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miércoles, 6 de mayo de 2015

CUANDO EL DIÁLOGO NO ES VIRTUOSO

En su acepción más simple, diálogo es una forma de comunicación entre dos o más personas. Si al concepto de diálogo le agregamos la particularidad de “político”, sus formas (amable; colérico) y resultados (fructífero; inútil; perjudicial), adquieren trascendencia social. Los diálogos políticos pueden estar direccionados a lograr consensos en legislaciones y/o acciones que mejoren la calidad de vida e institucional de la mayoría de los ciudadanos, o por el contrario, a conseguir prebendas y beneficios particulares y/o sectarios para pocos. Pueden pretender la transparencia de los actos de gobierno o su ocultamiento.

Ante tal diversidad, es un reduccionismo engañoso plantear como objetivo de un próximo gobierno “la necesidad de lograr más diálogo”. Es evidente que el mantenimiento de una misma clase política en el manejo del Estado durante más de 25 años, circunstancialmente como oficialista u opositor, acompañada por los mismos dirigentes empresarios y gremiales, necesitó de un permanente y sostenido diálogo, pero no precisamente virtuoso. La destrucción de los partidos políticos de extensión nacional como mediadores permanentes entre la política y el ciudadano, originó que el contacto formativo y personal entre los ciudadanos y sus representantes, fuera sustituído por multimillonarias campañas publicitarias y de imagen, habitualmente falsas y autolaudatorias. Como natural consecuencia, el diálogo político con objetivos claros y definidos de interés general, se convirtió en una suma de limitadas transacciones entre figuras políticas ajadas y repetidas, carentes de representatividad y estructuras para aportar ideas, propuestas y equipos, salvo las de su propio interés.

Identificarse hoy como peronista, radical, socialista o conservador, es aún válido para ciudadanos alejados del poder que compartan una mesa de café, e incluso que algunos de ellos no se hablen por unos días después de una elección. Pero es un cinismo echar mano a viejas tradiciones que fueron intencionadamente licuadas por permanentes reacomodamientos personales falsamente ideológicos. En lo inmediato asistimos y asistiremos hasta el cierre definitivo de listas de candidatos el próximo 20 de junio, al espectáculo de un diálogo a tiempo completo, en donde hasta último momento y según cargo ofrecido, muchos políticos  con varios saltos partidarios en sus espaldas, pasen de ser enemigos a ser amigos, para terminar integrando cualquiera de los tres principales frentes electorales. En democracia, cuando los diálogos no cuentan con respaldo institucional partidario y legitimidad de representación, se transforman en patéticas mini negociaciones en las que priman la especulación y conveniencia personal.

Una vez producido el cierre de listas, las electoralmente competitivas albergarán a representantes de “la década del 90” que ya no lo son; estatistas que fueron privatistas; fascistas que son de izquierda; multimillonarios a través del Estado que son progresistas, y las ya tradicionales “pata radical” y “pata peronista” según corresponda a cada agrupación, representada por comodines que ya no recuerdan en que partido se desempeñaban tan solo diez años atrás. Esto explica que los políticos, a manera de autoincriminación, hablen permanentemente del pasado, y jamás del futuro.

Esta cruda descripción de la realidad política tiende a que, independientemente de nuestras preferencias seamos exigentes con los candidatos, para que no eludan su responsabilidad democrática de explicitar propuestas, e identificar las que serán implementadas durante los primeros 120 días de gobierno. Y, como expectativa de máxima, lo que sería inédito a partir de la asunción de Menem en 1989, que se cumplan. De este modo nos permitirían avizorar un futuro.


miércoles, 1 de octubre de 2014

ALTERNATIVAS DE PERSONAS Y NO DE POLÍTICAS

Señalábamos en la última reflexión que intentaríamos identificar los principios y programas que sustentan las tres opciones con caudal electoral necesario para ser consideradas opción de gobierno a partir de diciembre de 2015. Para ello partiremos de sus raíces históricas, que si bien puede parecer arbitrario, al menos nos evita partir de la atomización partidaria y la anomia. Son tres opciones que denominaremos:

1) Vertiente justicialista, se presente como oficialismo u oposición.
2)  Vertiente radical-socialista, circunstancialmente conocida como UNEN.
3) Vertiente partido nuevo conocido como PRO, con base en el Gobierno de la Ciudad.

