Intentar comprender el devenir político, y
fundamentalmente avizorar un futuro coherente y posible para el país, obliga a
reflexionar acerca de las causas por las que los máximos representantes
políticos, gremiales y empresariales de las dos últimas décadas sean siempre
los mismos apellidos. En un sistema democrático, la inmediata respuesta sería
que todos ellos han sido legitimados por la elección de las mayorías a las que
representan. Esto es realmente así?
El discurso político que acompaña estas
permanencias en los cargos de representación, de quienes además han convivido
durante años en ámbitos políticos, sociales, deportivos y aún familiares,
muchas veces entrecruzando intereses ajenos a lo ideológico, invoca la
necesidad de “evitar agravios; obtener
consensos; dialogar”, para posteriormente hacer todo lo contrario. La aparente
dicotomía se explica en que no son las sociedades las que naturalmente se
dividen en buenos y malos según sean sus creencias, sino son los sectores
dirigenciales privilegiados eternizados en sus cargos excelentemente rentados los
interesados en crear lo que en la propaganda política se conoce como la “Regla
de simplificación y del enemigo único”, que no es un hallazgo de Laclau, sino
de los regimenes dictatoriales, cuyo máximo exponente fue el ministro de
propaganda nazi Joseph Goebbels, quien expresaba: “La propaganda debe limitarse
a una pequeña cantidad de ideas a repetir siempre. La masa solo recordará las
ideas cuando le sean repetidas centenares de veces”.
En el caso argentino lo sorprendente es que
en torno a las mismas ideas genéricas e indefinidas, (lo más simples posibles
diría Goebbles), como nacional, popular, neoliberal, modelo, debaten
entusiastamente a lo largo del tiempo tanto supuestos oficialistas como
supuestos opositores, mutados según convenga en neoliberales, progresistas, de
derecha, de izquierda, disidentes, aliancistas, frentistas, y otros ropajes
ideológicos, bajo la exclusiva catalogación de “bueno o malo; dialoguista o
autoritario”, evitando toda profundización de los temas. Quizás esto explique
preliminarmente porque solo hay proclamas y no políticas claras, críticas y no
alternativas, pequeños grupúsculos electoralistas y no partidos políticos. Esta
realidad nos obliga a pensar que las supuestas divisiones políticas son solo estrategias
para captar porciones escasas del voto ciudadano que les permita por siempre
permanecer. Posiblemente lo expresado lo veremos con claridad en la próxima elección
legislativa.
Carlos Marx afirmaba que la historia se
repite primero como tragedia y después como farsa. La farsa es un tipo de obra
teatral cuya trama esta basada en situaciones en que los personajes se
comportan de manera extravagante y extraña, con el fin de engañar o aparentar.
Que la farsa se traslade a la actuación política implica un grave riesgo para
la democracia y la calidad de vida de los ciudadanos. Dos ejemplos recientes
ejemplifican la hipótesis planteada.
En la provincia de Santa Fe se desató un
alocado cruce de acusaciones entre autoridades nacionales y provinciales
respecto al creciente narcotráfico en general, y en Rosario en particular. Sus principales
exponentes fueron el gobernador Bonfatti; el pretendido candidato presidencial
Hermes Binner; el jefe del bloque oficialista de diputados del Frente por la Victoria Agustín
Rossi, y un dato no menor, la ausencia en el debate de Rafael Bielsa como
máximo responsable del la
Secretaría de Prevención de la Dogradicción y Lucha
contra el Narcotráfico, organismo nacional entre cuyas tareas figura la de “
identificar y perseguir a quienes trafican y por ende comprometen la vida y
futuro de generaciones de argentinos”.
Para colmo, todos los mencionados funcionarios son santafecinos.
Ante lo delirante y electoralista de la
polémica, lo más triste para
kirchneristas; no kirchneristas; progresistas o neoliberales, es asumir
que la sociedad se encuentra totalmente desprotegida ante el lucrativo y
creciente negocio del narcotráfico, que necesita de la complicidad y/o ineficacia
de quienes deben combatirlo, sean oficialistas u opositores.
El segundo ejemplo no es menos absurdo.
Recurrentemente se producen enfervorizadas polémicas entre el Gobierno nacional
y algunas Provincias respecto a la injusta distribución de los recursos
coparticipables, con reclamos que convergen en quien ejerce circunstancialmente
el Poder Ejecutivo, hoy la presidente Cristina Kirchner, acusando una injusta
distribución de dichos recursos entre la Nación y las provincias, para permitir al
gobierno nacional obtener fondos excedentes para disciplinar a gobernadores e
intendentes.
Pero se omite señalar que esto es posible
como resultado del incumplimiento de la cláusula transitoria sexta de la
reforma constitucional de 1994, que otorgaba plazo hasta 1996 para dictar una
nueva ley convenio que estableciera una coparticipación más justa. Este incumplimiento es responsabilidad
exclusiva de los gobernadores y legisladores provinciales que tienen la
potestad y posibilidad para hacerlo, con independencia del deseo presidencial, quienes no solo
incumplen con sus responsabilidades, sino incrementan las atribuciones y
arbitrariedades del Ejecutivo nacional, votando mayoritariamente injustificados
decretos de necesidad y urgencia sin límites temporales, cuando simultáneamente
se pregona que el país crece “a tasas chinas”.
Cabe preguntarse
entonces: tienen sustento los reclamos de las provincias a la Nación , incluso en instancias judiciales? No será más importante para los
provincianos que en lugar de votar por candidatos según sean oficialistas u
opositores, preguntarse que han hecho cada uno de ellos por sus provincias una
vez asentados en la gran ciudad de Buenos Aires, y en el colmo del absurdo,
haber incrementado sus dietas con pagos especiales “por desarraigo”?
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