Sumar una opinión más a las vertidas sobre
aspectos puntuales del Memorándum de Entendimiento entre los Gobiernos de
Argentina e Irán vinculado al ataque terrorista a la sede de la AMIA en julio de 1994, visto en
algunos casos la relevancia de los opinantes, no aportará nada nuevo a la
polémica. Pero es oportuno reflexionar sobre el contexto y aspectos específicos
que increíblemente no fueron planteados.
Vayamos de lo general a lo particular. Dentro
de las variadas definiciones de diplomacia, rescatemos la más entendible para
una sociedad, y por ello más valedera. La diplomacia implica “aplicar el
sentido común, comprensión y manejo
profesional a las relaciones internacionales entre soberanos”. Salvo honrosas
excepciones, nuestros gobiernos priorizaron en la Cancillería “lo
político sobre lo profesional”, y en cuanto al sentido común, la aplicación de
la frase “en política, uno más uno no es igual a dos”, que justifica cualquier
disparate. Esto explica el pobre debate público que se pudo observar en las
Comisiones de Relaciones Exteriores, Asuntos Constitucionales y Justicia del
Parlamento.
Por su parte, el “memorándum” es un escrito
breve por el que se intercambia información y se sugiere líneas de acción sobre
temas e intereses entre sectores involucrados. Su carácter por lo tanto, es de
menor categoría que el de convenio, acuerdo o tratado, y en el campo
diplomático se utiliza para restar solemnidad a las supuestas coincidencias
logradas. Sin embargo, su ratificación por ley del Congreso, que en nada
clarifica omisiones, vaguedades e interpretaciones sobre alcances jurídicos de
algunos de sus términos, le otorgará una enorme trascendencia en un futuro
debate diplomático de no arribarse a un acuerdo.
Planteado este contexto, no puede sorprender
los titubeos del canciller Timerman en definir los alcances del memorandum; la
poca profundidad y coordinación de las preguntas realizadas por supuestos
opositores para establecer su vulnerabilidad; las dubitativas posturas iniciales
de los representantes de la AMIA
y la DAIA , quizás
por lo sorpresivo del anuncio, y finalmente, el estado de confusión que el documento
produjo entre las agrupaciones de familiares afectados por el atentado, que las
llevó a adoptar posiciones encontradas. Este último aspecto es el más
revelador, porque es impensable que quienes sufrieron la pérdida de seres
queridos fijen posturas en función de especulaciones políticas.
En el marco de la confusión desatada, se
obvió la frase más trascendente del canciller Timerman, repetida por otros
funcionarios, y que sin estar referida específicamente al memorandum debería
haber originado un sinnúmero de pedidos de aclaracion. Se afirmó que por no
haberse podido interrogar a los sospechosos iraníes residentes en Irán, la
causa del atentado a la AMIA
“se encontraba estancada”. Para seguir sumando absurdos, Timerman acusó a
Guillermo Borger, presidente de la
AMIA , de intentar que la causa no avance para encubrir a Rubén
Beraja, presidente de la DAIA
en la época del atentado.
Un ataque terrorista que por su envergadura
reconoce un conflicto de carácter internacional, pero exige una fuerte
logística local, no necesita de la declaración de los sospechosos iraníes para
identificar y probar la participación de residentes en el país. Tampoco se
puede pretender que los iraníes arrojen luz sobre las posteriores complicidades
políticas y judiciales argentinas en la etapa investigativa para mantener la
impunidad de los responsables. Cuando una presidente de la Nación habla de omisiones
en el accionar de jueces de la Corte Suprema
de Justicia, y un canciller destaca
responsabilidades de un ex representante de la DAIA , no se trata de aprobar
o rechazar estas acusaciones. Se trata de actuar. Obtener respuesta a este
interrogante no depende de barajar alternativas sobre el resultado que arroje
la implementación del acuerdo entre Argentina e Irán, sino de identificar y
castigar en el ámbito de la justicia argentina a los culpables de la acción y
posterior encubrimiento que actúan y residen en nuestro país.
El exceso de dudas y omisiones que presenta
el acuerdo con Irán, hace suponer que poco se conoce sobre las verdaderas
razones que lo motivaron. En realidad, la historia está plagada de ejemplos de
dualidad política, en la que lo que se debate públicamente no se corresponde
con los objetivos privados. Expresaba hace más de 500 años Nicolás Maquiavelo,
cuando señalaba de que modo deben cumplir los príncipes sus promesas: “Se podrían citar innumerables ejemplos
modernos de tratados de paz y promesas vueltos inútiles por la infidelidad de
los príncipes. Que el que mejor ha sabido ser zorro, ese ha triunfado. Pero hay
que saber disfrazarse bien y ser hábil en fingir y disimular. Los hombres son
tan simples y de tal manera obedecen a las necesidades del momento, que aquél
que engaña encontrará siempre a quien se deje engañar”.
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