El debate sobre el régimen de
movilidad de haberes previsionales, reitera discursos políticos que exhiben
cinismos, falsedades, ocultamientos y mayoritariamente desconocimiento. Entre los
responsables de clarificarlo se destacan quienes por sus funciones deben legislar,
representar e informar en carácter de especialistas. Entre otros, Graciela
Caamaño, con 20 años de legisladora; Eugenio Semino, Defensor de la Tercera
Edad, Mirta Tundis, especializada en temas jubilatorios y hoy legisladora, y
funcionarios de gobierno, que deberían explicitar la propuesta con ejemplos
numéricos entendibles para el ciudadano común. A ellos, entre otros, se les
reconoce la capacidad y obligación de saber analizar y comunicar. Sin embargo,
en las instancias discursivas todos se sumergen en mensajes enlatados que igualan
a capaces con mediocres, reclamando con estudiada indignación, en favor de los “pobres
viejitos jubilados”. Pero nada dicen del meollo de la cuestión: miles de
“afortunados viejitos” privilegiados; uso
político en el acceso a los beneficios jubilatorios, y utilización del
organismo previsional como agente financiero del Estado a tasas ruines.
Surge entonces una paradoja
esclarecedora: los propios sectores políticos dolidos por los “viejitos”, legislaron
inequidades, prebendas y privilegios que luego llaman “derechos adquiridos”, que
son las causas de las recurrentes crisis previsionales desde hace cincuenta
años. Es fácil proclamar la defensa de los “pobres viejitos” que ganan la
mínima de $ 7.246, sin impedir que “afortunados viejitos” cobren más de $
300.000. Que quienes aportaron más de treinta años o se jubilaron con 65 años,
“compartan” con quienes aportaron veinte años o menos, o se jubilaron con 55
años. Que el Estado y privados con beneplácito sindical, continúen realizando
pagos sin aportes. Y así sucesivamente.
En lugar de ser atrapados por caóticos
debates y porcentajes tipo “gana-pierde”,
vale una breve reseña histórica. Más allá de tibios antecedentes a comienzo del
siglo XX, el presidente Perón impulsó el sistema jubilatorio a nivel nacional,
con la creación de innumerables Cajas de Jubilaciones. Inicialmente funcionaban
independientemente y con superávit elevado, al tener muchos aportantes y pocos
jubilados. En 1967 comenzaron a unificarse parcialmente, hasta que con la
creación de la Anses en 1991, se unificaron definitivamente. En 1993 el
gobierno de Menem implementó un sistema jubilatorio mixto, integrado por uno
estatal de reparto, y otro privado de capitalización individual. El concepto
privado no excluía la participación pública, al punto que las bancas públicas
Nación y Provincia de Buenos Aires, e incluso gremios, crearon sus propias
aseguradoras de retiro.
El gobierno de Kirchner abrió una consulta con
la razonable intención de permitir la posibilidad el traspaso entre los sistemas
público y privado. La mayoría de los afiliados permaneció en este último, no
por sus bondades, sino por la desconfianza que generaban los antecedentes del sistema jubilatorio estatal. Pese a la
compulsa, tiempo más tarde, la misma generación de legisladores que
privatizaron parcialmente el sistema en 1993, lo reestatizó en el 2008 debido a
urgentes necesidades financieras del Tesoro. Se eliminaron las cuentas
individuales, se transfirieron los ahorros acumulados a una cuenta única del
Gobierno nacional, y se creó el Fondo de Garantía para preservar el valor de
los aportes y efectuar pagos a los beneficiarios del sistema previsional. En paralelo,
legisladores, funcionarios y sindicalistas continuaban habilitando nuevos regímenes
de privilegio, fórmulas de cálculo circunstanciales, y acumulando juicios por
liquidaciones no ajustadas a derecho.
Un sistema de reparto depende de
muchas variables implementadas por ley, cada una de las cuáles impacta en el
corto y largo plazo. Tal fluctuación insostenible en un régimen que atraviesa
generaciones, se ejemplifica hoy. Lo que hasta hace pocos años parecía
inalcanzable, como actualizar las jubilaciones por inflación, hoy pareciera un
perjuicio inadmisible. Pasado este debate puntual, los expertos en el tema, sin
especulaciones políticas, debieran clarificar e impulsar propuestas que hagan
realidad los términos sustentable, solidario y de reparto. En lo inmediato y
como mero ejercicio de prolijidad, algún legislador debería proponer que dichos
términos no podrán ser usados, mientras sea legal que un empleado público cobre
más de $ 300.000 de jubilación, y públicos y privados $ 7.246.
Cabe plantear una inquietud final
de ciudadano común; no será momento de interrelacionar de algún modo los beneficios
de la Anses, el Pami y las cajas sindicales de obras sociales?
Buenos Aires, 13 de diciembre
2017
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