La crisis política argentina aflora desde el inicio del intento de análisis: es mucho más inmediato establecer similitudes entre ellos que diferencias programáticas. Ello echa por tierra el engañoso reclamo preelectoral de “falta diálogo”, sino por el contrario, revela la existencia en las últimas décadas  de un permanente diálogo entre las mismas clases dirigentes, solo que basados en principios de permanencia e intereses personales, y no en reclamos sociales mayoritarios. Por otra parte, a falta de partidos tradicionales y consistentes que cohesionen opiniones y políticas, cabe preguntarse: diálogo con quienes?   Con los ex radicales Zamora, Posse y Moreau? Con los peronistas De Narváez, Mendiguren, Moyano y Menem? Con los mimados por Hebe de Bonafini, llámense Boudou, Schocklender y Milani? Con los mini partidos porteños de Solanas y Patricia Bullrich? Con la insoportable autosuficiencia de Elisa Carrió, creadora pertinaz de partidos? Con el actual funcionario y ex vicepresidente de la Alianza Carlos Alvarez?  Con los incombustibles De la Sota y Rodríguez Saa? Con la centro derecha, centro o centro izquierda? Con peronistas línea  menemista, kirchnerista o renovadora? Con radicales puros o radicales ex K?

Todos los citados conforman una mínima expresión de quienes han dialogado en forma sostenida durante las dos últimas décadas, siempre bajo el paraguas protector de los abundantes recursos del Estado. Cierto es que pueden existir algunas peleítas mediáticas, pero nada personal. Solo al efecto de mantener espacios de poder. Cumplido este requisito, el juego de alianzas puede ser insólito e infinito.  Citemos entonces similitudes entre quienes pretenden ser diferentes.

1.- Vulneración permanente de las leyes vigentes. El ejemplo más reciente es el desaforado inicio de la campaña electoral 2015, anticipando en 10 meses lo indicado en el artículo 31 del Capítulo IV de la ley electoral 26.571, que indica que la campaña electoral deberá iniciarse 30 días antes de las elecciones primarias, previstas para el domingo 09 de agosto de 2015.

2.- Mantenimiento de una anacrónica legislación de elección de candidatos, como las llamadas listas sábana y la no implementación del voto electrónico, entre otras medidas.

3.- Protección creciente de los funcionarios políticos para restringir al máximo el cumplimiento y conocimiento público de la declaración de bienes durante el desempeño de la función pública.

4.- Eludir la presentación de un proyecto de ley que establezca que todo funcionario procesado, de rango político, automáticamente deberá dejar su cargo, pues si bien le cabe presunción de inocencia, su condición procesal no lo habilita para manejar decisiones o recursos públicos. El caso más explícito es el del senador Carlos Menen, al que ninguna agrupación política pidió su desafuero. En Argentina, un condenado puede legislar.

5.- Cesión permanente al Gobierno nacional por parte de gobernadores y sus legisladores, de atribuciones que le son propias o corresponden al Poder Legislativo,  siendo los responsables, y no el Ejecutivo nacional que lo promueve, que el federalismo en nuestro país sea una entelequia.

6.- Negar el acceso de la población a los cargos públicos a través de concursos que reconozcan méritos y necesidades en pie de igualdad, manipulando los ingresos y obligando a que los ciudadanos paguen con sus impuestos bases militantes rentadas, transformando a las instituciones del Estado en costosas, ineficientes, y por lo tanto innecesarias.

A partir de esta realidad, intentaremos en la próxima reflexión un tibio y apresurado análisis de las opciones electorales para el 2015, al menos desde lo cuantitativo.