miércoles, 4 de mayo de 2016

VERBORRAGIA, INCAPACIDAD O COMPLICIDAD?

La doble personalidad consiste en poseer una parte pública y cotidiana bien organizada, y otra oscura, enmascarándola para volverla invisible. Las novelas policiales habitualmente juegan con esta duplicidad, que pretende engañar a familiares, investigadores, policías y jueces. El espectáculo de la corrupción estatal-privada exhibida ante nuestros ojos en los últimos meses, si bien tiene ribetes novelescos, es dolorosamente real. Su existencia ha sido posible por la conformación de  un fuerte entramado del que participan políticos, legisladores, jueces, fiscales, periodistas, gremialistas y empresarios. Todos ellos lucharán con fiereza para proteger impunidades, libertades personales y patrimonios mal habidos. Para ello apelarán a sutiles o groseras tácticas de confusión, mezclando información con desinformación, realidad con escenografía. Ante esta duplicidad, en nuestra novela podremos descubrir a los asesinos, y lograr su condena?

Así como el libro o el cine son el vehículo de transmisión de la novela policial, en materia política, y de corrupción en particular, ese rol lo cumplen los medios de comunicación televisivos, escritos y radiales, a los que deben acudir los ciudadanos comunes, que carecen de información privilegiada. Pero el desarrollo de la trama, en lugar de estar predeterminado como en la novela, fluctúa en una permanente lucha para encubrir la verdad y manipular a la opinión púbica. No es fácil diferenciar entre buenos y malos, entre esclarecedores y manipuladores. Esto explica la razón por la que los gobiernos, cuanto más autoritarios son, mayor control intentan ejercer sobre la pluralidad de opiniones. Es lógico entonces comenzar el análisis de nuestro contexto y actores principales de la corrupción estatal-privada, con el rol de los medios de comunicación.

La libertad de prensa y/o expresión no es patrimonio del “periodismo bueno o malo”, sino resultado de la diversidad de medios y líneas de pensamiento. Que supuestos periodistas obsesivamente nos alerten sobre la existencia de “grupos mediáticos concentrados”, antes que mala fe hace suponer imbecilidad. Es claro que un título en primera plana de un diario, por ejemplo, se redacta para obtener determinado impacto. Es verdad también que existen grupos con tradición exclusivamente periodística, y otros que a la actividad le suman otros conglomerados empresariales, por lo que eventualmente podrían utilizar a sus medios como factor de presión, para obtener beneficios del poder de turno. Pero del mismo modo, mal pueden esclarecernos periodistas que doctoralmente denuncian la existencia de “grupos de poder mediático”, y a su vez son sostenidos con aportes privados o públicos que también responden a intereses políticos/económicos específicos, transformándose en pertinaces defensores de un pensamiento lineal, obcecado y uniforme.

La alternativa democrática a este dilema es la coexistencia de diferentes miradas e intereses en el campo de la información, que nos permitan formar nuestra propia opinión con bases sólidas. Para que “en lugar de reemplazar ideas por imágenes, pongamos las imágenes al servicio de las ideas”. (Marketing Político - Gustavo Pandiani). Diarios como Clarín y Nación quizás insistan con algo que en las actuales investigaciones pareciera irrelevante: Cristina puede terminar presa?. Pero  a su vez, Radio del Plata, de la empresa Electroingeniería, hace un condescendiente reportaje a Máximo Kirchner; o Canal C5N del grupo Cristóbal López, con grandes deudas impositivas, tiene a su panel de periodistas políticos  enfocados en preguntar: qué pasa con los Paraná Papers de Macri?

Maquiavelo señalaba que hay tres clases de cerebros: “el primero discierne por sí; el segundo entiende lo que otros disciernen, y el tercero no discierne ni entiende lo que otros disciernen”. No caer en este último grupo, que Maquiavelo llamaba inútil, debiera ser nuestro desafío, ante las batallas mediáticas que para encubrir/esclarecer seremos sometidos.

En última instancia, los medios de comunicación están supliendo obligaciones que naturalmente corresponden a funcionarios, legisladores, jueces y fiscales. La corrupción desaforada que nos azota, es una consecuencia de la práctica del secretismo (uso del secreto para lograr impunidad), que ha levantado vallas intencionadamente infranqueables para impedir que el ciudadano pueda informarse por sí mismo respecto al manejo de la cosa pública.  


Buenos Aires, 04 de mayo 2016

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