En esta semana coexistieron dos eventos
con repercusión en los medios de comunicación. Uno perteneciente al mundo del
espectáculo asociado al marketing político, y el otro con raíces en la calidad
institucional del país. El lunes comenzó la temporada de “ShowMatch”, que produce y conduce Marcelo Tinelli. Contó con la presencia de los
tres candidatos con posibilidades de acceder a la presidencia en diciembre
próximo, acompañados de sus respectivas esposas. Simultáneamente es noticia el despiadado
acoso que sufre el juez de la Corte Suprema Carlos Fayt por parte del Gobierno,
invocando su avanzada edad. Acoso cuyo objetivo sería obtener su renuncia por
cansancio moral, o bien negociar su permanencia en base al ingreso de un nuevo
integrante en el Superior Tribunal, propuesto por el Ejecutivo.
Eventos aparentemente disímiles, no
lo son si los insertamos en su contexto político y temporal. En el caso Fayt, no
es la primera vez que un gobierno desata un ataque frontal contra integrantes
de una Corte Suprema, habitualmente con éxito, con el fin de reemplazarlos por
jueces afines. Lo que resulta inédito es que la embestida se realice a tan solo
ocho meses del cambio de gobierno y en forma unilateral, en lugar de promoverlo
sobre la base de un consenso político. Ello denota que no se busca una mejora
institucional futura, sino lograr la impunidad del pasado. Cómo se manifiestan
los precandidatos Macri, Scioli y Massa mientras esto sucede? Para mostrarnos
que “son como nosotros”, junto a Tinelli sonríen forzadamente ante las humoradas
de sus dobles; confiesan secretos de la vida conyugal, y concluyen ensayando
unos pasos de baile.
Lo que interrelaciona ambos
eventos es la política, en una instancia preelectoral no habitual, pues
desembocará en el reemplazo de una conducción de gobierno ininterrumpida durante
los últimos doce años. Que además exhibe ciertas similitudes preocupantes en lo
político y económico, con lo sucedido 16 años atrás. En ese entonces Menem
fracasó en su intento de obtener una nueva reelección tras 10 años de gobierno,
y dejó a su sucesor una matriz económica difícil de modificar sin causar
profundas conmociones sociales. Al punto que en la campaña de ese entonces,
tanto Duhalde como De la Rúa prometían mantener la convertibilidad, pues cualquier
propuesta en contrario hubiera sido electoralmente suicida. Ambos estaban fuertemente
condicionados.
Podemos aceptar que la situación
económica actual sea menos grave que en 1999, pero no la política. Ello como
resultado de la desaparición del Justicialismo y el Radicalismo como partidos
de extensión nacional, sustituidos por frentes electorales laxos y confusos. No
es casual entonces el alocado juego de pases entre agrupaciones políticas de los
mismos políticos de siempre, cuyos objetivos son ajenos a cualquier ideología:
continuar usufructuando cargos electivos, sean ejecutivos o legislativos. Todo
ello al cobijo de una legislación electoral escandalosa tanto en sus requisitos,
como en la falta de control por parte de las autoridades de aplicación.
El espectáculo de Tinelli deja
enseñanzas provechosas. Sus éxitos no se basan solo en creatividad y aceitados
conocimiento de las preferencias de los consumidores (poder de la imagen), sino
en una fuerte estructura empresaria como respaldo. Tinelli reúne al Grupo
Clarín (Canal 13), y al conglomerado de Cristóbal López (Ideas del Sur) en el
emprendimiento, lo que visibiliza, más allá de los discursos de barricada, el desbalance
entre la cohesión de lo privado en sus objetivos, ante la inconsistencia de lo
público. Quizás el espectáculo de Tinelli exhiba que no son los políticos quienes
establecen reglas de juego, sino por el contrario, son estos quienes se someten
a las establecidas por quienes manejan los negocios. Es verdad que hasta ahora los
candidatos carecen de alternativas identificatorias, pues no existen proyectos
de gobierno diferenciadores en juego. Mientras ello suceda, seguirán
predominando las sonrisas de Juliana, Karina y Malena.
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