Hace más de 500 años, en su tratado “El Príncipe”,
aconsejaba Maquiavelo en cuanto a la fidelidad del poderoso a sus súbditos: “Ante todo es necesario saber disfrazar bien el propio carácter y ser
gran disimulador. Son tan simples los hombres y tan sumisos a la necesidad de
cada momento, que quien engaña encuentra siempre alguien que se deja engañar”.
Expresa más adelante: “Los hombres juzgan más
por los ojos que por las manos. Todos ven lo que pareces ser, mas pocos saben
lo que eres”. En 1950, Jean- Marie Domenach publicó en París un
estudio de las reglas básicas de la propaganda política, desarrollada eficazmente
por el hitlerismo y el stalinismo en la segunda Guerra Mundial. Todas ellas
confluían en un principio ineludible para el manejo de masas: el predominio de
la imagen frente a la explicación, de la emoción frente a lo racional.
Nada cambió en cuanto a estos lúcidos análisis del
comportamiento humano para alcanzar y mantener el poder político a lo largo de
la historia. En la modernidad, estos principios solo se vieron potenciados por
el avance de sofisticadas tecnologías de comunicación. Que explican los
costosos presupuestos en asesores de imagen de los candidatos, y en consultoras
de medición de imagen. Ni unos ni otras sugieren o miden propuestas concretas
de gobierno. No les pagan para eso. Consecuentemente, durante los próximos
meses la ciudadanía se verá aturdida por mensajes en donde rostros sonrientes acompañados por eslógans
tales como “estamos con vos”; “el cambio que se avecina”, y otras hibridices
similares, pretenderán convencernos que no pertenecen a quienes hacen más de
veinte años nos gobiernan bajo circunstanciales ropajes de oficialistas u opositores,
sino a virginales templarios que nos conducirán a un futuro de paz y
prosperidad. Muchos de ellos son familiares directos de viejos templarios.
Hoy plantear cinco propuestas diferenciadoras de
fondo, por ejemplo entre Scioli y Macri, es imposible. Pero algo está claro:
Scioli es naranja y Macri amarillo. Más complejo es diferenciar a los
integrantes de UNEN: en sus debates abarcan el círculo cromático completo. Dejando
de lado cierto humor resignado, queda para los ciudadanos a quienes les interesa
informarse políticamente más allá de sus preferencias, fundamentalmente a
través de los medios de comunicación, un ejercicio que no deja de ser
desafiante y atractivo: descifrar el sentido subyacente de acciones, mensajes y
propagandas, sean oficialistas u opositoras, y cotejarlas con la realidad.
El primer caso a desarrollar no podía ser otro que el
de la corrupción, que alcanzó límites de desarrollo e impunidad desconocidos en
otro país latinoamericano. Es un juego de alto riesgo político: un halo de
moralidad rinde frutos electorales, pero la multiplicidad de casos y personajes
políticos, judiciales, empresarios y gremiales involucrados, con plena vigencia
hoy, exige que la sangre no llegue al río. A lo sumo alguna condena colateral,
como María Julia Alsogaray en representación del menemismo, pero no mucho más.
En este contexto, la sociedad asiste resignada a entusiastas acusaciones
cruzadas entre funcionarios, jueces y políticos: determinar quién es más
corrupto.
El punto de definitiva ebullición y desborde de pasiones
pareciera ser la investigación sobre la empresa hotelera Hotesur, perteneciente
a la familia presidencial, sospechada de haber recibido retornos de una empresa
favorecida con obras públicas en Santa Cruz, y acciones de lavado de ese dinero.
En realidad, el caso Hotesur es conocido desde hace más de tres años. Fue el
origen de la crítica de Víctor Hugo Morales al fallecido ex presidente Néstor
Kirchner, por haber adquirido dos millones de dólares usando información
privilegiada. Citado por Kirchner, este le explicó que los utilizó para comprar
precisamente el Hotel Alto Calafate, centro de la polémica. A partir de ese
encuentro, Morales entró en el nirvana de la militancia, masajeado con el
bálsamo de contratos con fondos públicos. Detectado el elefante, difícil de
ocultar por su tamaño, se incorporaron febrilmente una manada de nuevos
elefantes, en una clásica maniobra de confusión y encubrimiento, y también de falsos
moralismos. Previo a comenzar el ejercicio de reflexión, aclaremos que a
diferencia de los clásicos policiales, en Argentina no se debe buscar a los
culpables (son demasiados), sino establecer si hay inocentes.
Inicia el juego Echegaray, conductor de la AFIP.
Informa que se detectaron vía de documentación de un “arrepentido”, 4.040
cuentas bancarias de argentinos en Suiza supuestamente no declaradas,
canalizadas a través del Banco HSBC. Se dejan trascender algunos nombres, cuidando
aclarar que en el listado no figuran Lázaro Báez ni funcionario público alguno.
Seguidamente entra en el ruedo el diputado del FPV Roberto Feletti, que fuera
presidente del Banco Ciudad en época de la Alianza. Promueve una comisión
legislativa para investigar dicha fuga de divisas. Extrañamente, la comisión no investigará a
las autoridades de la propia AFIP, del Banco Central y de la Unidad de
Información Financiera, que son los organismos de control para estas
operaciones.
Tarea para el hogar: se conformó en el 2001 una
comisión legislativa con el mismo cometido? Quiénes la integraban y qué
resultado tuvo? Continuaremos en la próxima semana.
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