Iniciar el tema de “sobreprecios
en la obra pública” recordando el fraude a la administración estatal por la
adquisición de 140.000 kits de cunas y equipamiento destinados a recién nacidos
de madres vulnerables, tiene por fin mostrar que una compra corrupta simple y
de mediano presupuesto (1.100 millones de pesos), presenta la misma matriz de
facilitación y complicidad que las contrataciones de obras públicas de gran
envergadura. Solo cambian beneficiarios de los retornos (coimas), y complejidad
técnica del objeto contratado. Las denuncias de corrupción que hasta diciembre
pasado solo contribuían a crear un higiénico clima de libertad de expresión,
pues existía la certeza de la inoperancia y/o complicidad de la justicia, adquirieron
otra resonancia tras el recambio político en la conducción del país. Con una
salvedad. La corrupción no admite debates estériles y engañosos basados en “la
grieta”, pues carece de ideología y marcos legales; se alimenta por beneficios
personales. Por ello, la trama de impunidad multisectorial y pluripartidaria
vigente desde hace más de dos décadas, aún
permanece intacta. En lo inmediato, solo debió abandonar el cómodo escenario de
los acuerdos subterráneos, para forzadamente aplicar estrategias de
encubrimiento y confusión en los medios
de comunicación, mezclando veracidad,
suposición, engaño, amenazas y coacciones típicas de pujas entre bandas delictivas.
El Programa Qunita presenta dos aspectos
válidos para analizar casos de mayor complejidad: 1) los kits entregados no
solo superaban los precios de mercado, sino que eran de pésima calidad. Es
habitual que cuando existen sobrecostos iniciales a ser retornados a
funcionarios como coima, se agregue posteriormente una menor calidad de
prestación. 2) Los niveles políticos que promueven y autorizan compras con
sobrecostos, ante una acusación aducen haberse basado en expedientes con secuencias
administrativas inobjetables. Por ello, más allá de iniciar las causas en cabeza
de las máximas autoridades del área, las investigaciones sobre corrupción
estatal deben comenzar desde los trámites iniciales, analizando las
intervenciones de funcionarios menores en jerarquía, pero imprescindibles para
dar viso de legalidad al trámite.
Resumamos entonces algunos lineamientos
generales para detectar y comprobar corrupción estatal-privada en las
contrataciones de obra pública, aplicables también a concesiones de servicios y
adquisición de bienes e insumos:
1.- En la corrupción estatal-privada,
el circuito del dinero es unidireccional: dinero del Estado pasa al sector
privado, que posteriormente retorna a los funcionarios facilitadores la parte
convenida. Jamás una coima sale del patrimonio de un empresario privado. Por
ello la necesidad de los sobreprecios.
2.- Los expedientes
administrativos exigen una multiplicidad de instancias internas y externas en su elaboración,
tramitación y control (informes técnicos, contables, legales, antecedentes de
sociedades). Participa personal de carrera con excelente formación y experiencia,
que son sometidos a un dilema: aceptar la “decisión política” corrupta
preestablecida, o ser apartado de su cargo. Ante esta última opción, los
dirigentes gremiales no protestarán en Plazo de Mayo. Este aspecto explica,
entre otros, la razón de proteger las tramas delictivas sembrando las
estructuras estatales con familiares, amigos, militantes, y supuestos
extrapartidarios complacientes.
3.- Cuando se habla de trama de
corrupción estatal, se deben establecer tres niveles: 1) el nivel político activo, que determina el objeto y presupuesto,
define adjudicatario, acuerda la mecánica del retorno (coima), y percibe el
dinero. 2) el nivel político pasivo (ejecutivo,
legislativo, judicial), que presta apoyatura institucional y complicidad, pero en
lugar de recibir dinero, negocia cargos públicos, incorporación de familiares y
prebendas. 3) el personal
profesional / técnico / administrativo necesariamente partícipe en la
tramitación, que intenta sobrevivir sin protección dentro de la trama. Es el
nivel más importante para aportar datos iniciales a las causas. Sus testimonios
pueden ser esclarecedores, sin necesidad de ley del arrepentido.
Comentados estos parámetros preliminares,
será más fácil comprender para el neófito (jueces y fiscales no están
incluidos), un tema recurrente
presentado con un halo de misterio y complejidad: los sobreprecios en la obra
pública. Apelaremos a un ejemplo de conocimiento popular: las constructoras de
Lázaro Báez.
Buenos Aires, 08 de junio de 2016
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