miércoles, 16 de agosto de 2017

EL ESTADO SOY YO

La presente campaña electoral, cuya primera etapa se cumplió el pasado domingo con las PASO, brinda una excelente oportunidad para iniciar el debate que defina un claro rol del Estado, y las estrategias de ajustes “virtuosos” necesarios, en lugar de los ajustes “viciosos” implementados históricamente. Los principales candidatos, en su gran mayoría legisladores en ejercicio, serán responsables en el corto plazo de acordar dichas reformas con su adecuado marco legal. Por ello, preocupa que los mensajes electorales se basen en opiniones sobre temas trascendentes como estructura estatal, gasto fiscal, política de endeudamiento, jubilaciones, política salarial, metas de inflación, impuestos, coparticipación federal, entre otros, en forma sesgada, incoherente, contradictoria, y demasiadas veces intencionadamente falaz.

Pero como la ciudadanía demuestra que cada vez menos se ata a conceptos “disciplinadores de masa”, tales como peronista, radical, derecha, izquierda, liberal, populista, es oportuno ir visualizando viejas prácticas y mensajes políticos, para presionar que los eslógans vacíos de contenido se sustituyan por una acción conjunta verdaderamente superadora. Nación es un concepto que define la interrelación entre territorio, habitantes y gobierno, mientras que Estado representa la estructura institucional y operativa de un gobierno. Por lo tanto, el debate deberá iniciarse por el rol del Estado, evitando la opción falaz del tamaño, que obtura toda posibilidad de análisis posterior: Estado grande o Estado chico. Tras lo cual, los beneficiarios de un estado ineficaz y gravoso para el pueblo argumentan que un Estado grande protege a los desposeídos, y un Estado chico favorece el abuso de “los que más tienen”. En esta dicotomía capciosa, se omite analizar lo más importante: el factor humano relacionado con el poder, y el contexto político.

Recordemos una frase categórica y precisa con la que el rey de Francia Luis XIV definió a su gobierno: “El Estado soy yo”. Representante máximo del absolutismo monárquico del siglo XVII, el rey transparentó lo que subyace en quienes entienden al poder público como atributo personal y de grupos cercanos. Son los objetivos de poder los que definen el tipo de Estado y sistemas de conducción, estructurando instituciones y promulgando leyes. Las monarquías absolutas se caracterizaban por la exclusividad, herencia, nepotismo y permanencia ilimitada. La Primera Guerra mundial acabó con tradicionales monarquías europeas. La Segunda Guerra con fascismos de derechas e izquierdas. Hoy, por ejemplo, se discute si Venezuela es o no una democracia. En nuestro país, estos esquemas concentrados reciben un nombre más vernáculo: caudillismos. Lo más claros son los de Formosa, San Luis, Santiago del Estero y Santa Cruz, en los que con votos mediante, grupos familiares ocupan cargos ejecutivos, legislativos, judiciales y de organismos de control. O sea, los caudillos “se autocontrolan”. Más allá de ropajes y costumbres de época, son escenas no muy alejadas de Luis XIV. En sistemas democráticos imperfectos, estas continuidades se logran con leyes acordes, en especial electorales.

Debe quedar en claro que lograr el invocado y nunca cumplido acuerdo político “virtuoso”, adolece de una primera dificultad: si se quiere lograr un Estado más eficaz, con leyes justas que regulan derechos y obligaciones de la sociedad, sea del sector público o privado, los primeros que deberán “ajustarse” son quienes tienen la potestad de “ajustar” a otros. Eso jamás se logró. Por ello las crisis económico sociales son recurrentes.  En la gran crisis 2001-2002, por ejemplo, con el “acuerdo político patriótico” de entonces, los costos los absorbieron las clases medias y las más vulnerables, en beneficio de grandes grupos económicos y aparatos estatales ineficaces. Ello explica en gran medida la enorme corrupción estatal-privada posterior, que se desató apenas se estabilizó la economía, con la pérdida de cuantiosos recursos públicos con la complicidad política, de organismos de control y poder judicial.

Aconsejaba Maquiavelo al príncipe: “Los males que nacen del Estado, cuando se los descubre a tiempo (lo que solo es dado al hombre sagaz), se los cura pronto. Pero ya no tienen remedio cuando, por no haberlos advertido, se los deja crecer hasta el punto que todo el mundo los ve”.

Buenos Aires, 16 de agosto 2016


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