miércoles, 18 de mayo de 2016

JUEGO DE ARTIFICIOS POLÍTICOS

Decía Maquiavelo hace más de 500 años: “Un príncipe jamás podrá dominar a un pueblo cuando lo tenga por enemigo, porque son muchos los que lo forman;a los nobles, como se trata de pocos, le será fácil”. Este principio no es una remembranza histórica extemporánea. Teórico político notable, Maquiavelo supo codificar prácticas que abrió el camino a las doctrinas políticas modernas. Además, fue un exquisito analista de la conducta humana en las luchas por el poder. Para Maquiavelo, “nobles” no refiere solo a derechos de cuna, sino comprende a plebeyos con pertenencia o cercanía al círculo áulico de las Cortes: militares destacados; comerciantes poderosos, e incluso bufones. Las recurrentes desmesuras de los privilegiados, en situaciones extremas provocaban levantamientos populares de los hambreados, generalmente sangrientos.

Las luchas por el poder en las sociedades democráticas modernas, adoptaron formas más civilizadas, pero no menos egoístas y personalistas. “Príncipes o princesas” de hoy, en las democracias imperfectas caen en autoritarismos explícitos, o intentan ocultarlos bajo el barniz de la legalidad. Para ello invocan situaciones de excepcionalidad que les permitan burlar leyes; promueven reelecciones indefinidas; arman listas sábanas de legisladores solo con sus consejeros inmediatos; implementan derechos sucesorios políticos familiares; crean inmunidades parlamentarias que los protejan de los delitos comunes. Sus “Cortes” incluyen también personajes tangenciales: piqueteros,  patoteros, pregoneros, e incluso bufones. Con el paso del tiempo y crecimiento demográfico, surgieron otros grupos de poder: judiciales, legislativos, gremiales y empresariales. Pero en los Estados modernos con baja institucionalidad democrática, el principio de Maquiavelo en cuanto a la mayor facilidad de tratar “con unos pocos”, no se modifica. En nuestro país, por ejemplo, la permanencia simultánea de distintas dirigencias a lo largo de décadas resulta asombrosa. El reclamo popular del 2001-2002, para “que se vayan todos” los dirigentes responsables, resultó un estruendoso fracaso. La “nobleza” se mantuvo inmutable.

Reconocer esta realidad es imprescindible para interpretar la actual situación de nuestro país, y nuestras similitudes con Brasil. Ambas crisis estallaron poco después que los pueblos se expresaran en elecciones generales libres; se invocaron razones tales como sobornos o falseamientos de estadísticas, no certificadas debidamente; vicepresidentes de uno y otro país tuvieron actuaciones oportunistas; cínicamente, supuestos oficialistas y opositores se unieron en un grandilocuente  “acuerdo patriótico de salvación nacional”. Tanto en el 2002 en Argentina, como probablemente en Brasil ahora, los “nobles” y su trama de corrupción intentarán permanecer. Nada nuevo para Maquiavelo; ya en su época se daban golpes “institucionales”, muchos de ellos invocando razones religiosas, para encubrir poder y corrupción.

Tanto Argentina como Brasil, tuvieron doce años ininterrumpidos de gobiernos híbridamente llamados “populistas”, con mejoras sociales iniciales evidentes, sin olvidar que las bases de referencia en ambos casos eran muy bajas. Atractivos conceptos ideológicos, ocultaban una corrupción pública-privada desaforada. El “derrame de riqueza”, mientras grupos empresarios crecían desmesuradamente no siempre con recursos propios, consistía en subsidiar a los pobres para mantener el “statu quo” del poder. No se puede ser tan ingenuo para pensar que en ambos países, los gobiernos se sostuvieron 12 años con el apoyo exclusivo de la izquierda, subvencionada además con recursos públicos. A diferencia de Brasil, en Argentina hubo un cambio de partido gobernante. El “kirchnerismo” solo identifica un período temporal, pero no diluye responsabilidades delictivas de muchos otros actores públicos y privados multipartidarios. Nuestra trama de impunidad no solo está intacta, sino que se debatirá ferozmente para mantener prebendas, fortunas mal habidas, y la habitual impunidad judicial. Es el titánico desafío que afrontan Macri y los políticos honestos.

Respecto a nuestro “mani pulite”, por el momento más escenográfico que eficaz, analizaremos en la próxima reflexión “estrategias de confusión” aplicadas por beneficiarios de la impunidad. Comenzaremos por diferenciar entre lavado de dinero, cuentas bancarias en el exterior, sociedades offshore, y responsabilidades de los organismos de control argentinos.

Buenos Aires, 18 de mayo 2016  


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