Dentro de las reglas básicas de
la propaganda política (simplificación; exageración y desfiguración; orquestación; transfusión;
unanimidad y contagio y contrapropaganda); no aparece la de informar. Sin embargo, muchas de estas
reglas se aplicarán para que los candidatos en
campaña electoral, transmitan sus plataformas y supuestas virtudes
personales.
Cabría pensar también que los
instrumentos de la imagen debieran subordinarse a resaltar propuestas, sustentadas
en conceptos claros e información de apoyo veraz. Lamentablemente no sucede, y
el concepto de imagen se aplica también para transmitir números y propuestas, exaltándolos
como verdaderos. El especialista en estudios de opinión pública Ricardo Rouvier, en su libro “La deuda de la
política” publicado hace ya 11 años, señalaba: “El uso abusivo de las palabras,
sin medir sus significados, termina desjerarquizando la palabra como compromiso
humano”.
Un excelente ejemplo de creatividad
comunicacional se aplicó en la campaña radical de 1983. Estuvo a cargo de uno
de los maestros de la publicidad argentina, David Ratto (quien trabajó ad
honorem por su amistad con Alfonsín) y su socio Gabriel Dreyfus. Su acierto
visual fue el diseño del logotipo, que destacaba la sigla RA sobre el fondo de
la bandera nacional, identificando tanto a la República Argentina como a Raúl
Alfonsín. Simple, sin adjetivos, sin rostros. Pero la imagen, para no vaciarse
de significado, necesita actuar en respaldo de una plataforma electoral, o sea,
de un compromiso político real. Surgieron entonces las recordadas “100 medidas
para que su vida cambie”, que ocupaban una página completa en diarios y
folletos, con el logotipo en el ángulo inferior derecho. Los compromisos, en su
mayoría, no eran declarativos sino concretos: juicio a los responsables de
actos de terrorismo; plan alimentario nacional para los necesitados (cajas
PAN), etc.
El ejemplo es válido solo para
ilustrar sobre las diferencias entre imagen y propuestas, que deben actuar
complementariamente. El contexto histórico en 1983 era otro. Existían dos
partidos tradicionales, el justicialismo y el radicalismo, con antecedentes y
plataformas diferenciadas, que permitían comparaciones. Las unidades básicas y
los comités trabajaban entusiastamente en todos los puntos del país. También lo
hacían los candidatos con sacrificio, y no como se desvirtuó posteriormente, a costa de los salarios públicos que perciben simultáneamente
como funcionarios o legisladores, al no exigírseles licencia en sus funciones. Además,
32 años después, la dinámica comunicacional tuvo un enorme desarrollo
tecnológico con multiplicación de medios, en especial la televisión, que hacen imposible
que muchos ciudadanos lean una plataforma de 100 puntos en un medio gráfico, o
una solicitada a toda página sobre cualquier otro tema.
Por lo tanto, cada vez con mayor
asiduidad las campañas se basan en imágenes que nos impulsan a votar por
factores emocionales, antes que por compromisos concretos. Publicitariamente se intenta
disimular la inexistencia de planes de gobierno, haciendo pasar diagnósticos (que
se basan en lo que existe), por propuestas, que son acciones interrelacionadas aplicables
en el corto y mediano plazo. Ante esta realidad, reclamar debates públicos
entre candidatos, pareciera una grandilocuencia engañosa. Sobre qué se va a
debatir, si no existen plataformas electorales oficializadas? Los ciudadanos,
para juzgar, necesitan conocer previamente las propuestas a futuro a debatir, en
especial las aplicables en los primeros 90 o 100 días de gobierno. El ejemplo
de la utilización de la opinión de un pueblo como simple recurso político, se
dio recientemente en Grecia. Se lo convocó para que votara el ajuste por SÍ o
por NO. El 60%, como era obvio, votó NO. Resultado, se actuará conforme al SÍ,
y habrá ajuste.
Exigir definiciones será la tarea
de todos los ciudadanos en los meses que restan hasta octubre. Aún hay tiempo.
El ajuste económico será inevitable, pero no necesariamente malo en sí mismo.
Lo que se deberá clarificar a la ciudadanía es quienes lo absorberán. Caso
contrario correremos el riesgo que quienes hoy se acusan en enfervorizados
debates, en enero de 2016 repitan el gran “acuerdo político patriótico” de
enero de 2002, que dejó un tendal de afectados en las clases medias y las más
desposeídas. Los patriotas políticos salieron indemnes.
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