaro Báez (lavado de dinero), se inició en el 2013 como resultado de una
documentada investigación periodística. Mucho más importante que el video, es conocer si el juez federal actuante Sebastián Casanello, realizó
las diligencias necesarias para obtener y certificar la validez de los datos
publicados. Se destacan entre otros, la constitución y razón social de
múltiples sociedades, movimientos bancarios en el exterior, flujo del dinero
entre cuentas, y el destino de 22 millones de dólares bloqueados en Suiza.
Elisa Carrió por su parte, en aras de la transparencia, le solicitó
a Macri que su amigo de la infancia, Nicolás Caputo, vendiera su empresa
constructora de origen familiar, con 75 años de existencia. Si la dra. Carrió
supone que obtener contratos públicos implica preferencias y pago de coimas,
ello pareciera ser evidente, con Caputo incluido. Pero en la corrupción estatal,
si bien el privado es partícipe necesario, el Estado es quien tiene la
capacidad de promoverla, al generar la necesidad, implementarla, facilitarla,
contratarla, pagarla y protegerla. Es el Estado quien debe transformar profundamente
sus estructuras, respecto a las responsabilidades del ejecutivo, legislativo, organismos
de control y sistema judicial. Ningún privado fue culpable que de la nada y sin
antecedentes en el rubro, un cajero del Banco Nación en Santa Cruz;
cooperativas de Milagro Sala en Jujuy y la Fundación de Hebe de Bonafini en el ámbito
nacional, se transformaran en poderosas constructoras con manejos corruptos de
fondos públicos multimillonarios, que jamás serán recuperados.
Este es el gran
desafío que deberán encarar el oficialismo y la oposición en el 2016.
Buenos Aires, 06 de abril 2016
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