miércoles, 5 de febrero de 2014

EL ENGAÑO HABRÁ ALCANZADO SU LÍMITE?

El conocimiento de la historia, antes que para transportar a sus actores a la actualidad e involucrarlos en estériles  y muchas veces engañosos debates, debe servir para no repetir errores, y crecer como país. Señalábamos en la última reflexión que la Argentina atravesó severas crisis económicas en cada una de las últimas seis décadas. Lo preocupante, más allá de la cronología de los hechos, es la asombrosa similitud entre los discursos, acciones adoptadas, y sectores sociales y productivos afectados, que sin duda se repetirán. Cabe preguntarnos entonces: el engaño alcanzará alguna vez su límite? Rememoremos las similitudes.

Podríamos comenzar la retrospectiva con la célebre frase dirigida a la ciudadanía por el ministro de economía Alvaro Alsogaray en junio de 1959: “Hay que pasar el invierno”. El abrigo utilizado fue  devaluar la moneda para compensar el déficit de la balanza comercial, cayendo el salario real el 24%. Más tarde, en el gobierno justicialista iniciado en 1973, el primer ministro de economía José Bel Gelbard, recordado por su eslogan “inflación cero”, generó una fenomenal crisis similar a la actual. Como consecuencia, bajo el mando de Isabel Perón, en junio de 1975 Celestino Rodrigo devaluó el dólar comercial en 150 %; subió un promedio del 100 % las tarifas de servicios públicos, e incrementó en 180 % el precio de los combustibles. Para paliar el impacto los salarios subieron el 80 % . Ya en la dictadura militar, en 1981 el ministro Lorenzo Sigault expresó: “El que apuesta al dólar pierde”. Al día siguiente el peso se devaluó el 30%, y le siguieron sucesivas devaluaciones y crisis de deuda externa.

Tomemos un breve respiro para reingresar en la democracia.

En la hiperinflación de 1989, el ministro radical Juan Carlos Pugliese se refirió a los empresarios: “Les hablé con el corazón y me contestaron con el bolsillo”. En 1992 el justicialista Menem, bajo el lema “Síganme que no los voy a defraudar”, comenzó una privatización de empresas estatales, con alta corrupción y sin control posterior a las empresas adquirentes. En su asunción como presidente en enero de 2002, luego del colapso de la alianza entre radicales y justicialistas (De la Rúa + Chacho Alvarez), Eduardo Dhualde anunció: “Quien depositó dólares recibirá dólares”. Un mes después su gobierno pesificó los ya congelados depósitos en divisas. En el 2003 asumió un nuevo gobierno justicialista, ya no neoliberal, sino con los mismos funcionarios transformados en nacionales y populares, en alianza con “radicales K”. Tras casi diez años de gobierno, en mayo del año pasado la Presidente por cadena nacional expresó: “No devaluaremos a costa del hambre de los argentinos”. Diez meses más tarde el peso tuvo una devaluación superior al 50%.

Esta síntesis, que si no fuera dramática  parecería irónica, puede ser cotejada a través de Internet o de la amplia bibliografía existente. De las similitudes a lo largo de las seis décadas, destacaremos dos: 

1) más allá de diferencias de contextos, los perdedores en todos los casos fueron siempre los mismos: los sectores medios, principales generadores de empleo, riqueza, y por ello, de justicia distributiva. 

2) en ninguna de las crisis mencionadas los dirigentes que pedían “el sacrificio de todos”, actuaron sobre la principal causa de su recurrencia: la corrupción, entendida como el desmesurado enriquecimiento de funcionarios, familiares y testaferros, como contraprestación por favorecer a sectores privados asociados, saqueando al erario público mediante sobrecostos en obras y concesiones públicas, mala calidad de ejecución y prestación, y financiamientos públicos espúreos a privados que generan negocios sin riesgos, recibiendo por ello los responsables políticos el consabido “retorno”. Todo ello bajo el paraguas  necesario de la ineficacia de la justicia federal para proteger a la ciudadanía de la expoliación.

Esta realidad intenta ser enmascarada mediante un léxico globalizador, demagógico,  y por repetido engañoso, con términos como monopolios; renta indebida; oligarquías; golpes de mercado; precarización salarial. Si bien todos ellos son válidos y existentes en las sociedades, su mayor o menor influencia queda acotada, precisamente, por la calidad de los gobiernos. Cabe preguntarse entonces porqué tras treinta años de democracia, y con la mayoría de la dirigencia política, empresaria y gremial conformada por las mismas personas, nuestros gobiernos y representantes sectoriales no son capaces de protegernos de tamañas plagas supuestamente identificadas. No será precisamente por ser las mismas personas, y por lo tanto no  pueden ni quieren desarmar la columna vertebral de intereses personales, corporativos y de corrupción?

Nicolás Maquiavelo afirmaba: “Hay tres clases de cerebros: el primero discierne por sí mismo; el segundo entiende lo que otros disciernen, y el tercero no discierne ni entiende lo que otros disciernen. El primero es excelente, el segundo bueno y el tercero inútil”.


Hasta cuando políticos oficialistas y supuestos opositores seguirán tratando a la ciudadanía como pertenecientes al grupo de cerebros inútiles? Evitarlo en el mediano plazo dependerá de nosotros.

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