La publicidad de un auto de alta
gama, habitualmente incluye a una mujer bellísima. Es un claro mensaje
subliminal: más lujo permite más bellas mujeres. Sería suicida para la marca,
por ejemplo, que el conductor utilice el modelo de lujo para pasear a su
suegra. Eso queda reservado para los modelos de uso familiar. Para el campo
femenino, un perfume costoso permitirá a una mujer subyugar a elegantes
galanes. Estos ejemplos responden a una regla básica llamada de simplificación.
El mensaje, sea solo visual o acompañado de breves textos, debe ser claro y
contundente, convirtiendo al producto en un objeto de deseo.
Cuando la publicidad no se remite a lo comercial sino a lo político, se llama
propaganda. La regla de
simplificación no solo mantiene plena vigencia, sino adquiere mayor complejidad
por dos razones: 1) el mensaje político debe ser igualmente eficaz para una
amplísima franja social, a diferencia del auto de alta gama. 2) un mal producto
comercial en breve tiempo fracasará en el mercado, pero un mal producto
político se mantendrá como mínimo cuatro años en el poder. Salvo, en éste
último caso, que parte de otros malos productos den un “golpe blando”
(definición kirchnerista), como sucediera en diciembre de 2001.
La propaganda política como la
conocemos, que para ser eficaz requiere de un sustrato social adecuado, nace y
se desarrolla a principios del siglo XX, favorecida por el enorme avance de las
comunicaciones. Fueron pioneros en la creación de sus reglas básicas,
plenamente vigentes en la actualidad, los regímenes totalitarios fascistas y
comunistas. Son recordadas las escenografías propagandísticas con
concentraciones multitudinarias en ámbitos abiertos, que convergen en el líder
como único orador, cuyos discursos estentóreos con frases breves y altisonantes,
buscan sumergir a la multitud en lo emocional por sobre lo racional. Esta
técnica se basa en la regla llamada de unanimidad
y contagio, que se basa en la evidencia sociológica de la presión del grupo
sobre la opinión individual. Una persona puede tener sinceramente en un mismo
asunto dos opiniones fluctuantes. Pero la mayoría de las personas desean, básicamente,
armonizar con sus semejantes. Por ello es habitual escuchar “todos dicen”, y no
“yo digo”. El efecto contagio también lo buscan las sospechadas encuestas de
opinión, que independientemente de su verosimilitud, pretenden volcar nuestras
preferencias hacia un supuesto ganador.
Cuando este proceso propagandístico
se produce en ámbitos cerrados y televisados, la escenografía y llegada al
público receptor se modifica. La ausencia cercana de multitudes es suplida por
incondicionales ubicados en las primeras filas frente al atril, quienes
sonríen, aplauden y muestran fervorosa adhesión y conformidad con el líder
orador. Actos prolijamente organizados, no dejan lugar a emociones imprevistas.
Se basan en público adicto, subordinación de funcionarios, y entusiasmos de empresarios
prebendarios. Paradójicamente, esa limitada escenografía y su mensaje es transmitida a través de la pantalla chica a
millones de ciudadanos con distintos niveles sociales, culturales y económicos,
a quienes se debe convencer o “contagiar”.
Como consecuencia el mensaje debe ser más sofisticado y sutil, sin brindar en
lo inmediato, constatar la verdad de lo expresado. Lo expuesto es aplicable a
la prensa escrita, cuyo ejemplo primario y más resonante es la temida “tapa de
los diarios”.
En las vías de comunicación
televisivas y escritas, que utilizaremos para nuestros futuros análisis, si
bien no se abandona la regla de la simplificación,
se incorporan las reglas de exageración (resaltar
las informaciones favorables al interés del emisor), y desfiguración y orquestación (repetición incesante de temas con
aspectos que interesan al emisor, presentándolos de modos diferentes para no cansar). Jamás las
informaciones políticas, sean en discursos o medios de difusión, se dan en
“bruto”, sino con un procesamiento previo.
Lo interesante de las vías de
comunicación televisivas y escritas reside en que las opiniones quedan
registradas, pueden ser meditadas, y detectadas sus inconsistencias, aún cuando
se oculten o distorsionen los datos que las sustenten. En la próxima reflexión ingresaremos
en nuestra realidad nacional, y comenzaremos a desmenuzar técnicas y mensajes preelectorales.
No hay comentarios:
Publicar un comentario