Ante la próxima elección nacional
legislativa, resaltábamos en nuestra última reflexión que las sucesivas
reformas electorales tienden a limitar cada vez más las opciones que los
ciudadanos tienen de elegir, y en los casos más extremos de incumplimientos de
la ley, se cuenta con la pasividad y/o complacencia de la justicia electoral.
Es justo señalar que en esta limitación de la democracia, coinciden tanto
oficialistas como opositores.
Ello explica parcialmente la
creciente distorsión del sistema de representación, que se manifiesta en tres
consecuencias interrelacionadas: 1) la permanencia de los mismos políticos a
través de distintos gobiernos; 2) la disolución de los partidos con extensión
territorial, o sea partidos nacionales; 3) la falta de programas de gobierno
explícitos, y en el caso de los legisladores, de proyectos de ley explícitos
con posibilidad de implementarlos. Un
excelente ejemplo de esta realidad es prestar atención al contenido de los
mensajes publicitarios.
La llamada propaganda política
como la conocemos hoy aparece en la primera mitad del siglo XX, previo a la
Segunda Guerra Mundial, con el desarrollo de medios tecnológicos que permiten
comunicar y formar opinión a distancia y a escala masiva. Ello obligó a los países
en guerra, a desarrollar reglas de comunicación sofisticadas como elemento
estratégico militar, dando lugar a una permanente lucha de propagandas y
contrapropagandas, en donde la verdad no era lo sustancial, sino el impacto
emotivo y psicológico en las masas. Un excelente trabajo al respecto es un breve
libro de Jean-Marie Domenach llamado “La propaganda política”, publicado en
París en 1950, y reeditado en nuestro país por EUDEBA en 1962.
Pasada la guerra e ingresados en
la etapa del consumismo, los principios básicos de la propaganda se
mantuvieron, pero aplicados a productos comerciales y empresas, en el marco de
un sinnúmero de estrategias e instrumentos de análisis de mercado resumidas en
el término “marketing”. Casi
simultáneamente, inicialmente en Estados Unidos, estas metodologías fueron
trasladas al campo de la política bajo la denominación de “marketing
político”, contando los candidatos en
sus equipos con costosos especialistas en esta actividad, muchos de ellos
extranjeros. El fenómeno es de carácter mundial e inevitable, por lo que
deberemos interrogarnos acerca de cómo analizar las propagandas desde el punto
de vista del votante, quien deberá optar por la propuesta electoral que entienda más favorable para su
futuro y el del país, soslayando el deslumbramiento visual.
Todo publicista dirá que una
excelente campaña no podrá sostener en el tiempo a un mal producto. Eventualmente
promoverá su consumo, pero si al usuario no le satisface dejará de comprarlo, y
consecuentemente provocará su fracaso. Lamentablemente en política el
desarrollo no es tan lineal, básicamente por la ausencia o limitación de
información del producto (candidatos - programas), y restringidas opciones de
compra en el supermercado político (listas sábana).
Un excelente ejemplo de esta
distorsión es el reciente spot publicitario del candidato del Frente Para la
Victoria, Martín Insaurralde, elaborado
por el prestigioso creativo Ernesto Savaglio, recordado entre otras, por la
publicidad gráfica de hace más de veinte años bajo el título “Carrefour tiene
los huevos por el suelo”, en relación al muy bajo precio de los huevos. La propaganda causó revuelo y fue rápidamente
levantada, pero cumplió ampliamente con el objetivo de dar visibilidad al
supermercado. Obviamente esta frase no hubiese sido adecuada para aplicarla al
votante el próximo 27 de octubre.
En el spot de Savaglio se
presenta un álbum fotográfico familiar de Insaurralde, mostrando a sus padres e
hijos. Claro está que ninguno de ellos es candidato a legislador, por lo que
cabe preguntarse si no es más importante destacar ante el ciudadano que en su
lista intentan renovar banca Recalde, Carlotto, Kunkel y Diana Conti. Tampoco
los ímpetus renovadores de Massa
clarifican la razón que tenga en posición expectante en su lista a
Felipe Solá, De Mendiguren y un nuevo converso, Adrián Pérez. O que en los
primeros puestos de la lista de De Narváez intenten renovar Plaini, Rucci y
Ferrari. O que Unen la encabecen nuevamente Stolbizer y Alfonsín. Menos aún se
aclara cómo es posible que quienes ya estuvieron con destacadas
responsabilidades políticas en el pasado, se presenten ahora como adalides de
un cambio a futuro. Estas dudas no tendrán respuesta por parte de los
ciudadanos el 27 de octubre, porque con el sistema intocable de lista sábana no
tienen ninguna posibilidad de rearmar las listas de legisladores según sus
preferencias.
Tampoco los candidatos presentan
programas y compromisos concretos ante la sociedad, que haga realidad el
denominado contrato social entre legisladores y sus representados. Todos
coinciden en expresar que “mantendrán lo bueno y cambiarán lo malo”, sin
clarificar que es “lo bueno y lo malo”. Por ello en lo inmediato, nuestras
expectativas una vez más, será conocer las medidas que adoptará el gobierno
luego de la elección, que por sus implicancias no se atreve anunciar
previamente.
Pese a las limitaciones
intencionadamente creadas por una clase política casi hereditaria, el voto es
el instrumento más poderoso que tiene un pueblo para expresarse. Se deberá
concurrir el próximo 27 a las urnas con entusiasmo, pero alertados que habrá un arduo trabajo ciudadano en los
próximos dos años, para llegar de la mejor manera al recambio presidencial en
el 2015. Mientras tanto, los pobres publicistas solo podrán intentar crear
climas simpáticos, con colores vivos en los afiches, apelando a frases permanentemente
incumplidas: “Combatiremos la corrupción”; “ Queremos vivir sin miedo”; “Vamos
todos juntos”. Sin embargo, la mediocridad no es culpa de los publicistas.
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