miércoles, 5 de marzo de 2014

CUANDO PRIVATIZAR O ESTATIZAR ES LO MISMO

Inicialmente ambos conceptos parecen opuestos, irreconciliables, a lo que aportan opiniones políticas que van del estereotipo mediocre y vocinglero, al pretendido intelectualismo del debate insustancial enmascarado en supuestas ideologías. Ortega y Gasset afirmaba que “ser de izquierdas o ser de derechas, es una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil”. La realidad, como siempre, es más cruda y directa. La clave podría estar en readaptar la recordada frase de Clinton en relación a la economía, para decir  “es el dinero, estúpido”, como puente de unión entre ambos conceptos en función de gobierno, al menos en nuestro país.

Se avecina la aprobación legislativa de la indemnización a la empresa española Repsol por la reestatización forzada mediante la confiscación del 51 % de sus acciones en YPF. El caso es interesante por dos razones: Argentina fue de los escasos tres países en el mundo que privatizó en su totalidad el recurso estratégico petrolero; pero más increíble aún, un mismo partido, el justicialismo, y un mismo apellido, Kirchner, fueron fundamentales para posibilitar tanto la privatización como la reestatización, con solo 20 años entre una y otra.

En 1992, el en ese entonces gobernador de Santa Cruz Néstor Kirchner, en su carácter de presidente del organismo que nucleaba a las provincias petroleras, tras arduas gestiones posibilitó contar con los votos faltantes para aprobar la privatización. Para ello sumó el fervoroso apoyo del resto de los gobernadores justicialistas, radicales y provincialistas cuyas jurisdicciones poseían petróleo. La razón de tal confluencia “ideológica” era simple: cada una de ellas recibiría alrededor de 400 millones de dólares  promedio (según su producción), como resultado de la venta.

En 2012, la presidente Kirchner, senadora al momento de la privatización, anunció la reestatización denunciando que la empresa petrolera había sido vaciada, pese a que el Estado siempre tuvo presencia en el directorio, y a partir de 2007 ingresó el banquero argentino Esquenazzi, mediante la adquisición del 14,9 % de las acciones con el explícito apoyo presidencial, para hacerse cargo de la conducción. Un dato insólito, es que parte de estas acciones fueron financiadas por la propia Repsol. Pero concluída la etapa marketinera nacional y popular, llegamos a la inevitable realidad: pese al vaciamiento, Repsol será indemnizada. Al efecto del análisis no importa el monto, condiciones de pago y tasa de interés reconocida. Lo más preocupante es que nadie, ya sea oficialista u opositor, sabrá decir a la sociedad que bienes ingresan al patrimonio nacional para justificar pagar inicialmente 5.000 millones de dólares, y no menos importante, sabrá informar el futuro de YPF, con cronograma de inversiones y producción, y mecanismos de control y auditoría de la empresa “de todos los argentinos”.

La gran enseñanza, por si hiciera falta un nuevo ejemplo, es que los debates no deben centrarse en lo estatal y privado, sino en la responsabilidad indelegable de cualquier Estado, que siempre será estatal: la de legislar, controlar, auditar y actuar institucionalmente en las empresas estatales, privadas y mixtas, posibilitando un normal funcionamiento del mercado y una adecuada salvaguarda social. La existencia de monopolios, imperialismos, grupos económicos concentrados, intereses sectoriales, es una realidad tan indiscutible, como que la defensa que tiene la sociedad ante esos polos de poder la debe asumir un único actor de igual fortaleza: el Estado nacional. Pero si quienes lo conforman son fácilmente coptados por grupos empresarios asociados, transformando a los organismos de control en estructuras burocráticas intencionadamente sobredimensionadas e ineptas; avalando un funcionamiento judicial protector de la corrupción, y exhibiendo los adalides de las grandes causas nacionales enriquecimientos escandalosos, los debates entre estatal-privado o izquierda-derecha carecen de sentido, porque el resultado será matemáticamente el mismo: negociado y pobreza ciudadana.


El desafío del futuro gobierno será sortear la tramposa opción planteada entre los mediocres responsables de un estatismo prebendario, y los fundamentalistas del libre mercado. Pese a que la tarea no parece posible sea encarada por los mismos políticos, empresarios, gremialistas y jueces de las últimas décadas, queda claro que no se puede esperar hasta principios de 2016, en el mejor de los casos, para lograr eventualmente las necesarias y profundas transformaciones del funcionamiento del Estado. Por ello los diversos precandidatos y sus agrupaciones, incluído obviamente el oficialismo, deberán demostrar su valía a través de la acción parlamentaria concreta, para que el debate de los proyectos que presenten y los votos obtenidos en cada caso, expliciten sus verdaderas intenciones y programas de gobierno. 

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