En la última reflexión destacábamos que las
estructuras partidarias con extensión en todo el país, e identidad y coherencia
a lo largo del tiempo, no existen. Desaparecieron los intermediarios
inexcusables que permitan el acceso de los ciudadanos al gobierno, con plataformas
electorales y programas de gestión consensuados tras amplios debates internos con diversidad
social-cultural. En su lugar surgieron frentes, alianzas, coaliciones o designaciones
similares sin doctrina, con conducciones fuertemente concentradas, de carácter habitualmente
caudillesco, familiar y demagógico, que inevitablemente concluye en mesianismo,
fracaso y pobreza. Las minorías, con los mismos vicios y bajo el dudoso ropaje
de opositores, se contentan con la ocupación de cargos políticos privilegiados
durante el mayor tiempo posible.
Minimizar la representatividad que exige una
democracia, se logró a través de leyes retrógradas y una licuación institucional
provocada, para imposibilitar a la ciudadanía renovar las clases dirigentes políticas
desde hace por lo menos veinte años. Se promueven y mantienen sistemas
electorales que limitan la capacidad de elección, como listas sábana,
candidaturas testimoniales o ley de lemas. Se reforman constituciones para
habilitar reelecciones indefinidas. Se ocupan cargos públicos de
responsabilidad no política sin concursos, con familiares y amigos de
oficialistas y opositores. Se difunden exitosos crecimientos económicos, bajo
restricciones constitucionales y cesión de atribuciones de las provincias a la
Nación, por supuestas emergencias económicas. En este contexto, la corrupción fuera
de control es una consecuencia inevitable, planificada y consentida.
Por ello deberíamos estar alertas ante el intento de
repetir una campaña electoral teñida de grandilocuente hibridez, para que nada
cambie. Las primeras declaraciones políticas van en esa dirección, cuando precandidatos
expresan como objetivo futuro relevante “ el cambio en el estilo de gobernar”,
o “promover el diálogo entre todos los sectores”. Lo imprescindible es cambiar
la matriz legislativa y ejecutiva, para respetar la independencia de los
poderes constitucionales, facilitar la participación ciudadana de los más
capaces, y transparentar las acciones de gobierno, ya sea en Nación o
provincias. Impedirlo durante tanto
tiempo indica que no hubo una falta, sino por el contrario, un “exceso de
diálogo” entre políticos, empresarios, gremialistas y jueces, que siempre permanecen.
Claro está, usualmente contrario al interés general de los ciudadanos.
En este contexto, mal podemos hablar de opciones de
gobierno a partir de diciembre de 2015. Para colmo, las encuestas de opinión y
análisis políticos tanto oficialistas u opositores no ayudan. Intencionadamente
o no, se sustentan en intrigas de palacio y negociación de voluntades, antes
que en exigir la explicitación y debate de propuestas verdaderamente
transformadoras. No es casual que la supuesta diversidad política se presente
mas como un “casting” para el espectáculo “Yo quiero ser presidente”, que sobre
las estructuras, proyectos y leyes presentadas, que la justifiquen. Lo que
sabemos hasta ahora es que, con el debido trabajo de maquillaje previo,
compiten en el inicial “casting” presidencial, entre otros, Scioli, Massa,
Cobos, Macri; Binner, Carrió, Randazzo, Sanz, Urribarri, De la Sota, Solanas, y
porque no, el Adolfo Rodríguez Saa. A un año de las elecciones primarias
abiertas, ya es hora de ordenar los porotos, y próximamente lo intentaremos.
Previamente, en la próxima reflexión comentaremos
algunos aspectos del finalizado Mundial de Fútbol, relacionados con la
política. En Argentina, conocer el manejo del fútbol es saber de política y sus
actores, y viceversa.
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