El conocimiento de la historia, antes que para
transportar a sus actores a la actualidad e involucrarlos en estériles y muchas veces engañosos debates, debe servir
para no repetir errores, y crecer como país. Señalábamos en la última reflexión
que la Argentina atravesó severas crisis económicas en cada una de las últimas
seis décadas. Lo preocupante, más allá de la cronología de los hechos, es la
asombrosa similitud entre los discursos, acciones adoptadas, y sectores
sociales y productivos afectados, que sin duda se repetirán. Cabe preguntarnos
entonces: el engaño alcanzará alguna vez su límite? Rememoremos las similitudes.
Podríamos comenzar la retrospectiva con la célebre
frase dirigida a la ciudadanía por el ministro de economía Alvaro Alsogaray en
junio de 1959: “Hay que pasar el invierno”. El abrigo utilizado fue devaluar la moneda para compensar el déficit
de la balanza comercial, cayendo el salario real el 24%. Más tarde, en el gobierno justicialista iniciado en
1973, el primer ministro de economía José Bel Gelbard, recordado por su eslogan
“inflación cero”, generó una fenomenal crisis similar a la actual. Como
consecuencia, bajo el mando de Isabel Perón, en junio de 1975 Celestino Rodrigo
devaluó el dólar comercial en 150 %; subió un promedio del 100 % las tarifas de
servicios públicos, e incrementó en 180 % el precio de los combustibles. Para
paliar el impacto los salarios subieron el 80 % . Ya en la dictadura militar,
en 1981 el ministro Lorenzo Sigault expresó: “El que apuesta al dólar pierde”.
Al día siguiente el peso se devaluó el 30%, y le siguieron sucesivas
devaluaciones y crisis de deuda externa.
Tomemos un breve respiro para reingresar en la
democracia.
En la hiperinflación de 1989, el ministro radical Juan
Carlos Pugliese se refirió a los empresarios: “Les hablé con el corazón y me
contestaron con el bolsillo”. En 1992 el justicialista Menem, bajo el lema “Síganme
que no los voy a defraudar”, comenzó una privatización de empresas estatales,
con alta corrupción y sin control posterior a las empresas adquirentes. En su
asunción como presidente en enero de 2002, luego del colapso de la alianza
entre radicales y justicialistas (De la Rúa + Chacho Alvarez), Eduardo Dhualde
anunció: “Quien depositó dólares recibirá dólares”. Un mes después su gobierno
pesificó los ya congelados depósitos en divisas. En el 2003 asumió un nuevo
gobierno justicialista, ya no neoliberal, sino con los mismos funcionarios
transformados en nacionales y populares, en alianza con “radicales K”. Tras
casi diez años de gobierno, en mayo del año pasado la Presidente por cadena
nacional expresó: “No devaluaremos a costa del hambre de los argentinos”. Diez
meses más tarde el peso tuvo una devaluación superior al 50%.
Esta síntesis, que si no fuera dramática parecería irónica, puede ser cotejada a través
de Internet o de la amplia bibliografía existente. De las similitudes a lo
largo de las seis décadas, destacaremos dos:
1) más allá de diferencias de
contextos, los perdedores en todos los casos fueron siempre los mismos: los
sectores medios, principales generadores de empleo, riqueza, y por ello, de
justicia distributiva.
2) en ninguna de las crisis mencionadas los dirigentes
que pedían “el sacrificio de todos”, actuaron sobre la principal causa de su
recurrencia: la corrupción, entendida como el desmesurado enriquecimiento de
funcionarios, familiares y testaferros, como contraprestación por favorecer a
sectores privados asociados, saqueando al erario público mediante sobrecostos
en obras y concesiones públicas, mala calidad de ejecución y prestación, y
financiamientos públicos espúreos a privados que generan negocios sin riesgos,
recibiendo por ello los responsables políticos el consabido “retorno”. Todo
ello bajo el paraguas necesario de la ineficacia
de la justicia federal para proteger a la ciudadanía de la expoliación.
Esta realidad intenta ser enmascarada mediante un
léxico globalizador, demagógico, y por
repetido engañoso, con términos como monopolios; renta indebida; oligarquías;
golpes de mercado; precarización salarial. Si bien todos ellos son válidos y
existentes en las sociedades, su mayor o menor influencia queda acotada,
precisamente, por la calidad de los gobiernos. Cabe preguntarse entonces porqué
tras treinta años de democracia, y con la mayoría de la dirigencia política,
empresaria y gremial conformada por las mismas personas, nuestros gobiernos y
representantes sectoriales no son capaces de protegernos de tamañas plagas
supuestamente identificadas. No será precisamente por ser las mismas personas,
y por lo tanto no pueden ni quieren desarmar
la columna vertebral de intereses personales, corporativos y de corrupción?
Nicolás Maquiavelo afirmaba: “Hay tres clases de
cerebros: el primero discierne por sí mismo; el segundo entiende lo que otros
disciernen, y el tercero no discierne ni entiende lo que otros disciernen. El
primero es excelente, el segundo bueno y el tercero inútil”.
Hasta cuando políticos oficialistas y supuestos
opositores seguirán tratando a la ciudadanía como pertenecientes al grupo de
cerebros inútiles? Evitarlo en el mediano plazo dependerá de nosotros.
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