Describíamos en nuestra última
reflexión alguna de las reglas básicas de la propaganda política, cuyos matices
dependen de los sustratos sociales en donde se aplican. Nuestro marco nacional es
un sistema democrático con una bajísima calidad institucional, desaparición de
partidos políticos reconocibles con extensión territorial, y como consecuencia,
oficialismos casi hereditarios por sobre oposiciones dispersas con escasa
coherencia en sus acciones y principios. Esta realidad explica nuestras
recurrentes e inevitables crisis políticas y económicas.
La política necesariamente exige
comunicación, con evaluación de la percepción de los mensajes en los sectores a
los que van dirigidos (obreros; estudiantes; empresarios, etc.). Si la
percepción no es buena, inicialmente se modifica el mensaje pero no el
objetivo. Este solo se posterga y/o desecha ante reacciones adversas
mayoritarias y contundentes. Cabe preguntarse: cómo se manejan en una campaña electoral
mensajes que, de manera sintética y clara, deben direccionarse simultáneamente
a todos los estratos sociales? En países donde existen partidos tradicionales identificables
y políticas diferenciadoras es posible, porque los temas en debate son acotados
y conocidos por la sociedad (ejemplo, sistema de salud en Estados Unidos;
educación paga o gratuita en Chile). En nuestro país, en donde no sabemos a qué
agrupación pertenece cada legislador que integra una lista sábana, y menos aún
a que otra agrupación se fugará en diciembre próximo una vez elegido “por el
voto popular”, es imposible.
No es casual entonces que la
propaganda en nuestras campañas electorales, antes que informar, tengan como
objetivo acusar, emocionar, desinformar y/o enmascarar. Por ello, sin eludir la
imprescindible regla de la
simplificación, es habitual el uso de las reglas de exageración y desfiguración (reestructurar la información
para que sea favorable al interesado), y
la de contraproganda (atacar la tesis y/o creencia del adversario). Tomemos dos casos.
1.- Contrapropaganda. Un ejemplo adecuado por su repercusión popular y política, es la muerte del
fiscal Nisman en enero de este año, hecho irrefutable en sí mismo, como así su
origen político. De inmediato colisionaron distintos intereses: deseo de
esclarecimiento; deseo de ocultamiento; especulaciones políticas; expresiones
de dolor falsas y verdaderas. Pasado el primer momento de confusión al estilo “yo
no fuí”, comenzó un proceso de dilución de responsabilidades, apoyado en nada
inocentes polémicas comunicacionales, en
dónde se mezclaban el debate periodístico banal, el planificado para enmascarar,
y el profesional. Múltiples informaciones y declaraciones entremezclaban
racionalidad con disparates y agravios. El operativo confusión, consistente en
que verdad y falsedad no se distingan, fue exitoso. A más de seis meses de la
aparición de Nisman sin vida, no hay información oficial de cómo murió. Estas
batallas comunicacionales que mezclan la actividad periodística profesional con
la claramente direccionada a determinados objetivos de impunidad, es de
habitual aplicación en temas más complejos, como los de corrupción económica.
2.- Regla de orquestación. La actual campaña electoral hasta el
momento se sustenta en la instalación de dos conceptos que parecerían
sintetizar nuestras alternativas: CAMBIO o CONTINUIDAD. De por sí no significan
nada, pero como fueron promovidos en los niveles políticos, la propaganda busca
su transfusión a los ciudadanos. Ejemplo: en los análisis de las elecciones del
último fin de semana en cinco distritos (ciudad de Buenos Aires; Córdoba;
Corrientes; La Rioja y La Pampa), la regla de orquestación se aplicó a pleno. Los diarios de tinte opositor destacaron que
el oficialismo solo triunfó en La Rioja, y sobre el total de estos distritos,
sumó 30% de votos. Por su parte Ämbito Financiero, más cercano al gobierno, resaltó
que en los cinco distritos triunfaron los oficialismos, por lo que según los
votos sumados, un 60% votó continuidad (oficialismo), y un 40% cambio
(oposición).
Al ciudadano éstas
interpretaciones le esclarecen su futuro con vista al próximo gobierno? Por el momento parecería que hacer propaganda
no es informar. Qué pasa cuándo se deben manejar ya no interpretaciones, sino conceptos
y datos numéricos concretos? Lo analizaremos en la próxima reflexión.
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