La etimología de la palabra
economía proviene del griego, y carece de misterios: significa “dirección o
administración de una casa”. Con el correr de los siglos se transformó en una
ciencia compleja con diversos condicionantes internos y externos. Sin embargo al
momento de debatir sobre la organización de nuestra principal “casa”, el
Estado, en el campo de lo mediático tal complejidad pareciera diluirse, cuando reconocidos
economistas en condición de funcionarios, consultores, analistas o académicos,
nos hacen saber que tienen claras las políticas a seguir. Pese a lo cual, los diagnósticos
se repiten desde hace seis décadas: desequilibrio de la balanza comercial;
déficit fiscal; relación peso/dólar, endeudamiento interno/externo y subsidios.
El agobio al que se somete al ciudadano común con conceptos teóricos complejos
y estadísticas parciales y contradictorias, concluye con políticos y
comunicadores diciendo con voz tonante: “lo que importa es el bolsillo de la
gente”.
Ante la reiteración de fracasos,
sorprende la vigencia de muchos economistas, a los que se suman nuevas
generaciones que mantienen los mismos discursos oportunistas y oscurantistas
basados en conceptos globales y abstractos como “el mercado”, y en diagnósticos
en lugar de propuestas. Por ello es momento para que sean los ciudadanos
comunes quienes planteen interrogantes que se aparten de la matriz discursiva
clásica, y sean respondidos a través de una formulación de un proyecto económico nacional virtuoso acorde a la
coyuntura y consistente en el tiempo, que revierta el creciente subdesarrollo
de décadas pasadas. Podría realizarse a través de una prueba escrita, que para
que no suene escolar, llamaríamos posgrado evaluatorio de claridad en la
formulación de un proyecto económico integral. En esta etapa, las propuestas serán
exceptuadas de limitantes políticas, empresariales y gremiales tendientes a
proteger prebendas e inequidades, para que los participantes se ciñan a sus
condiciones profesionales específicas.
Como un proyecto nacional no es responsabilidad
exclusiva de los Poderes Ejecutivos de turno o de mayorías circunstanciales, sino
también exige la participación de los poderes legislativos (debates, acuerdos
políticos y legalidad), y judicial para
asegurar una constitucionalidad que evite trabas sectoriales a través de
amparos, las propuestas obtenidas serán trasladas a las instancias políticas,
empresariales y gremiales correspondientes, para su análisis y configuración
final. Los economistas estarán a disposición para las consultas que surjan. Es
verdad que esta convergencia racional y democrática jamás existió salvo en
crisis terminales, solo para hacer recaer sus costos exclusivamente sobre el
anónimo “pueblo”, como sucediera en el 2001-2002. Los responsables de entonces permanecen
en altos niveles de decisión, o fueron reemplazados familiarmente a través de nepotismos
casi monárquicos. Pero no se debe renunciar a la esperanza que los que nos
gobernaron desde hace más de tres décadas y nunca afrontaron los costos de las
crisis que provocaron, se arrepientan y cambien. Oscar Varsavsky, destacado especialista
en la elaboración de modelos matemáticos aplicados a las ciencias sociales, en
su libro “Proyectos nacionales” publicado en 1972, expresaba: “La inmensa mayoría de los estudios
socioeconómicos no están orientados hacia la construcción de un futuro elegido,
sino al análisis y crítica de la sociedad actual y sus antecedentes históricos”.
En la próxima newsletter daremos
a conocer el Pliego de Pautas Generales para el examen, con algunos conceptos
referenciales y antecedentes económicos puntuales, elegidos arbitrariamente. Se
ajuntará un listado no excluyente de economistas invitados a participar. Para evitar
superficialidades en las propuestas, vale recordar un anónimo que Paul
Samuelson citó en su Curso de Economía Moderna: “Incluso de un papagayo se puede hacer un buen economista con solo
enseñarle dos palabras: oferta y demanda”
Buenos Aires, 10 de mayo 2018
No hay comentarios:
Publicar un comentario