Si existe una actividad masivamente popular, que
mantiene la pasión a lo largo de nuestras vidas con independencia de clases
sociales, es el fútbol. Tal condición lo convierte en un campo de acción de
alto interés para la política. Es inevitable entonces la existencia de fuertes entramados
entre política y negocios, relegando la condición de popular a la emoción, o
como dice la tribuna “al sentimiento”, y los negocios a la política.
Esta es una realidad que no admite diferencias
ideológicas o geopolíticas. Pujan con igual entusiasmo por ser sedes de un
mundial Estados Unidos, Sudáfrica, Brasil, Rusia, Emiratos Árabes o China. Para
lograrlo, se someten sin quejas a las estrictas condiciones que establece la
FIFA, ya sea de infraestructura, estadios, seguridad, comerciales y marketing. Además aceptan otorgarle indemnidad
judicial a los directivos de las Federaciones, para poder “pertenecer” a tan
prestigiosa institución. Designada la sede, de inmediato comienza el marketing
con base en lo popular: proyección internacional del país; creación de miles de
puestos de trabajo; ingresos millonarios por turismo; obras importantes que
quedarán para uso de todos los habitantes. La realidad es otra: se invierte en
estadios de extrema sofisticación técnica con costos desmesurados, se aplican valores
de entradas escandalosos al alcance solo de clases medias altas y barrabravas,
y se dejan pesadas deudas públicas al país anfitrión. La infraestructura popular se reduce a pantallas gigantes de
televisión ubicadas al aire libre.
Datos sobre Brasil. La inversión oficial reconocida
solo en estadios superó los 3.300 millones de dólares. Del total de doce sedes,
seis corresponden a estadios nuevos, y las restantes a remodelaciones, superiores
al 60 % respecto a lo existente. Los estadios de Natal, Manaos, Cuiaba y
Curitiba, los tres primeros nuevos, albergaron tan solo cuatro partidos cada
uno, correspondientes a la etapa clasificatoria por grupos. Las obras
inconclusas, fueron obviamente las más necesarias: aeropuertos y rutas.
Planteados estos datos, incursionemos en la publicidad y/o propaganda exhibida
en nuestro país, porque se replicará en la campaña electoral. Los candidatos, a
falta de compromisos serios y posibles, cada vez más son manejados como
productos, buscando sugestionar antes que informar.
Casi todas las publicidades recurrieron a un clima
desmesurado de euforia, con imágenes rápidas y presencias grupales, entremezclando
mensajes del Papa Francisco, el himno nacional con variantes interpretativas, la
bandera nacional, la famosa “mano de Dios”, las palabras Patria y Argentinos.
Las estrategias se apoyaron sin excepción en IMAGEN + SÍMBOLOS + EMOCIÓN +
PUEBLO. La propaganda política seguirá el mismo camino: provocar emoción y
excitación descansando en el sentimiento y en el símbolo, estimulando una
aceptación irreflexiva que paralice el análisis crítico.
Un detalle que no puede pasar desapercibido para
diferenciar entre el envase y el contenido, como ejercicio para intentar
interpretar el alud de propagandas políticas que se avecinan. La mayoría de las
publicidades del mundial que exaltaban el fervor patriótico argentino y sus
símbolos, pertenecían a empresas multinacionales (bancos; servicios de
comunicación; ropa deportiva). Hábilmente, los protagonistas eran personas y
familias comunes; nada de exhibir a empresarios, “ricos y famosos” o lujos. Vale
destacar una publicidad de una compañía de telefonía celular, cuya frase final engloba
el entusiasmo de todas las clases sociales, si bien los deseos y beneficios sean
distintos según sus intereses: Que lindo es el fútbol, carajo !!!
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