La doble personalidad consiste en
poseer una parte pública y cotidiana bien organizada, y otra oscura, enmascarándola
para volverla invisible. Las novelas policiales habitualmente juegan con esta
duplicidad, que pretende engañar a familiares, investigadores, policías y
jueces. El espectáculo de la corrupción estatal-privada exhibida ante nuestros
ojos en los últimos meses, si bien tiene ribetes novelescos, es dolorosamente
real. Su existencia ha sido posible por la conformación de un fuerte entramado del que participan políticos,
legisladores, jueces, fiscales, periodistas, gremialistas y empresarios. Todos
ellos lucharán con fiereza para proteger impunidades, libertades personales y
patrimonios mal habidos. Para ello apelarán a sutiles o groseras tácticas de
confusión, mezclando información con desinformación, realidad con escenografía.
Ante esta duplicidad, en nuestra novela podremos descubrir a los asesinos, y
lograr su condena?
Así como el libro o el cine son
el vehículo de transmisión de la novela policial, en materia política, y de
corrupción en particular, ese rol lo cumplen los medios de comunicación
televisivos, escritos y radiales, a los que deben acudir los ciudadanos comunes,
que carecen de información privilegiada. Pero el desarrollo de la trama, en
lugar de estar predeterminado como en la novela, fluctúa en una permanente lucha
para encubrir la verdad y manipular a la opinión púbica. No es fácil
diferenciar entre buenos y malos, entre esclarecedores y manipuladores. Esto
explica la razón por la que los gobiernos, cuanto más autoritarios son, mayor
control intentan ejercer sobre la pluralidad de opiniones. Es lógico entonces
comenzar el análisis de nuestro contexto y actores principales de la corrupción
estatal-privada, con el rol de los medios de comunicación.
La libertad de prensa y/o
expresión no es patrimonio del “periodismo bueno o malo”, sino resultado de la
diversidad de medios y líneas de pensamiento. Que supuestos periodistas obsesivamente
nos alerten sobre la existencia de “grupos mediáticos concentrados”, antes que
mala fe hace suponer imbecilidad. Es claro que un título en primera plana de un
diario, por ejemplo, se redacta para obtener determinado impacto. Es verdad
también que existen grupos con tradición exclusivamente periodística, y otros
que a la actividad le suman otros conglomerados empresariales, por lo que
eventualmente podrían utilizar a sus medios como factor de presión, para obtener
beneficios del poder de turno. Pero del mismo modo, mal pueden esclarecernos periodistas
que doctoralmente denuncian la existencia de “grupos de poder mediático”, y a
su vez son sostenidos con aportes privados o públicos que también responden a
intereses políticos/económicos específicos, transformándose en pertinaces
defensores de un pensamiento lineal, obcecado y uniforme.
La alternativa democrática a este
dilema es la coexistencia de diferentes miradas e intereses en el campo de la
información, que nos permitan formar nuestra propia opinión con bases sólidas.
Para que “en lugar de reemplazar ideas
por imágenes, pongamos las imágenes al servicio de las ideas”. (Marketing
Político - Gustavo Pandiani). Diarios como Clarín y Nación quizás insistan con
algo que en las actuales investigaciones pareciera irrelevante: Cristina puede
terminar presa?. Pero a su vez, Radio
del Plata, de la empresa Electroingeniería, hace un condescendiente reportaje a
Máximo Kirchner; o Canal C5N del grupo Cristóbal López, con grandes deudas
impositivas, tiene a su panel de periodistas políticos enfocados en preguntar: qué pasa con los
Paraná Papers de Macri?
Maquiavelo señalaba que hay tres
clases de cerebros: “el primero discierne
por sí; el segundo entiende lo que otros disciernen, y el tercero no discierne
ni entiende lo que otros disciernen”. No caer en este último grupo, que
Maquiavelo llamaba inútil, debiera ser nuestro
desafío, ante las batallas mediáticas que para encubrir/esclarecer seremos
sometidos.
En última instancia, los medios
de comunicación están supliendo obligaciones que naturalmente corresponden a funcionarios,
legisladores, jueces y fiscales. La corrupción desaforada que nos azota, es una
consecuencia de la práctica del secretismo (uso del secreto para lograr
impunidad), que ha levantado vallas intencionadamente infranqueables para
impedir que el ciudadano pueda informarse por sí mismo respecto al manejo de la
cosa pública.
Buenos Aires, 04 de mayo 2016
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