En su acepción más simple,
diálogo es una forma de comunicación entre dos o más personas. Si al concepto
de diálogo le agregamos la particularidad de “político”, sus formas (amable;
colérico) y resultados (fructífero; inútil; perjudicial), adquieren
trascendencia social. Los diálogos políticos pueden estar direccionados a
lograr consensos en legislaciones y/o acciones que mejoren la calidad de vida e
institucional de la mayoría de los ciudadanos, o por el contrario, a conseguir
prebendas y beneficios particulares y/o sectarios para pocos. Pueden pretender
la transparencia de los actos de gobierno o su ocultamiento.
Ante tal diversidad, es un
reduccionismo engañoso plantear como objetivo de un próximo gobierno “la
necesidad de lograr más diálogo”. Es evidente que el mantenimiento de una misma
clase política en el manejo del Estado durante más de 25 años, circunstancialmente
como oficialista u opositor, acompañada por los mismos dirigentes empresarios y
gremiales, necesitó de un permanente y sostenido diálogo, pero no precisamente
virtuoso. La destrucción de los partidos políticos de extensión nacional como
mediadores permanentes entre la política y el ciudadano, originó que el
contacto formativo y personal entre los ciudadanos y sus representantes, fuera
sustituído por multimillonarias campañas publicitarias y de imagen,
habitualmente falsas y autolaudatorias. Como natural consecuencia, el diálogo político
con objetivos claros y definidos de interés general, se convirtió en una suma
de limitadas transacciones entre figuras políticas ajadas y repetidas, carentes
de representatividad y estructuras para aportar ideas, propuestas y equipos,
salvo las de su propio interés.
Identificarse hoy como peronista,
radical, socialista o conservador, es aún válido para ciudadanos alejados del
poder que compartan una mesa de café, e incluso que algunos de ellos no se
hablen por unos días después de una elección. Pero es un cinismo echar mano a
viejas tradiciones que fueron intencionadamente licuadas por permanentes
reacomodamientos personales falsamente ideológicos. En lo inmediato asistimos y
asistiremos hasta el cierre definitivo de listas de candidatos el próximo 20 de
junio, al espectáculo de un diálogo a tiempo completo, en donde hasta último
momento y según cargo ofrecido, muchos políticos con varios saltos partidarios en sus espaldas,
pasen de ser enemigos a ser amigos, para terminar integrando cualquiera de los
tres principales frentes electorales. En democracia, cuando los diálogos no
cuentan con respaldo institucional partidario y legitimidad de representación,
se transforman en patéticas mini negociaciones en las que priman la
especulación y conveniencia personal.
Una vez producido el cierre de
listas, las electoralmente competitivas albergarán a representantes de “la
década del 90” que ya no lo son; estatistas que fueron privatistas; fascistas
que son de izquierda; multimillonarios a través del Estado que son progresistas,
y las ya tradicionales “pata radical” y “pata peronista” según corresponda a
cada agrupación, representada por comodines que ya no recuerdan en que partido
se desempeñaban tan solo diez años atrás. Esto explica que los políticos, a
manera de autoincriminación, hablen permanentemente del pasado, y jamás del
futuro.
Esta cruda descripción de la
realidad política tiende a que, independientemente de nuestras preferencias
seamos exigentes con los candidatos, para que no eludan su responsabilidad
democrática de explicitar propuestas, e identificar las que serán implementadas
durante los primeros 120 días de gobierno. Y, como expectativa de máxima, lo
que sería inédito a partir de la asunción de Menem en 1989, que se cumplan. De este
modo nos permitirían avizorar un futuro.
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