La caída del
gobierno de la Alianza en el año 2001, produjo una crisis institucional y
eclosión de la representación política que no solo perdura, sino exhibe al
amparo de leyes electorales que limitan cada vez más la posibilidad de elegir,
signos de creciente deterioro de los partidos políticos, y en la actuación de
los legisladores como expresión de la “voluntad popular”.
No debe sorprender
entonces la permanencia de métodos anacrónicos de elección, como boletas
dispersas en los cuartos oscuros que repiten nombres de candidatos, llamadas
colectoras; ley de lemas que permiten que el voto a determinado candidato pueda
ser sumado a otro candidato; candidaturas testimoniales en las que quienes
encabezan las listas anuncian que no asumirán la banca; reserva de cargos a
futuro, como la presentación a senador por el Chaco del gobernador Capitanich,
para asumir dentro de dos años; y la incombustibilidad de las “listas sábana”,
que permite que los jefes de las agrupaciones armen las listas según intereses
personales, que entre otros efectos genera la integración cada vez mayor de
familiares directos de candidatos en las listas, sin que el afiliado participe
internamente ni el votante pueda modificar en la urna el “paquete cerrado”. Todo
ello, bajo el silencio absoluto de la Justicia Electoral en caso de transgresiones (partidos que no cumplen con
los requisitos para ser considerados como tales; domicilios falseados para
poder presentarse en distritos en los que el candidato no tiene la residencia
necesaria, entre otros incumplimientos).
Pero lo grave por
ser cada vez más recurrente, es que legisladores que acceden al cargo por un
partido, transcurrido un tiempo lo abandonan, utilizando su banca para apoyar
de manera sistemática otras opciones, habitualmente del oficialismo, dando por
tierra el principio democrático de que el legislador debe responder al mandato
popular de quienes lo votaron. Eludiremos en esta reflexión las corruptelas que
encierran estos travestismos políticos, popularmente conocidos como “borocotización”,
para incursionar en los justificativos esgrimidos por los conversos, porque es
imprescindible que se legisle al respecto en los próximos dos años, para
desterrar definitivamente éste engaño.
Para ello es
oportuno tomar como base de análisis una opinión del actual senador Samuel
Cabanchick, publicada en enero de 2012 en el diario Clarín, titulada “Las
bancas son de los representantes”. Valoriza la opinión de Cabanchik que sea un
ejemplo del problema a tratar, por haber sido elegido en representación de la
Coalición Cívica, y una vez asumida la banca creó un bloque unipersonal,
votando habitualmente en consonancia con el oficialismo. Además su condición de
filósofo, hace suponer un sólido sustento intelectual en su argumentación.
Pretende el senador
Cabancich esclarecer a la opinión pública acerca de la interpretación del artículo
54 de la Constitución Nacional, que establece que en la distribución de las
bancas de senadores electos dos pertenecen “al
partido” político más votado, y la
restante al segundo más votado. Pese a lo taxativo de lo enunciado, Cabancich
afirma que como integró una alianza electoral de partidos e independientes, no
se define quienes son, dentro de la lista,
los verdaderos partidos representantes de la propuesta electoral
presentada en sociedad. Tan absurda interpretación lo lleva a concluir que en
una alianza, cada uno de los sectores que la integran responden “a su
propuesta”, y no necesariamente a la plataforma oficializada. Continuando con
esta línea de pensamiento, Cabancich afirma que “no hay tribunal posible que pueda determinar, como si se tratase la
resolución de un algoritmo, el grado de fidelidad a una plataforma electoral”.
Concluye el senador Cabancich con un intento de justificación ètica a su
postura, afirmando que…”pretender que
los representantes sean meros ejecutores de mandatos generales contenidos en
las plataformas políticas, a menudo inevitablemente de significado vago, es
antidemocrático y reñido con el sistema representativo de gobierno”.
Elude el senador
Cabancich plantear la alternativa más razonable y digna, en caso que el legislador no se considere
contenido o no concuerde con la lìnea política seguida por el Partido que le
permitió acceder a una banca: presentar la renuncia, y dar lugar al suplente.
Por otra parte existe una evidente contradicción entre la libertad de criterio individual a la que alude
Cabancich, con la permanencia férrea de las listas llamadas “sábana”, que conspira
contra la libertad individual de elegir del
votante, y que ningún sector político propuso modificar.
Sin embargo debemos
valorar que Cabancich haya planteado su
opinión en forma pública, más allá de su pretensión de justificar el usufructo
de la banca tras el abandono de la Coalición Cívica, pues instaló un debate que
la clase política elude. Debate no menor
por otra parte. Si hacemos lugar a la fundamentación de Cabancich, los
ciudadanos, independientemente de su ideología política, deberían preguntarse acerca
del valor de su voto el próximo 27 de octubre: servirá para elegir a quienes
deberán delinear y aprobar en los próximos dos años leyes que mejoren su
calidad de vida, o testear posibles candidatos a presidente en el año 2015? Una
respuesta la puede brindar los spots publicitarios, que analizaremos en la próxima
reflexión.
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