La presente campaña electoral,
cuya primera etapa se cumplió el pasado domingo con las PASO, brinda una
excelente oportunidad para iniciar el debate que defina un claro rol del
Estado, y las estrategias de ajustes “virtuosos” necesarios, en lugar de los
ajustes “viciosos” implementados históricamente. Los principales candidatos, en
su gran mayoría legisladores en ejercicio, serán responsables en el corto plazo
de acordar dichas reformas con su adecuado marco legal. Por ello, preocupa que los
mensajes electorales se basen en opiniones sobre temas trascendentes como
estructura estatal, gasto fiscal, política de endeudamiento, jubilaciones,
política salarial, metas de inflación, impuestos, coparticipación federal,
entre otros, en forma sesgada, incoherente, contradictoria, y demasiadas veces
intencionadamente falaz.
Pero como la ciudadanía demuestra
que cada vez menos se ata a conceptos “disciplinadores de masa”, tales como peronista,
radical, derecha, izquierda, liberal, populista, es oportuno ir visualizando
viejas prácticas y mensajes políticos, para presionar que los eslógans vacíos de
contenido se sustituyan por una acción conjunta verdaderamente superadora. Nación
es un concepto que define la interrelación entre territorio, habitantes y
gobierno, mientras que Estado representa la estructura institucional y operativa
de un gobierno. Por lo tanto, el debate deberá iniciarse por el rol del Estado,
evitando la opción falaz del tamaño, que obtura toda posibilidad de análisis posterior:
Estado grande o Estado chico. Tras lo cual, los beneficiarios de un estado
ineficaz y gravoso para el pueblo argumentan que un Estado grande protege a los
desposeídos, y un Estado chico favorece el abuso de “los que más tienen”. En
esta dicotomía capciosa, se omite analizar lo más importante: el factor humano
relacionado con el poder, y el contexto político.
Recordemos una frase categórica y
precisa con la que el rey de Francia Luis XIV definió a su gobierno: “El Estado
soy yo”. Representante máximo del absolutismo monárquico del siglo XVII, el rey
transparentó lo que subyace en quienes entienden al poder público como atributo
personal y de grupos cercanos. Son los objetivos de poder los que definen el tipo
de Estado y sistemas de conducción, estructurando instituciones y promulgando leyes.
Las monarquías absolutas se caracterizaban por la exclusividad, herencia,
nepotismo y permanencia ilimitada. La Primera Guerra mundial acabó con
tradicionales monarquías europeas. La Segunda Guerra con fascismos de derechas
e izquierdas. Hoy, por ejemplo, se discute si Venezuela es o no una democracia.
En nuestro país, estos esquemas concentrados reciben un nombre más vernáculo:
caudillismos. Lo más claros son los de Formosa, San Luis, Santiago del Estero y
Santa Cruz, en los que con votos mediante, grupos familiares ocupan cargos ejecutivos,
legislativos, judiciales y de organismos de control. O sea, los caudillos “se
autocontrolan”. Más allá de ropajes y costumbres de época, son escenas no muy
alejadas de Luis XIV. En sistemas democráticos imperfectos, estas continuidades
se logran con leyes acordes, en especial electorales.
Debe quedar en claro que lograr el
invocado y nunca cumplido acuerdo político “virtuoso”, adolece de una primera
dificultad: si se quiere lograr un Estado más eficaz, con leyes justas que
regulan derechos y obligaciones de la sociedad, sea del sector público o
privado, los primeros que deberán “ajustarse” son quienes tienen la potestad de
“ajustar” a otros. Eso jamás se logró. Por ello las crisis económico sociales son
recurrentes. En la gran crisis 2001-2002,
por ejemplo, con el “acuerdo político patriótico” de entonces, los costos los
absorbieron las clases medias y las más vulnerables, en beneficio de grandes
grupos económicos y aparatos estatales ineficaces. Ello explica en gran medida la
enorme corrupción estatal-privada posterior, que se desató apenas se estabilizó
la economía, con la pérdida de cuantiosos recursos públicos con la complicidad
política, de organismos de control y poder judicial.
Aconsejaba Maquiavelo al
príncipe: “Los males que nacen del
Estado, cuando se los descubre a tiempo (lo que solo es dado al hombre sagaz),
se los cura pronto. Pero ya no tienen remedio cuando, por no haberlos
advertido, se los deja crecer hasta el punto que todo el mundo los ve”.
Buenos Aires, 16 de agosto 2016
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