miércoles, 27 de mayo de 2015

EL GAS PICANTE DE LA POLÍTICA

El bochorno sucedido en el estadio de Boca Juniors durante el partido de fútbol entre el equipo local y River Plate por la Copa Libertadores de América, muestra una vez más que el negocio del fútbol replica con total exactitud el mundo de la política, tanto en sus actores como en el contexto. La repercusión del hecho en los medios de comunicación, desnudó intencionalidad política, oportunismo o superficialidad discursiva, y manifiesta complicidad por parte de dirigentes y funcionarios responsables, dispuestos a que la matriz delictiva en el fútbol no se modifique. Matriz no muy distinta al caso Nisman, o a los innumerables ejemplos de corrupción estatal-privada aparentemente más complejas (Skanska, Ciccone, Sueños Compartidos, Hotesur, entre otros), que quedarán irremediablemente impunes.

En las comisiones directivas de los clubes coexisten políticos con cargos ejecutivos o legislativos de distintas identidades partidarias, integrantes de fuerzas de seguridad en actividad o retirados, gremialistas, empresarios, jueces, fiscales, y finalmente, los esforzados muchachos que son cara visible de la corrupción, llamados barras bravas. Designación ésta despectiva y discriminatoria, porque no se aplica a los altos niveles político-dirigenciales que los apañan y participan del negocio. Este contexto nos permite visualizar con escaso margen de error, las escasas posibilidades de cambio a producirse a partir de la asunción de las nuevas autoridades el 10 de diciembre próximo.

Señalamos que la metodología de implementación y protección de los negociados en el fútbol es exactamente la misma que la de los delitos económicos contra el Estado. Todo comienza con la información. Periodistas con serios trabajos profesionales muestran hasta el hartazgo a reconocidos barras, sus profusos antecedentes delictivos y causas judiciales, conexiones políticas y modus operandi. Conocida la realidad, comienza el encubrimiento. A la propaganda se la desvirtúa con la contra propaganda, enmascarando los problemas de fondo con la rimbombancia de lo anecdótico. Los sectores políticos nos entretienen debatiendo si los barras están en connivencia con el macrismo, el sciolismo o el massismo, y si el ataque se produjo en sectores de responsabilidad del club o de la seguridad pública. La justicia actúa con su habitual morosidad e inoperancia, que a su vez justifica en la inacción de los legisladores para elaborar leyes que permitan aplicar sanciones más enérgicas.  Nuevamente, se manifiesta “el gran acuerdo político”.

Instalados los escándalos, se necesita de algún culpable para cerrar el episodio, y pasar al siguiente. Ejemplo; nunca sabremos cómo murió Nisman, pero aprendimos una barbaridad acerca de su vida privada y del accionar del agente de inteligencia Stiusso. Este rol en el escándalo Boca-Ríver, lo cumplirá el clásico lobo solitario arrepentido y asustado, llamado Napolitano, alias “el panadero”. Entre el fárrago de opiniones, quedó extrañamente minimizada una declaración del Secretario de Seguridad Sergio Berni, que nos acostumbró a que sus auto promocionadas acciones veloces y eficaces, de inmediato quedan desvirtuadas por la realidad de los hechos. Contundentemente, expresó que “hay que intervenir la AFA”. Sorprende que nadie le haya aclarado que el fútbol profesional está de hecho estatizado.


El Gobierno nacional, a través del “Fútbol para Todos”, provee no solo el soporte económico de la AFA y los clubes, sin control de la aplicación de los recursos públicos, sino ejerce su plena conducción. Determina la cantidad de ascensos y descensos; establece las programaciones y aún los horarios de los partidos; define operadores televisivos y equipos periodísticos, y la Inspección General de Personas Jurídicas no certifica los falsos balances económicos de las instituciones, mal llamadas “entidades sin fines de lucro”;  Qué sentido tiene entonces intervenir la AFA? Una vez más, palabras altisonantes para que nada cambie. Lentamente, vamos ingresando al año 2016.

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