Hemos
intentado en las últimas dos reflexiones destacar aspectos esenciales de la
crisis económico-social del 2001-2002, en sus contextos políticos y económicos.
En esta retrospectiva, incursionaremos en lo más doloroso para las pequeñas y
medianas empresas, asalariados y sectores
sociales vulnerables: la etapa quirúrgica.
Recordar
una crisis tan cercana y proyectarla al cambio de gobierno en diciembre de
2015, pretende que la ciudadanía preste especial atención de ahora en más a las
declaraciones políticas en general e indicadores económicos, sabiendo que
deberán absorber inevitablemente los costos de las impericias, negociados y
corrupciones. Los círculos cercanos al poder, sean circunstancialmente
oficialistas u opositores, confían en salir, una vez más, indemnes. Desde la
recordada frase “hay que pasar el invierno”, pronunciada en 1959 por el Ministro
de Economía Alvaro Alsogaray, hasta la promulgación de la intangibilidad de los
depósitos votada por amplia mayoría legislativa en agosto de 2001, la mecánica del engaño se mantuvo
inmutable. Pasar el invierno en 1959 significó una pérdida promedio del 24 %
del salario real, a través del pago de salarios con Bonos 9 de Julio. La
intangibilidad de los depósitos concluyó con su incautación total el 09 de
enero de 2002, con el aval de los mismos legisladores. Esta es la primera señal
de alarma. Los mismos dirigentes políticos, empresariales y gremiales de ese
entonces, mantienen hoy sus espacios de poder, aunque pretendiendo mutar sus
ropajes ideológicos y ocultar sus pasados.
Ingresemos
en el quirófano de la salvación nacional del 2001-2002. En octubre 2001, el
influyente empresario Franco Macri expresó que “Cavallo debe analizar una
medida para estatizar la deuda privada” (La Nación, día 25). Sus principales
empresas (Socma; Sideco y Correo Argentino), debían 472 millones de dólares. Igual
situación afrontaban entidades financieras y grandes empresas nacionales y
extranjeras. El 20 de diciembre cayó De la Rúa. Asumió Rodrígues Saá, quien decretó
el cese de pagos al exterior, en medio de la ovación de los legisladores. El 01
de enero, con acuerdo mayoritario de la corporación política, se designó como
presidente a Duhalde, quien había perdido las elecciones presidenciales tan
solo dos años atrás. De inmediato anunció el fin de la convertibilidad, y
prometió que “el que depositó dólares recibirá dólares… el que depositó pesos
recibirá pesos”. El radical Leopoldo Moreau reclamó “un gobierno de salvación
nacional”, avalando la salida de la convertibilidad, que defendiera durante
once años, como la mayoría de los legisladores. El 06 de enero el Parlamento
aprobó un instrumento clásico para vulnerar derechos: Ley de Emergencia
Económica.
La
ciudadanía, empujada velozmente al quirófano, intentó retomar los cacerolazos y
protestas, pero ya era tarde. La anestesia “salvación nacional” estaba actuando
para dar comienzo a la operación, destinada a democratizar pérdidas y mantener
prebendas. El 09 de enero de 2002 se promulgó el Decreto 71, que pesificaba
todas las deudas en moneda extranjera a $ 1,40 por dólar, y reprogramaba los
depósitos en plazos fijos, cajas de ahorro y cuentas corrientes, otrora
intangibles. El dólar pasó de $ 1,40 a $ 3,00 en un par de meses. Se produjo un
caos jurídico por inconstitucionalidades y amparos, con clientes pujando para
ingresar a “su banco” para recuperar ahorros, y sus empleados obligados a
actuar como personal de seguridad para impedirlo.
Lo
peor estaba por venir. Se aplicó la última frase célebre para encubrir
negociados del Estado con privados: “Hay que cuidar las fuentes de trabajo de
los argentinos”. Para tan noble objetivo, se implementó la correctamente llamada
pesificación asimétrica, porque a la aplicable al ciudadano común, se le sumó
otra más favorable para grandes empresas e instituciones financieras endeudadas
en divisas extranjeras. La enorme licuación de sus pasivos fueron absorbidos en
altos porcentajes por el Gobierno nacional. Los cacerolazos, el desempleo, los
amparos judiciales, la inflación creciente, y bancos fugando al exterior
depósitos de clientes privilegiados, mantenían plena vigencia. Pero el juego de
sustituir un gobierno democrático por otro de salvación nacional había
concluido.
La
clase política descubrió entonces que para la defensa de sus privilegios, los
partidos políticos tradicionales carecían de sentido. Ante tanta frivolidad y
oportunismo, ser justicialista, radical o socialista, era una pesada carga
difícil de sobrellevar. Era más fácil
ser neoliberal, nacional-popular, de izquierda, de derecha; renovador; radical
K; concertador; frentista; o simplemente aliado, cuando se quería negociar
votos en el parlamento. Estas etiquetas tienen una virtud insustituible: son
fácilmente intercambiables.
En
la próxima reflexión concluiremos esta reseña histórica, con el proceso pos operatorio
del ciudadano común, tras la crisis 2001-2002.
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