miércoles, 15 de junio de 2016

EL SAQUEO EN ESCRITORIOS

La primera definición que da la Real Academia Española del verbo corrupción es “quitar o tomar alguna cosa con violencia o fuerza”. Sin embargo, a los crímenes, secuestros, robos, que se visibilizan como hechos y víctimas concretas, no los llamamos corrupción, sino actos delictivos que crean un “clima de inseguridad”. Solo cuando el delito asocia a funcionarios del Estado con empresarios privados para lograr enriquecimientos económicos ilícitos, se identifica como tal. Por el servicio institucional de armar el negocio, adjudicar y brindar impunidad, los funcionarios exigen una retribución pecuniaria llamada cohecho, o sea, coima. El delito visible y mediático del “motochorro”, adquiere entonces el matiz más recoleto y sofisticado del “escritoriochorro”. El ladrón y el asesino asustan a la sociedad. El corrupto, aún no.

La exhibición del video con integrantes del grupo Báez contando millones de dólares en el popular Puerto Madero; el video mostrando a integrantes del grupo de Milagro Sala retirando bolsos de dinero de la sucursal del Banco Nación de Jujuy, o la reciente detención del ex Secretario de Obras Públicas José López, tratando de ocultar en la madrugada cantidades asombrosas de dinero en la “tierra santa” de un convento, permitió que la gente “observara y entendiera”. El abstracto y genérico concepto de corrupción, bajó al campo de lo terrenal. Esto obligó a que los saqueadores que acordaban complicidad e impunidad en relajados ámbitos de negociación, debieran recurrir a estrategias mediáticas para sostener sus libertades y patrimonios mal habidos. A esta altura de los acontecimientos, el clásico “soy inocente” pareciera insuficiente, y se intenta reemplazarlo por el desesperado “todos somos ladrones”. O plantear razonamientos sociológicos que hubiesen asombrado a Maquiavelo: “Para hacer política hay que robar”. Jueces y fiscales por su parte, tras algunos ejercicios de elongación, retomaron lentamente sus adormecidas investigaciones.

Cristóbal López, propietario de C5N, intenta coaccionar a través de confusos gráficos viales/genealógicos, para que sus periodistas políticos Navarro y Sylvestre, con rostros indignados, denuncien las tramas financieras de “Macri y sus amigos”. La defensa de Báez aporta un listado de las empresas constructoras más favorecidas por la obra pública para que sean investigadas por sobreprecios, destacando que en determinadas licitaciones concurrió asociado con Calcaterra, quien (leer en letras mayúsculas), ES PRIMO DE MACRI. Pero su causa se origina en establecer la relación existente entre el desmesurado patrimonio obtenido en la actividad de constructor iniciada en el 2003, y su conexión con el más alto poder político, compartiendo titularidades reales o ficticias de bienes, evasión, cohechos y lavado de dinero. Si Báez solo pretende convencernos que las obras públicas se contrataron con enormes sobreprecios, visto el enriquecimiento desaforado de funcionarios de alto y mediano nivel, se lo creemos.

El alerta a las estrategias de “confusión y encubrimiento”, es aplicable para quienes plantean, no se sabe si intencionadamente, por fanatismo o rating mediático, la pregunta: “Cristina irá presa?” En estas etapas investigativas, en las que se deberán sumar nuevos sospechosos, muchos de los cuales indudablemente serán funcionarios públicos de menor nivel que la ex Presidente, la pregunta es irrelevante e innecesaria.

En la corrupción estatal-privada armada para saquear el tesoro público, la mecánica no difiere mayormente según se trate de obra pública, compras en general, concesiones o subsidios a empresas. En todos los casos, la investigación debería seguir el flujo del dinero público desde el Estado al privado, y no a la inversa. Quienes determinan el monto del sobreprecio, arma la cadena de facilitación, adjudica, asegura la ausencia de control y exige el retorno, son los funcionarios. El empresario actúa como feliz cómplice, testaferro o socio encubierto. Citemos un ejemplo. En declaraciones periodísticas se indicó que Báez cobró por obras no realizadas. Cabe preguntarse: jueces y fiscales citarán a declarar al inspector de dichas obras, que se supone las certificó como ejecutadas para que pudieran ser pagadas?  Comenzando los testimonios por la base de los ilícitos, la determinación de la cadena de responsabilidades será vertiginosa, sin necesidad de ley del arrepentido. El Estado posee excelente personal que ha sido sometido a aprietes explícitos o subliminales con la imprescindible complicidad gremial, para “dejar hacer, dejar pasar”, que paradójicamente es un principio del liberalismo.


Buenos Aires, 15 de junio de 2016

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