Decía Maquiavelo hace más de 500
años: “Un príncipe jamás podrá dominar a
un pueblo cuando lo tenga por enemigo, porque son muchos los que lo forman;a
los nobles, como se trata de pocos, le será fácil”. Este principio no es
una remembranza histórica extemporánea. Teórico político notable, Maquiavelo
supo codificar prácticas que abrió el camino a las doctrinas políticas modernas.
Además, fue un exquisito analista de la conducta humana en las luchas por el
poder. Para Maquiavelo, “nobles” no refiere solo a derechos de cuna, sino comprende
a plebeyos con pertenencia o cercanía al círculo áulico de las Cortes:
militares destacados; comerciantes poderosos, e incluso bufones. Las recurrentes
desmesuras de los privilegiados, en situaciones extremas provocaban levantamientos
populares de los hambreados, generalmente sangrientos.
Las luchas por el poder en las
sociedades democráticas modernas, adoptaron formas más civilizadas, pero no
menos egoístas y personalistas. “Príncipes o princesas” de hoy, en las democracias
imperfectas caen en autoritarismos explícitos, o intentan ocultarlos bajo el
barniz de la legalidad. Para ello invocan situaciones de excepcionalidad que
les permitan burlar leyes; promueven reelecciones indefinidas; arman listas
sábanas de legisladores solo con sus consejeros inmediatos; implementan derechos
sucesorios políticos familiares; crean inmunidades parlamentarias que los protejan
de los delitos comunes. Sus “Cortes” incluyen también personajes tangenciales:
piqueteros, patoteros, pregoneros, e
incluso bufones. Con el paso del tiempo y crecimiento demográfico, surgieron
otros grupos de poder: judiciales, legislativos, gremiales y empresariales. Pero
en los Estados modernos con baja institucionalidad democrática, el principio de
Maquiavelo en cuanto a la mayor facilidad de tratar “con unos pocos”, no se
modifica. En nuestro país, por ejemplo, la permanencia simultánea de distintas
dirigencias a lo largo de décadas resulta asombrosa. El reclamo popular del
2001-2002, para “que se vayan todos” los dirigentes responsables, resultó un
estruendoso fracaso. La “nobleza” se mantuvo inmutable.
Reconocer esta realidad es
imprescindible para interpretar la actual situación de nuestro país, y nuestras
similitudes con Brasil. Ambas crisis estallaron poco después que los pueblos se
expresaran en elecciones generales libres; se invocaron razones tales como sobornos
o falseamientos de estadísticas, no certificadas debidamente; vicepresidentes
de uno y otro país tuvieron actuaciones oportunistas; cínicamente, supuestos oficialistas
y opositores se unieron en un grandilocuente “acuerdo patriótico de salvación nacional”. Tanto
en el 2002 en Argentina, como probablemente en Brasil ahora, los “nobles” y su
trama de corrupción intentarán permanecer. Nada nuevo para Maquiavelo; ya
en su época se daban golpes “institucionales”, muchos de ellos invocando
razones religiosas, para encubrir poder y corrupción.
Tanto Argentina como Brasil, tuvieron
doce años ininterrumpidos de gobiernos híbridamente llamados “populistas”, con
mejoras sociales iniciales evidentes, sin olvidar que las bases de referencia
en ambos casos eran muy bajas. Atractivos conceptos ideológicos, ocultaban una
corrupción pública-privada desaforada. El “derrame de riqueza”, mientras grupos
empresarios crecían desmesuradamente no siempre con recursos propios, consistía
en subsidiar a los pobres para mantener el “statu quo” del poder. No se puede
ser tan ingenuo para pensar que en ambos países, los gobiernos se sostuvieron
12 años con el apoyo exclusivo de la izquierda, subvencionada además con recursos
públicos. A diferencia de Brasil, en Argentina hubo un cambio de partido
gobernante. El “kirchnerismo” solo identifica un período temporal, pero no diluye
responsabilidades delictivas de muchos otros actores públicos y privados
multipartidarios. Nuestra trama de impunidad no solo está intacta, sino que se
debatirá ferozmente para mantener prebendas, fortunas mal habidas, y la
habitual impunidad judicial. Es el titánico desafío que afrontan Macri y los
políticos honestos.
Respecto a nuestro “mani pulite”,
por el momento más escenográfico que eficaz, analizaremos en la próxima
reflexión “estrategias de confusión” aplicadas por beneficiarios de la
impunidad. Comenzaremos por diferenciar entre lavado de dinero, cuentas
bancarias en el exterior, sociedades offshore, y responsabilidades de los organismos
de control argentinos.
Buenos Aires, 18 de mayo 2016
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