jueves, 22 de noviembre de 2012

DIFERENCIAS Y SIMILITUDES ENTRE EL 8 N Y EL 20 N


Noviembre se caracterizó por dos movilizaciones masivas de la ciudadanía en protesta por políticas del gobierno nacional, que por compartir reclamos puede hacer suponer que comparten objetivos. Por lo tanto es oportuno reflexionar sobre sus diferencias y similitudes.

En primer término se debe destacar la pretensión de voceros gubernamentales de crear una antojadiza fragmentación social absolutamente inaceptable en sociedades democráticas, más acorde con anacrónicas divisiones poblacionales en castas, o las siempre vigentes conceptualizaciones dictatoriales. Según esta visión, la movilización del 08 de noviembre correspondió a la clase media, y la del 20 a los trabajadores, que según este reduccionismo conceptual no integran la mencionada clase media. Esta última, que en el imaginario político argentino se conforma por una amplia diversidad social que cometió el insalvable pecado de estar situada entre pobres y  ricos, fue estigmatizada como egoísta, golpista, reaccionaria, y para llevar sus culpas al paroxismo, la Presidente informó en su último mensaje por red nacional, que también la integran funcionarios multimillonarios que hicieron su fortuna trabajando en el Estado. El 20 de noviembre por su parte, registró un evento sindical promovido por los llamados gremios opositores al gobierno, en contraste con los hasta hoy oficialistas, por lo que según versión oficial, no fue un paro de trabajadores sino un acto de coacción gremial. Hasta aquí, la caracterización generalizada y simplista.

Destaquemos en primer término un aspecto instrumental. El 08 de noviembre presentó una masiva movilización convocada a través de redes sociales, con epicentro en la avenida 9 de Julio, una vez concluida la actividad laboral habitual, y sin generar medidas que afecten el derecho de quienes no asistieron. El paro gremial por su parte, implicó los ya reiterados cortes de las principales vías de circulación, que restan validez a toda estimación de adherencia, y peor aún, a la repetida invocación al derecho constitucional de huelga, cuando se omite otros elementales derechos como el de la libre circulación de los ciudadanos, o el de adhesión individual a un paro de actividades. Esta diferencia metodológica trasluce una diferencia de fondo.

La movilización de la “clase media” reunió a un amplio espectro social en términos laborales, económicos, culturales e ideológicos, que tuvo un carácter sanamente político porque sus reclamos se dirigieron al poder político. Insólitamente se criticó la falta de unidad en los reclamos, a la manera de las añoradas organizaciones corporativas, como si aspectos esenciales como la seguridad, corrupción, libertades individuales, entre otros, fueran cuestiones de número.

La movilización del 20 de noviembre tuvo un carácter de lucha interna de poder  dentro del gobierno, entre circunstanciales aliados políticos, gremiales y empresariales de una enorme diversidad ideológica y de intereses, que hace que el “todos unidos triunfaremos” sea una utopía. El reclamo gremial también pretendió tener un amplio temario que en algunos casos llegó al absurdo, como ver a ciudadanos que evidentemente estaban al límite de la subsistencia y posiblemente bajo planes sociales, reclamando por el mínimo no imponible de los salarios. Claramente, y a diferencia del 08 de septiembre, no se incluyó a la corrupción dentro de los reclamos. No olvidemos además que los gremios representan solo a los trabajadores activos legalizados; no a los desocupados, subocupados y trabajadores en negro, que obviamente son mayoría y los que más sufren las crisis políticas y económicas.

Analicemos el punto común más visible de ambos reclamos: el impuesto a las ganancias sobre los salarios. Parece irónico que este sea la principal queja ante un gobierno autoproclamado como “nacional y popular”. Sin embargo el problema no reside en el infantilismo de analizar este y otros temas a través del exclusivo tamiz del “carácter y humor de la Presidente”. El ex mandatario norteamericano Clinton nos clarificaría el panorama, con su recordada frase en su campaña electoral: “es la economía, estúpido”. El enorme déficit fiscal e inflación estructural hace que los recursos sean escasos, pese al enorme crecimiento económico que el país tuvo en los últimos ocho años, y del que nadie duda. Entonces: enorme crecimiento económico con recursos escasos? Qué pasó y que está pasando?

Entre otros aspectos, se han tomado medidas con total beneplácito de los mal llamados “opositores”, bajo el eslogan de recuperar lo nuestro, que implicaron enormes negociados cuyos costos, aún hoy, no son mensurables. Tres ejemplos: las estatizaciones de las jubilaciones privadas; de Aerolíneas Argentinas y Repsol-YPF. Se destacan porque responden a sectores que es razonable que sean estatales, o al menos, operen bajo una estricta regulación y control del Estado. Los fondos jubilatorios reestatizados, engañosamente presentados como solidarios,  hoy son entregados a bajas tasas de interés a sectores empresarios favorecidos, bajo la figura de fideicomisos a través de instituciones financieras que también hacen su negocio de intermediación. Aerolíneas Argentinas fue recuperada una vez que sus activos, en especial aeronaves, fueran licuados, con un costo inaceptable para la sociedad, y por si fuera poco, sin definirse la indemnización al anterior operador. El caso YPF repite la matriz, y se expropia sin ningún recaudo legal de resarcimiento pese a que la Presidente públicamente informó que la empresa había sido vaciada, careciendo de capital de inversión, y aún hoy, de un cuadro de ingresos y egresos a mediano plazo. Recordemos que en todos los casos había funcionarios estatales en los directorios de las empresas, y todas estaban sometidas a los organismos de control del Estado.

El contexto es aún más grave de lo que parece. El gobierno tiene una feroz lucha interna de intereses, que va desde el legislador que desea continuar como tal el próximo año, desde luego puesto a dedo en la lista de candidatos, hasta importantes grupos empresarios y financieros que están haciendo enormes negocios con la marca “nacional y popular”. Quien desee opciones políticas  no las tiene. No hay partido de oposición, sino una suma de grupúsculos creados al único efecto de mantener a los mismos nombres y apellidos como legisladores. Y cuando aparecen temas trascendentes como las jubilaciones, Aerolíneas e YPF, radicales y socialistas (como excepción usaremos estas denominaciones arcaicas), aprueban las leyes a libro cerrado  manifestando que la estatización concuerda con su doctrina.

En este contexto, poner todos los reflectores en un único actor, si bien es el principal, crea el nocivo efecto de mantener en las sombras a sectores políticos, gremiales y empresarios igualmente responsables del momento político que se avecina.





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