El cierre y
oficialización de las listas “partidarias” que participarán en la internas de
agosto (PASO), para definir quienes competirán
en la elección del 27 de octubre para la renovación parcial de diputados
y senadores nacionales, dejó en claro que las expectativas de mejoramiento de
nuestro sistema político una vez más han quedado postergadas. Sin embargo dicha
circunstancia, pasado el desánimo y escepticismo inicial, debe ser capitalizada
para transparentar los vicios que sustentan lo afirmado, porque la reiteración de
camuflajes de la realidad llevará inevitablemente al hartazgo popular, más allá
de identificaciones “partidarias” o ideológicas.
En primer lugar
resalta el hecho que las internas, llamadas ahora primarias, son evitadas por
la casi totalidad de los actores políticos. La honrosa excepción la presentó la
interna entre la UCR, Coaliciòn Cìvica y Proyecto Sur en Capital Federal,
agrupadas en UNEN. Súmese a ello la persistencia de dos reclamos de reforma electoral
reiteradamente negados a la sociedad: la
lista única, que impida el caos de boletas y robos de la mismas, y el sistema
de ordenamiento final de los candidatos según el voto ciudadano, quien se ve
limitado a votar a paquete cerrado las incombustibles “listas sábanas”. Ello
distorsiona a tal nivel el poder democrático de elegir, que la ciudadanía se
acostumbró a no reaccionar ante los crecientes casos de nepotismo, en donde las
listas están plagadas de esposas, ex esposas, hijos, hermanos y otros
familiares de los distintos candidatos. Qué posibilidad tiene el ciudadano de
reaccionar con su voto ante el nepotismo? Ninguna: se vota a paquete cerrado.
También se reitera la
aparición de nuevos partidos y/o alianzas con tal velocidad de presentación en
sociedad, que hace dudar que muchos de ellos cumplan con los requisitos
establecidos por ley para ser considerados partidos, ante lo cual la justicia
electoral, sobrepasada por tanta creatividad fundacional, omite su tarea de
control. Verificar esta posibilidad sería un interesante caso de investigación
periodística.
La creciente
atomización partidaria, que para no degradar el concepto esencial de partido debería
llamarse de “espacios polìticos”, hace falaz la supuesta existencia de
proyectos que excedan lo personal, por no estar sustentados por estructuras
coherentes, representativas en el tiempo, y extendidas en lo territorial. El
caso del Partido Renovador de Massa es un ejemplo. Conformado a último momento
bajo el repetido recurso del híbrido llamado “transversalidad”, incorporó a su
lista al hasta hace poco presidente de la Coalición Cívica Adrián Pérez, quien
al no conseguir ubicación expectante en su partido, con el pase en su poder se
insertó en la lista de Massa. Lo mismo sucedió con el reciente presidente de la
Unión Industrial Argentina, Ignacio de Mendiguren. Citamos el caso Massa por su
reciente aparición en el escenario político con expectativas nacionales, pero
lo expresado es aplicable para todas las agrupaciones existentes. Ante estas
realidades, es evidente que hoy no pueden existir proyectos que excedan lo
personal.
Por ello ya no
sorprende que un candidato acceda a un cargo por determinada agrupación, y una
vez elegido se incorpore a otra, o pretenda en el marco de la soberbia actuar
como “bloque independiente”, burlando el voto ciudadano. Estas distorsiones al
sistema democrático exigen soluciones que no intentarán implementar quienes se
ven beneficiados por estos subterfugios. En una reforma política futura
realmente eficaz, habrá que reactualizar el viejo debate sobre si la banca es
del legislador o del partido, estableciendo los límites ante una u otra
posibilidad. También será necesario reformular el calendario electoral, eliminando
las elecciones cada dos años para llevarlas a cuatro años, no solo para evitar
el perjuicio que implica a la tarea legislativa las prolongadas campañas
electorales, sino que los candidatos a presidente sean legisladores que no
renuncian a su condición y nada arriesgan, dos años más tarde renueven como
legisladores, pasados dos años se presenten como candidatos a presidente, y asì
hasta el infinito. Desactivar esta trampa, implica diseñar una metodologìa adecuada
de renovación del Congreso.
Es evidente entonces
que centrar la campaña electoral en no avalar una eventual reforma constitucional que habilite continuas
reelecciones presidenciales, no solo permite eludir compromisos legislativos para
las urgencias inmediatas, sino que la volatilidad de las convicciones e
identificaciones partidarias hace irrelevantes las promesas. De hecho, ya sucedió
con la reforma constitucional de 1994.
Un comentario
aparte merecen las externas políticas del peronismo, que suplen a las internas.
Justificaciones como que el Partido Justicialista no existe o que está
intervenido, rayan en el absurdo. Qué confianza pueden transmitir candidatos que
se dicen peronistas y no son capaces de hacer funcionar normalmente a su propio
partido? Lo cierto es que la ausencia de alternativas partidarias coherentes y consolidadas,
posibilita que en un distrito clave desde lo numérico como el de la provincia
de Buenos Aires, el peronismo se pueda permitir el lujo de trasladar su interna
a la elección general, captando una expectativa social hábilmente
sobredimensionada entre candidatos del mismo partido. La picardía fué descripta
con su habitual lucidez e ironía por Perón, al expresar que cuando se pensaba
que los peronistas se estaban peleando, en realidad se estaban reproduciendo.
Por ello el 27 de
octubre próximo no competirán proyectos ni soluciones para la ciudadanía, sino espacios
de poder con proyección al 2015 en el caso del partido gobernante, y el deseo
de mantener y/o alcanzar cargos legislativos en las atomizadas y débiles
oposiciones. La esperanza se funda en que una vez atravesada la elección
nacional, tendremos dos años para que en el 2015 existan al menos dos
alternativas de gobierno con estructuras polìticas consistentes que permitan al
ciudadano elegir realmente opciones de gobierno.
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