Estando en el exilio,
refiriéndose a una de las recurrentes crisis políticas argentinas, expresaba
Perón con su habitual ironía: “Llegado el momento, todos los argentinos son
peronistas”. Perón, presidente en una época de profundos cambios pos guerra, inmerso
en irreconciliables divisiones políticas, y desalojado del poder por un golpe
militar, hacía referencia al oportunismo de las clases dirigentes cercanas al
poder, cuyas adhesiones públicas ocultaban especulaciones privadas. Lo sufrió en sus últimos años, cuando nuevamente
presidente, fue combatido por algunos de los que, aprovechando su lejanía en el
exilio, lo proclamaban líder.
Pasado el tiempo y tras una feroz
dictadura, por primera vez en su historia el peronismo fue ampliamente
derrotado por el radicalismo en las urnas. La falta de ejercicio democrático, disimuló
contradicciones entre propuestas bien intencionadas y modernizadoras, y
arraigados caudillajes con desapego por la institucionalidad. El bipartidismo
peronista- radical, criticado por mantener estructuras anquilosadas y cada vez
menos participativas, alumbró nuevas expresiones que se suponía enriquecerían
la diversidad ideológico-partidaria. Sin embargo, una vez más la oportunidad
fue sustituida por el oportunismo. Los nuevos dirigentes fueron rápidamente
coptados por los dos partidos históricos. No sorprendía ver a María Julia
Alsogaray y Adelina Dalessio, de la UCDE, entonar la marcha peronista como
funcionarias de Menem. O a supuestos peronistas votar la privatización de YPF, para
pocos años más tarde, esos mismos peronistas votar su reestatización. En ambos
casos, con irreparables pérdidas económicas. Entre tantos dislates, llegó la
crisis 2001-2002, y con ella el hartazgo social, reflejado en el clamor “que se
vayan todos”. Como consecuencia, el peronismo y el radicalismo desparecieron
como expresiones ideológicas diferenciadas y alternativas electorales
excluyentes. Para sobrevivir, la dirigencia mutó la “bipolaridad” partidaria en
“transversalidad”, en la que con cargos y prebendas mediante, cualquier acuerdo
electoral era aceptable. Así surgieron la franquicia “radicales K”, y las
diatribas de Néstor Kirchner contra “el pejotismo”.
En las pasadas elecciones presidenciales
participaron con expectativa de triunfo, tres agrupaciones con escasa historia,
integradas cada una de ellas por peronistas, radicales, socialistas e
independientes. Como ya sucediera en 1983 con Alfonsín, muchos pueden decir hoy
“soy peronista y voté a Macri”, o “soy radical y voté a Scioli”. Esta realidad
nos deja en un estado de confusión o indefensión ideológica? De ningún modo; el
tiempo configura realidades, y a ellas debemos adaptarnos para enriquecerlas. Sin
embargo, las estructuras se transforman, pero la esencia humana permanece. Por
ello, recordando el irónico comentario de Perón, deberemos esforzarnos en diferenciar
entre oportunidad y oportunismo. La primera, indica detectar en tiempo y espacio
un contexto favorable para lograr una mejora. El oportunismo responde a
actitudes acomodaticias, arribistas, que subordinan principios a provechos
personales.
Es habitual que en momentos de
desprestigio, las dirigencias apelen al uso indecoroso de estereotipos o figuras
simbólicas, como Perón, Evita, Alfonsín, y aún al olvidado Illia. Cual modernos
espiritistas, los oportunistas intentarán adjudicarles posturas y opiniones,
ajustadas a sus propias especulaciones e intereses mundanos. Tal estrategia se
manifestó en el acto organizado por el ex radical Moreau, para recordar el
centenario del triunfo electoral del emblemático líder radical Hipólito
Yrigoyen, mediante el voto secreto y obligatorio del padrón masculino. Fue
oradora principal la ex presidente Cristina Kirchner, a la que se le ofreció una
boina blanca en un clima de hilaridad, para concluir entonando la marcha
peronista. La paradoja es que mientras Yrigoyen murió en la más absoluta
pobreza, la ex presidente debe aún rendir cuentas del enorme enriquecimiento
patrimonial propio y el de sus principales funcionarios, originados por sus
actuaciones a tiempo completo en la función pública.
Estos malabares espiritistas pueden
ser detectados por su sintomatología. Los actos se convocarán en memoria de
líderes pasados, pero la escenografía no se detendrá en datos biográficos y virtudes
ajenas. Concentrados en la actualidad, los oradores intentarán identificarse
con los homenajeados, y prometerán luchar por el bien de todos los argentinos.
Si esta detección temprana del engaño no resultara efectiva, inevitablemente
habrá que recurrir al exorcismo.
Buenos Aires, 12 de octubre 2016
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