miércoles, 12 de marzo de 2014

ENTRE LA NECEDAD Y LA COMPLACENCIA

La imprescindible adecuación del Código Penal a la evolución de la sociedad, para mejorar procedimientos y sanciones de los delitos establecidos, e incorporar aquéllos surgidos de naturales cambios sociales y tecnológicos que generan nuevos métodos y estructuras delictuales, exhibió como pocas veces, la necedad y autocomplacencia en la que se desenvuelve la clase política.

Una vez más una propuesta de ley se inició en el Poder Ejecutivo, lo que no va en su desmedro, sino en el de quienes tienen la tarea específica de legislar, ya sean oficialistas u opositores, y no lo hacen. Son tan perjudiciales para la democracia los legisladores levanta manos de adhesión automática al oficialismo, como los supuestos opositores que se transforman en comentaristas del devenir político, en lugar de presentar leyes transformadoras con consenso ciudadano.

En mayo de 2012 la Presidente creó por Decreto una comisión para elaborar el proyecto de reforma del Código Penal nacional, integrada por los jueces Eugenio Zaffaroni y León Arslanian, justicialistas; los diputados Gil Lavedra (UCR); Federico Pinedo (PRO) y la dra. María Barbagelata (FAP). Se otorgaron 180 días corridos para la entrega del proyecto de ley, pese a lo cual el trabajo fue presentado pasados los 360 días, tiempo más que razonable si los integrantes de la Comisión lo hubieran empleado para intercambiar opiniones con cada una de las bases partidarias y gubernamentales que representan, además de intercambiar opiniones con Facultades de Derecho, representantes judiciales y Colegios de Abogados.

Un tema de tal trascendencia no tuvo prácticamente traslado a la sociedad durante la etapa de elaboración, que debería ser la más enriquecedora. Eventuales opiniones no despertaban atención y menos aún polémica en los sectores políticos y judiciales involucrados. Por su claridad y razonabilidad, pese a que su análisis parte de una situación personal de dolor, entre las escasas publicaciones valorables se destaca la de quien no es una profesional del derecho: la doctora en filosofía Diana Cohen Agrest.  

El avance del proyecto de reforma transcurría en un ámbito que hacía recordar al movimiento intelectual del siglo XVIII en Europa, conocido como Ilustración, porque sus representantes buscaban disipar las tinieblas de la humanidad mediante el uso de la razón humana. Tal elitismo atrae a muchos de nuestro políticos, que sin llegar a ser Montesquieu o Rousseau, piensan que los temas complejos se resuelven entre pocos, y posteriormente se trasladan a la sociedad como paquetes cerrados acompañados con la fanfarria marketinera de los actos populares, cumpliendo con el principio fundamental de la propaganda política: apelar a la emoción, nunca a la razón.

En medio del paraíso del consenso político, sorpresivamente apareció una de las esperanzas justicialistas para el 2015, Sergio Massa, afirmando que el nuevo Código Penal era  extremadamente benigno con innumerables figuras delictuales. Produjo una hecatombe. De escaso o nulo debate público, el tema estalló en los espacios de comunicación gráficos, televisivos y radiales.  Algunos de los “ilustrados” responsables del proyecto se dignaron a bajar al llano, y tardíamente escribieron artículos intentando justificar con generalidades su redacción. Otros personajes no tan ilustrados sacaron sus manuales linguísticos para la ocasión, denunciando oportunismo político; crear alarma social; pretensión de punitivismo neoliberal; garantismo progresista, etc. Finalmente la debacle: jefes políticos de la UCR; PRO y FAP, se sumaron a las críticas  respecto a lo actuado por la Comisión reformadora “diversa y plural”, y en un coro desafinado que integraron varios justicialistas, expresaron que “no es momento para reformar el Código Penal”, sin aclarar cuál debería ser el momento.

La enseñanza que deja tamaño dislate, primordialmente para el tránsito a la elección de un nuevo presidente en el 2015, es que en la supuesta diversidad política y diálogo fecundo, estuvieron ausentes las estructuras fundamentales para el funcionamiento de una república representativa de contenido democrático: los partidos políticos, que son los intermediarios inexcusables entre electores y elegidos, para orientar y planificar la vida institucional de una Nación en un marco de participación popular ordenada y creativa, y no a través de consultas populares demagógicas, ineficaces, y muchas veces ilegales.

Otra lección no menor, es que los consensos políticos no son tan difíciles de lograr en acuerdos de cúpulas, convirtiéndose muchas veces en simples transacciones. Desde el poder, en algunos casos solo es necesario acunar el ego de supuestos opositores respetables, haciéndoles creer que son mucho más importantes que lo que realmente son.


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