Deben existir pocas frases más
desprestigiadas que la del título de la presente opinión. Sin embargo, simboliza
la práctica política más ejercitada en los últimos cincuenta años. Presuponer entonces
que el término “ajuste” representa a determinada ideología política es una
falsedad. Los hicieron militares, peronistas y radicales, muchas veces en forma
despiadada, invocando “acuerdos políticos patrióticos ante emergencias
terminales”. Acuerdos que eran suscriptos por los mismos sectores políticos,
gremiales y empresarios causantes de las crisis. Cómo explicar entonces esta
recurrencia histórica?
En principio, clarificando el
significado de “ajuste”, que no es unívoco, como plantean mediocres recitadores
de eslógans, o aviesos encubridores de intereses particulares y sectoriales. El engaño consiste en promover el término
“ajuste” como una lucha entre los que “más y menos tienen”, en lugar de pujas prebendarías
entre sectores, sean públicos o privados. “Ajuste” es sinónimo de arreglar,
convenir, adaptar, como también de estrechar; o amenazadoramente, “ajustar
cuentas”. Por ello, cuando sectores políticos y empresarios hablan de ajuste
como resultado de un déficit fiscal, debieran explicitar características y
sectores involucrados. O sea, deben terminar con el cinismo.
Los antecedentes de los ajustes
recientes, no son buenos para los más vulnerables y clases medias. Citemos solo
tres: 1) confiscación de ahorros de pequeños y medianos ahorristas con Menem
(plan Bonex en 1999), y con Duhalde (plan Boden en 2002); 2) devaluación superior
al 100%, con estatización parcial de deudas en dólares de grandes grupos
empresarios, en 2002; 3) subsidios a los servicios públicos únicamente para la
ciudad de Buenos Aires y conurbano, que igualaban a los sectores más débiles con
los de más alto poder adquisitivo, durante gran parte del kirchnerismo. El resultado
de los ajustes fue inevitable: alta corrupción, con empresarios y funcionarios enriquecidos,
y arcas públicas empobrecidas. Ante la superficialidad de los debates sobre el
ajuste destacaremos dos conceptos: 1) el
discurso público que plantea compungidamente que “con la inflación pierden los
que menos tienen”, omite señalar que además “ganan los que más tienen”. 2) El
economista Roberto Frenkel, especialista en el estudio de la inflación en
Argentina, en un reportaje en Clarín el 19 de junio de 2016 clarificó: “Los conflictos en la Argentina no son por
los pobres; son por los que más ganan”.
Con estos antecedentes, reclamar
un “Pacto de la Moncloa” argentino en abstracto, sin especificar actores,
objetivos y obligaciones, puede ser un desastre. Nuestra historia reciente está
plagada de pactos que nos empobrecieron. Con el agravante que gran parte de los
responsables, sean funcionarios, empresarios o gremialistas, mantienen plena
vigencia. No hay que remontarse mucho
tiempo atrás para recordar el último acuerdo multipartidario opositor, que como
pocos, exhibió el oportunismo y mediocridad política: la discusión legislativa
sobre el impuesto a las ganancias el pasado mes de diciembre. Con ese motivo, la opinión que publicara
el 21 de ese mes se tituló “La última cena política”, asimilando la recordada
foto multipartidaria exhibida en los medios gráficos, al reconocido fresco de
Leonardo Da Vinci en Milán. Expresaba un párrafo:
“El portavoz del acuerdo “en bien de los trabajadores” fue el diputado
Kiciloff, quien anunció con enjundia que el mínimo no imponible de 15 mil pesos
que él dejara un año antes como ministro de Economía, subiría a 45 mil pesos.
El costo fiscal fue avalado entre otros por Marcos Lavagna, desoyendo el
consejo de su padre Roberto, quien semanas antes había expresado su
preocupación por el aumento del déficit fiscal y el endeudamiento. Gioja,
presidente del PJ y fervoroso defensor de la megaminería, nada dijo de la
reinstalación de impuestos a la actividad minera. Los supuestos nuevos ingresos
que pagarían los que “más tienen”, no incluían al sistema judicial exento de ganancias,
sino solo a los jueces que se incorporen
a futuro, lo que es inconstitucional. El declamado impuesto al juego era 15
veces menor que el previsto en el proyecto del Poder Ejecutivo. El indefinido
concepto de “inmuebles improductivos” recaudaba solo 60 millones de pesos.
Paralelamente, el Senado tiene paralizada la ley de Extinción de Dominio
aprobada en Diputados…”. La ley que permite
decomisar a funcionarios y empresarios bienes provenientes de la corrupción,
aún continúa sin aprobarse.
A partir de este reciente debate,
en la próxima opinión imaginaremos alternativas de ajuste casi imposibles, por basarse
en principios de razonabilidad y justicia.
Buenos Aires, 19 de diciembre
2017
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