El término corrupción, genéricamente
significa degradación, putrefacción. Llevado al ámbito de la corrupción
política nacional, hemos tomado como base de análisis los últimos veinte años,
por dos razones: 1) en dicho período actuaron gobiernos con políticas
supuestamente divergentes, que no superaron las crisis económico-sociales cíclicas;
2) sus principales actores, sean políticos, empresarios, gremialistas o
judiciales, mantienen vigencia en la actualidad. En este contexto, que incluye
la desaparición del justicialismo y el radicalismo como expresiones de
representación política unívocas, los supuestos debates ideológicos, sean utópicos
o encubridores, nos recuerdan la ironía de Groucho Marx: “Estos son mis
principios; si no les gusta, tengo otros”. O bien una ironía de Jorge Asís: “Con
el apoyo de la izquierda, se roba más fácil”.
Las experiencias vividas deberían
servirnos para que, en plena “epidemia de transparencia”, no caigamos en las repetidas
trampas escenográficas, consistentes en ofrecer algunos becerros en el altar de
los sacrificios, para que la trama de corrupción e impunidad continúe. “Cristina
presa” pareciera ser un recurso de distracción, que con éxito se aplicara con
Menem. En la corrupción estatal, las cúpulas ofrecen el espejo que la refleja. Pero
las pruebas están en las bases, y para confesar, los partícipes secundarios no
necesitan una ley del arrepentido. En nuestra reflexión del pasado 10 de
noviembre, previo a la segunda vuelta electoral, señalábamos respecto al
clientelismo del Estado: “Suelen quedar
fuera del debate dos tipos de clientelismos nefastos, que incrementan
notoriamente el nivel de pobreza: 1) el nepotismo para cubrir cargos públicos y
crear organismos; 2) la asociación prebendaría de funcionarios con grupos
empresarios, que deriva en corrupción”.
El valorable principio de “crear
o defender fuentes de trabajo”, sean estatales o privadas, fue bastardeado para
usar a los trabajadores como “pantallas o tapaderas” de la corrupción
estatal-privada. En los organismos del Estado, especialmente en los de control,
se licuó su operatividad saturando las cadenas de responsabilidad, y sometiendo
a los empleados honestos y trabajadores a la presión de “comisarios
encubridores”. En el caso de empresas privadas solventadas con recursos
públicos, el engaño fue más grave: los trabajadores se incorporaban según sus habilidades
específicas, no por sus militancias, y fueron estafados. En este esquema
nefasto, el gremialismo tuvo una enorme responsabilidad, de la que no puede
desentenderse. Cada gremio conoce acabadamente la situación de los organismos y
empresas que representan. Participaron junto con la clase política, en el sembrado
de ingresos sin concursos públicos basados en méritos, quitando a la ciudadanía
el derecho de igualdad de oportunidades. Participaron de la práctica de rancios
nepotismos (ingresos masivos de familiares) y amiguismos. Fueron partícipes
necesarios de una cadena estatal de complicidades, protecciones, impunidades,
pero también de miedo e indefensión, para que las tramitaciones burocráticas
espúreas cumplieran con un principio del liberalismo económico del siglo XIX:
“Dejar hacer; dejar pasar”.
Según datos oficiales incluidos
en los presupuestos anuales, el empleo público nacional (ejecutivo, legislativo
y judicial), contaba en el año 2003 con 241.000 agentes, alcanzando en el 2015 el
número de 389.835 agentes. De este total, el 42% es contratado, sin que los
gremios se quejaran, pese a que hoy lo llaman trabajo precarizado. Pero como los
números por sí no definen calidades, cabe preguntarse: el incremento de
empleados sirvió para el mejoramiento de los servicios de salud, educación,
seguridad, justicia, formulación de leyes, actuación de los organismos de
control? Se jerarquizaron las funciones de
médicos, enfermeras, educadores, policías entrenados y cuidados?. Por ejemplo, nadie
aclara si dentro de los 644 cesanteados en el Hospital Posadas, de Morón, hay
médicos, enfermeras diplomadas, o personal de mantenimiento (albañiles,
electricistas, pintores).
Ante esta matriz que explica las
asombrosas facilidades que brinda nuestro país
para promover y/o encubrir delitos económicos desde el Estado, sorprende
la repercusión del caso conocido como “Panama Papers”. Para aquéllos
empresarios y funcionarios desinformados, en la próxima reflexión hablaremos de
los beneficios de los “Argentine
Papers”.
Buenos Aires, 13 de abril 2016
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