jueves, 21 de febrero de 2013

ACUERDO CON IRÁN: LO QUE SE OMITIÓ ACLARAR


Sumar una opinión más a las vertidas sobre aspectos puntuales del Memorándum de Entendimiento entre los Gobiernos de Argentina e Irán vinculado al ataque terrorista a la sede de la AMIA en julio de 1994, visto en algunos casos la relevancia de los opinantes, no aportará nada nuevo a la polémica. Pero es oportuno reflexionar sobre el contexto y aspectos específicos que increíblemente no fueron planteados.

Vayamos de lo general a lo particular. Dentro de las variadas definiciones de diplomacia, rescatemos la más entendible para una sociedad, y por ello más valedera. La diplomacia implica “aplicar el sentido común, comprensión  y manejo profesional a las relaciones internacionales entre soberanos”. Salvo honrosas excepciones, nuestros gobiernos priorizaron en la Cancillería “lo político sobre lo profesional”, y en cuanto al sentido común, la aplicación de la frase “en política, uno más uno no es igual a dos”, que justifica cualquier disparate. Esto explica el pobre debate público que se pudo observar en las Comisiones de Relaciones Exteriores, Asuntos Constitucionales y Justicia del Parlamento.

Por su parte, el “memorándum” es un escrito breve por el que se intercambia información y se sugiere líneas de acción sobre temas e intereses entre sectores involucrados. Su carácter por lo tanto, es de menor categoría que el de convenio, acuerdo o tratado, y en el campo diplomático se utiliza para restar solemnidad a las supuestas coincidencias logradas. Sin embargo, su ratificación por ley del Congreso, que en nada clarifica omisiones, vaguedades e interpretaciones sobre alcances jurídicos de algunos de sus términos, le otorgará una enorme trascendencia en un futuro debate diplomático de no arribarse a un acuerdo.

Planteado este contexto, no puede sorprender los titubeos del canciller Timerman en definir los alcances del memorandum; la poca profundidad y coordinación de las preguntas realizadas por supuestos opositores para establecer su vulnerabilidad; las dubitativas posturas iniciales de los representantes de la AMIA y la DAIA, quizás por lo sorpresivo del anuncio, y finalmente, el estado de confusión que el documento produjo entre las agrupaciones de familiares afectados por el atentado, que las llevó a adoptar posiciones encontradas. Este último aspecto es el más revelador, porque es impensable que quienes sufrieron la pérdida de seres queridos fijen posturas en función de especulaciones políticas. 

En el marco de la confusión desatada, se obvió la frase más trascendente del canciller Timerman, repetida por otros funcionarios, y que sin estar referida específicamente al memorandum debería haber originado un sinnúmero de pedidos de aclaracion. Se afirmó que por no haberse podido interrogar a los sospechosos iraníes residentes en Irán, la causa del atentado a la AMIA “se encontraba estancada”. Para seguir sumando absurdos, Timerman acusó a Guillermo Borger, presidente de la AMIA, de intentar que la causa no avance para encubrir a Rubén Beraja, presidente de la DAIA en la época del atentado.

Un ataque terrorista que por su envergadura reconoce un conflicto de carácter internacional, pero exige una fuerte logística local, no necesita de la declaración de los sospechosos iraníes para identificar y probar la participación de residentes en el país. Tampoco se puede pretender que los iraníes arrojen luz sobre las posteriores complicidades políticas y judiciales argentinas en la etapa investigativa para mantener la impunidad de los responsables. Cuando una presidente de la Nación habla de omisiones en el accionar de jueces de la Corte Suprema de Justicia, y un canciller destaca  responsabilidades de un ex representante de la DAIA, no se trata de aprobar o rechazar estas acusaciones. Se trata de actuar. Obtener respuesta a este interrogante no depende de barajar alternativas sobre el resultado que arroje la implementación del acuerdo entre Argentina e Irán, sino de identificar y castigar en el ámbito de la justicia argentina a los culpables de la acción y posterior encubrimiento que actúan y residen en nuestro país.

El exceso de dudas y omisiones que presenta el acuerdo con Irán, hace suponer que poco se conoce sobre las verdaderas razones que lo motivaron. En realidad, la historia está plagada de ejemplos de dualidad política, en la que lo que se debate públicamente no se corresponde con los objetivos privados. Expresaba hace más de 500 años Nicolás Maquiavelo, cuando señalaba de que modo deben cumplir los príncipes sus promesas: “Se podrían citar innumerables ejemplos modernos de tratados de paz y promesas vueltos inútiles por la infidelidad de los príncipes. Que el que mejor ha sabido ser zorro, ese ha triunfado. Pero hay que saber disfrazarse bien y ser hábil en fingir y disimular. Los hombres son tan simples y de tal manera obedecen a las necesidades del momento, que aquél que engaña encontrará siempre a quien se deje engañar”.




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